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La verdadera historia de amor del Titanic

La verdadera historia de amor del Titanic

Revista Jet-Set

En el naufragio del transatlántico Titanic los esposos Isidor e Ida Straus, dueños de Macy’s, protagonizaron un idilio mucho más romántico y trágico que el de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en la película. Recordamos esta historia a propósito de la conmemoración de un año más de la tragedia.
Isidor e Ida Straus, inmigrantes alemanes residenciados en Estados Unidos, hacia 1910. En el naufragio del Titanic él se negó a abordar un bote salvavidas para darle prioridad a los niños y a las mujeres, y ella resolvió quedarse en el barco para morir con él. Foto: Straus Historica Society
Por: Edición 23518/4/2012 00:00:00
En Titanic, cinta que por estos días es relanzada en tercera dimensión con motivo del centenario del famoso naufragio, los héroes son Leonardo DiCaprio, como Jack Dawson, plebeyo y sin fortuna, y Kate Winslet, como Rose DeWitt Bukater, la aristócrata que lo sacrifica todo por el amor de él. Este relato, que hizo del filme uno de los más taquilleros del cine, es pura ficción, pero la verdad es que en el drama de la vida real del Titanic hubo una historia de amor mucho más conmovedora, protagonizada por quienes son considerados como los grandes héroes de la tragedia.

Se trata de los esposos Isidor e Ida Straus, dos de los más acaudalados pasajeros del lujoso barco, el de mayor tamaño de su tiempo. Él era el propietario de R.H. Macy’s, la tienda por departamentos más grande del mundo. Entonces su empresa no era la gran cadena que es hoy, pero Straus era uno de los cuatro viajeros más ricos, junto a John Jacob Astor, Benjamin Guggenheim y George Dunton Widener. Sus fortunas sumaban 100 millones de dólares, algo descomunal en esa época.

Aunque exitoso en los negocios, para Isidor lo más importante era Ida y su amor fue tan grande, que prefirieron morir juntos en la catástrofe de aquella madrugada del 15 de abril de 1912, antes que separarse en el rescate. “La intimidad entre ellos era excepcional”, recuerda hoy su bisnieto Paul Kurzman, de 73 años, quien creció oyendo contar a su madre, Sara Straus, cómo ellos se escribían cartas a diario cuando se separaban. “De ninguna manera es mi imaginación tan fértil como cuando piensa en mi querido”, escribió Ida en una de sus misivas, que hace parte de un nuevo libro sobre la pareja, A Titanic Love Story: Ida and Isidor Straus, de June Hall McCash.

Cuando el Titanic chocó contra el iceberg que desencadenó su hundimiento, cuenta la cronista, la pareja se despertó sobresaltada. De inmediato, Ida comprendió que estaban en peligro, comenzó a vestirse e instó a su esposo para que hiciera lo propio. En medio de la angustia, ella se cuidó de rescatar sus anillos de compromiso y de bodas y una pequeña bolsa con regalos especiales de Isidor, incluido un monedero que le había comprado días antes en París.

Minutos más tarde, estaban en la cubierta, donde, dada su edad, 67 años, y su prestigio como filántropo y excongresista, a Isidor le fue asignado un lugar en uno de los escasos 20 botes salvavidas, insuficientes para rescatar a todos los 2.224 pasajeros. Pero él declinó la oferta apegado a las reglas del mar, según las cuales las mujeres y niños tienen la prioridad en una emergencia. Ida, por su parte, respondió a los principios de su corazón. “No voy a ser separada de mi esposo”, dijo, de acuerdo con recuerdos de sobrevivientes, arguyendo que si habían vivido juntos, entonces debían morir juntos. “Por favor, por favor, querida, sube al bote”, le rogaba Straus, acariciándole la cabeza, pero ella se resistía una y otra vez, hasta que la tripulación dio la orden de partir. “Isidor, mi lugar está junto a ti. Yo he vivido contigo. Te amo y, si es necesario, moriré a tu lado”, reiteró Ida, en un gesto que hizo de esta una de las historias de amor inmortales de la tradición estadounidense. Luego, le entregó su abrigo de piel a Ellen Bird, la mucama con la que viajaban y a quien ya le había sido asignado un sitio en un bote.

Según cuenta June McCash en su nueva obra, los náufragos que se alejaban en las pequeñas embarcaciones contemplaban a los Straus “asidos a la baranda, sosteniéndose el uno al otro y llorando silenciosamente”. El pasajero Archibald Gracie, quien se salvó, recordó después que cuando el barco estaba a punto de sumergirse por completo en las aguas del Atlántico Norte, una ola los engulló y nadie volvió a verlos. Los restos de Isidor fueron recuperados, pero los de Ida no.

Semejante entrega por amor fascinó a Norteamérica. “Un sublime sacrificio”, tituló The New York Times y seis mil personas ignoraron la fuerte tormenta del 12 de mayo para asistir a sus funerales en el Carnegie Hall de La Gran Manzana. Un parque en Manhattan, una escuela pública y unas residencias en Harvard llevan el nombre de los esposos en homenaje a su romance. Lo irónico es que ellos no se embarcaron en el Titanic por ostentación o esnobismo como tantos de sus pasajeros. Tres meses antes, habían llegado a la Riviera Francesa para que Isidor recuperara su salud.

Luego, visitaron a su familia en su Alemania natal, estuvieron de compras en París e hicieron una parada final en Londres. Tenían reservas en el Olympic, opulenta nave hermana del Titanic, pero cuando la salida de aquel buque se pospuso, decidieron viajar en el trágico Titanic con Ellen Bird y su valet. “¡Qué barco!”, le escribió Ida a un amigo, “muy grande y muy bien bautizado. Nuestros aposentos están decorados con el mejor gusto y son en realidad salones y habitaciones, no camarotes”. Horas antes de la tragedia, recordó la mucama, los Straus habían cenado a cuerpo de rey en el comedor del transatlántico y en la cubierta habían dado su último paseo de eternos enamorados a la luz de las mismas estrellas que después los vieron morir.
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