Flashback

La historia de amor de los Petro

El alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, y su esposa, Verónica Alcocer, son protagonistas de una historia de amor que sobrevivió a los prejuicios de clases sociales y a la diferencia de edad. Pero en el amor, al igual que en la política, no existen barreras.

La historia de amor de los Petro. Gustavo Petro, el alcalde electo de Bogotá, reunió a toda su familia el domingo de las elecciones. Aquí, las pequeñas Sofía y Antonella, de su matrimonio con la primera dama, Verónica Alcocer; Nicolás, el hijo de ella antes de casarse con el mandatario; Andrés, del segundo enlace de él; y Nicolás, el primogénito de Petro, y quien nació cuando su padre vivía en la clandestinidad. Faltó Andrea, quien vive en Francia. Foto: Imagen Reina/11.

Gustavo Petro, el alcalde electo de Bogotá, reunió a toda su familia el domingo de las elecciones. Aquí, las pequeñas Sofía y Antonella, de su matrimonio con la primera dama, Verónica Alcocer; Nicolás, el hijo de ella antes de casarse con el mandatario; Andrés, del segundo enlace de él; y Nicolás, el primogénito de Petro, y quien nació cuando su padre vivía en la clandestinidad. Faltó Andrea, quien vive en Francia. Foto: Imagen Reina/11.

El domingo 30 de octubre de 2011, antes del discurso de la victoria electoral que lo llevó a la Alcaldía de Bogotá, Gustavo Petro presentó formalmente a su numerosa familia, entre ellos a cinco de sus seis hijos, quienes se acomodaron junto a su tercera esposa, Verónica Alcocer. En la tarima del Salón Rojo del Hotel Tequendama se apartó de la solemnidad política para decirles a los asistentes que “soy un hombre prolífico”, que había expandido el apellido Petro más allá de las sabanas de Ciénaga de Oro, Córdoba, su pueblo natal.

El día del triunfo, la parentela del alcalde electo, que había estado esparcida por Colombia y el extranjero, se volvió a reunir y se abrazó de manera compacta como si jamás se hubieran separado. Allí estaban Nicolás y Andrés, los hijos mayores del burgomaestre de la capital de la República; las pequeñas Sofía y Antonella, hijas del matrimonio de Petro y Verónica; y Nicolás, el niño de la primera dama que nació cuando ella estudiaba en la universidad y que Gustavo Petro aceptó con amor y dedicación como si fuera el padre biológico. Faltó Andrea, la adolescente que vive en Francia y que no pudo viajar a Colombia para estar en la jornada democrática.

En plena celebración, Verónica Alcocer, nacida en Sincelejo en 1976, siempre estuvo al lado de los hijos suyos y de los de su pareja como una muestra de que “acepto y amo todo lo de Petro”, tal como lo dijo poco antes de la fiesta del triunfo. “Es un hombre amoroso y respetuoso con todos: conmigo, con sus hijos y toda su familia”, aseguró.

El nuevo mandatario de los bogotanos y su actual esposa se conocieron en la Capital de Sucre hace una década cuando él hizo parte de un grupo de conferencistas de un evento que ella misma organizó. Al gobernante jamás se le había salido un piropo, pero esa vez pensó en voz alta, y dijo “qué mujer tan bella”, cuando la vio en el auditorio. Verónica, quien alcanzó a escucharlo, también sintió que estaba flechada.

A partir de la fecha en que quedaron enamorados, los novios se vieron cuatro veces bien contadas, mientras preparaban una estrategia para convencer a los padres de Verónica de que Petro era el hombre que ella estaba esperando. La pareja creía que no era fácil atravesar la verja de la familia Alcocer: conservadora –para más señas, laureanistas– y que no estaba dispuesta a aceptar que “la niña de la casa volviera a tener otro fracaso sentimental”.

Cuando estaba en la universidad, Verónica quedó embarazada y tomó la decisión de ser madre soltera. Cuentan algunos allegados de Sincelejo que el padre de ella era tan estricto, que se le complicó la úlcera con este episodio, y hasta le buscaron un cura para que asumiera la noticia con resignación.

