NEWSLETTER

Suscríbase

Reciba en su correo nuestras noticias y entérese de lo último de los famosos.

Julio Mario Santo Domingo y Beatrice Dávila

Eventos

La fotógrafa colombiana Dora Franco estuvo durante un día entero con la familia Santo Domingo y tomó retratos de la pareja en su hogar. Las imágenes fueron publicadas en las revistas Hasper´s Bazaar, Vanity Fair y Town & Country en estados Unidos y esta es la primera vez que se conocen en Colombia.
Las fotografías de la casa de los Santo Domingo reflejan un estilo de vida y una forma de ser muy especiales. Foto: Dora Franco
Por: 3/10/2011 00:00:00
Son tres galerías de museo, solo que están vivas, dan ganas de quedarse ahí, de sentarse a hablar, a tomar un café, a fumarse un cigarro con todo el tiempo del mundo. Tres porque en la sala, donde aparece Beatrice Dávila Santo Domingo, están unos cuadros, en el estudio otros y en el recibidor los más antiguos.

Pero es el sala donde el visitante y su cámara se encuentran con las maravillas conocidas. Al frente, sobre la chimenea, entre dos ventanas que miran al occidente de Manhattan, saluda Dora Maar, un cuadro enorme de Picasso, y no está sola. Hay tres cuadros más de Picasso, dos de ellos de comienzo de siglo, pequeños en un rincón de la sala, que podrían pasar desapercibidos.

Pero si uno se sienta o si juega con una cámara buscando a Beatrice o si simplemente se fuma n cigarrillo y espera, verá otros anfitriones en la misma sala. Por ejemplo, detrás del visitante estará Wilfredo Lam, el cubano, enfrentado a los grandes cuadros de Picasso y a un lado hay un Dalí, pero no uno enorme con Gala posando como una virgen majestuosa sino un cuadrito pequeño, perfecto.

Habría qué preguntar por qué esa selección, porque en toda escogencia se revela el que habita los lugares, en la textura de los tapetes, en los colores de los sofás, en los objetos que descansan sobre las mesas, pero sobre todo en los cuadros, porque como las fotografías, los cuadros le hablan a los habitantes, saludan a los visitantes, se reconocen entre sí por las noches.

¿Por qué, por ejemplo, Magritte? En esa sala, también con poca presunción, casi como si fuera natural que estuviera allí, colgado, al lado de Dalí y de Torres García, está uno de los cuadros más famosos de Magritte, no tan grande como uno imagina que sería, al verlo en los libros, la bicicleta es perfecta, sus manubrios invitan a un paseo, sólo que está encima de un enorme cigarro encendido, que invita a ser fumado mientras uno pasea las calles de París en esa bicicleta.

Ambos saben mucho de pintura y aunque el tiempo no es suficiente. Para cualquier observador desprevenido sería obvio que la pintura une a Julio Mario y a Beatrice y que hay un juego detrás de los descubrimientos que cada uno hace, a su manera. Ella domina el tema y pasa de uno a otro casi sin querer, otra vez sin presunción, como la disposición de los cuadros.

En el estudio sería posible leer varios años, ser olvidado allí, en esos cojines de colores, al lado de los cuadros de marinería, ingleses seguramente, cada uno con su historia de piratería o de disciplina naval o de combate. De nuevo el buen gusto, la sensación de que todo lo que hay allí pertenece allí, y esa armonía es lo que más impacta, no los objetos en sí sino la manera como se acompañan, como si lo fortuito fuera que Beatrice los encontrara porque era claro desde siempre que ellos deberían estar juntos, así, como están, frente a esa ventana que mira al sur, sobre Manhattan, desde donde se debe observar algún rincón de Hudson.

Pero el tiempo de quien observa detrás de una cámara se va más en los rostros que en los objetos, se necesita un tercer ojo que observe y registre, es indispensable una muleta adicional para sentir el lugar mientras la cámara encuentra en Beatrice o en Julio lo que la cámara buscaba.

La amplitud de los espacios ayuda mucho porque, al igual que los objetos, no hay en este lugar demasiado espacio o poco espacio, el espacio que hay es suficiente y no es excesivo, lo cual supone el visitante, podría ser absurdo, sobre todo lo enfrentado a la imaginación: “¿cómo es el apartamento de los Santo Domingo en Park Avenue?” preguntaría cualquiera; y cualquiera diría, sin pensarlo: “enorme, con seguridad”. Pero no lo es, y es precisamente eso lo que hace su elegancia.

En el lugar donde los instrumentos vuelven a ser metales, donde los trípodes se encogen, donde cierran sus párpados las Hazelblad y se cierran los parasoles de luz que buscan los gestos en las caras de los observados, donde los visitantes se ponen sus abrigos para volver al mundo donde son tan escasos los Magritte y los Picasso, hay también sorpresas porque una escalera que asciende muestra cuadros, uno al lado del otro, de pintores italianos y lo que eran imágenes de enormes veleros ingleses ahora son ruinas del Coliseo, imágenes de los caballos de Alejandría que adornan la plaza de san Marcos, paisajes de una Italia que ya no existe.

¿O existe?

En el mundo de Beatrice y Julio Mario, ese mundo que apenas aparece en esas fotos, pero que se puede entrever en la manera como mira y se deja mirar Beatrice y en la fuerza y la tranquilidad de su marido, al sentarse a su lado, la fuerza de la decisión sin márgenes de dudas, la sonrisa de quien está satisfecho luego de los años de batalla y de trabajo, existe aún, también, esa Roma, de la misma manera que es posible montar en bicicleta de Magritte, sobre un cigarro de Magritte y no caerse nunca.
LO MÁS VISTO