Finalmente, cuando la joven les presentó a Petro, lo hizo convencida de la locuacidad y carisma del político que por esos días no tenía tan alborotado el avispero en el Congreso con sus posiciones frente a la parapolítica. “Ahora en mi familia lo quieren más a él que a mí”, aseguró con desparpajo.

Los enamorados derribaron sin dificultad aquellas barreras familiares, a manera de castillo de naipes, y finalmente se casaron por lo civil el 17 de diciembre de hace más de una década. Coincidencialmente, todo cuadró con la fecha en que murió Simón Bolívar, símbolo de la insurgencia del M-19 que tenía a Petro en sus filas ideológicas.

Aunque el entonces Representante a la Cámara seguía siendo beligerante en sus posturas políticas, en el plano familiar había cambiado. O por lo menos así lo reconoció cuando nacieron sus hijas menores, Sofía y Antonella. “Ahora soy mejor padre”, le dijo a Jet-set, mientras explicaba que la razón obedece a que tiene más tiempo para ellas, a diferencia de hace 22 años, cuando en plena convulsión de su vida de insurgente estuvo obligado a vivir en la clandestinidad. Hace dos décadas, cuando nació Nicolás, su primer hijo, fruto de su relación con la monteriana Katia Burgos, Gustavo Petro vivía distante de los seres que más quería. “No pude verlo crecer. Por las circunstancias políticas del momento era mejor que no viviera conmigo. Mi primer hijo, Nicolás, es parte de la generación de la guerra”, complementó.

Cuando el niño tenía 4 años, Petro se volvió a casar con una de sus compañeras del M-19, la tolimense Mariluz Herrán. Ella usaba el alias de ‘Andrea’ y hacía parte del apoyo logístico urbano de este grupo subversivo antes de la desmovilización. De ahí que el nombre de los hijos que tuvieron sean Andrea y Andrés.
El hoy Alcalde de Bogotá por fin atesoró el tiempo que necesitaba para estar junto a ellos y dedicarse a las labores domésticas de cualquier padre, como pasearlos los domingos, leerles cuentos y ayudarlos a hacer las tareas.

Andrea nació en 1990, y Andrés en 1991, considerados dos años cruciales para Petro, quien seguía en las toldas del M-19, que por entonces buscaba un salto de la subversión a la participación democrática en los comicios del país. Hoy, con 51 años, el líder del Movimiento Progresista se ancló en el seno de su familia, y en Verónica, a quien llamó “Valquiria” en uno de los momentos más románticos de su luna de miel. Gustavo Petro hacia alusión a las diosas de la mitología nórdica que simbolizan a la mujer o al último amor que le llega a un hombre antes de morir. “Hace poco también me dijo que era la niña de sus ojos. Es un esposo muy romántico”. Y si ella es su “valquiria”, él es su “Chiqui”, como le dice cuando están en casa. Aunque también lo llama así ante los amigos y los seguidores que los acompañan en los corre-corre políticos.

Pareciera que los dos conformaran una pareja dispareja, pero no es así: aunque él le lleve 16 años de edad, o tenga unos cuantos centímetros menos que ella. “Seré dos centímetros más alta que él, pero no se nota. Lo que pasa es que las fotos no me favorecen y me veo mucho más grande”, dijo. Verónica Alcocer encarna el mito de la ‘niña bien’ de la Costa, de familia católica y de valores tradicionales, pero que no la hace diametralmente diferente a su marido, quien nació en una humilde casa de bahareque y techo de palma en Ciénaga de Oro, Córdoba. Como es de conocimiento público, la Primera Dama de Bogotá entiende la política y de estrategias programáticas para cautivar a los electores. Por ejemplo, con la elección de Petro, y tal como lo prometió desde la campaña, empezará a trabajar a favor de la mujer maltratada y por el desarrollo de la cultura, entendiéndola como fomento de todas las artes en colegios y en las clases menos favorecidas.

Los dos están hechos el uno para el otro, aunque suene cursi. Pero no es pecado decirlo, y más cuando ella elogia la cursilería, o por lo menos la redime al admitir que el regalo más preciado de su relación con Petro es un peluche que él le trajo de Nueva York. “Gustavo Petro es lo mejor que me ha pasado en la vida”, enfatiza.

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