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Ernesto Samper Pizano, el expresidente que camina montañas

Ernesto Samper Pizano, el expresidente que camina montañas

Personaje

El expresidente Ernesto Samper Pizano sube en las mañanas por la quebrada La Vieja hasta la cima de la montaña, su perro Ícaro es su entrenador personal. Aquí nos cuenta qué lo motiva y cuáles son los paisajes que lo atan desde niño a la tradición bogotana de subir a caminar por los Cerros Orientales.
“Yo camino los problemas, me gusta caminarlos y pensar caminando”, explica el ex presidente Samper a JetSet.com.co . Fotos: Archivo particular.
Por: 6/11/2012 00:00:00
¿Por qué sube a la montaña?
Descubrí el paseo de la quebrada La Vieja que queda cerca de mi casa y como yo he sido caminador en plano me atrapó la fascinación. Ese sitio es particularmente bonito, es difícil encontrar en Bogotá un sitio así. No hay una sola razón. Subo porque me tranquiliza. Subo por pasear a mi perro. Subo por ejercicio. Subo por sentir que hay una ciudad distinta. Subo porque me encanta el verde. La montaña es mágica. Es embrujante.

¿Cómo empezó a subir a esa montaña?

Hay un grupo étnico particular en el mundo que somos los que tenemos perro, eso nos identifica y nos une, hablamos de los perros, de sus enfermedades, los defendemos… y gente amiga empezó a contarme que llevaban a sus perros a la montaña y así descubrí que la montaña quedaba a dos cuadras de mi casa y comencé a ir. Al principio no me atrevía a ir hasta arriba, pero poco a poco le fui cogiendo confianza.

¿Qué manejo le da al tema de la seguridad por los atracos y el miedo a esa zona?
Digamos que tengo algo de seguridad, pero yo creo que pesa mucho la leyenda alimentada con la intención de atemorizar, porque sí; se han presentado casos, pero son casos aislados frente a lo que representa la circulación activa de la montaña. He llegado a pensar que los sábados suben alrededor de 500 o 600 personas, y son ellos los que mejor pueden cuidar la montaña. De todas maneras yo he estado muy pendiente de pedir protección de la policía y ya hay mucha más seguridad. Hay sitios inseguros, pero no mucho más que cualquier zona urbana.

Como viene de una familia tradicional bogotana ¿tiene recuerdos de su infancia relacionados con los cerros orientales?
Tengo muchos, en esa época éramos más depredadores que hoy en día. A nosotros, que éramos cinco, nos llevaban a hacer el famoso paseo de olla, en el monte armábamos fogones de piedra y hacíamos chocolate con mogollas. En diciembre íbamos a los montes a coger quiches y musgo para el pesebre, y los árboles de navidad, unos chamizos que no eran tan elegantes y tan nórdicos como los de ahora. Monserrate era un paseo obligado. Había toda una cultura en ese sentido. Siempre ha pasado que la gente cuando llega a Bogotá lo primero que la sorprende es que haya cerros y montañas, que haya un encuadre tan bonito. Pero si uno mira en las fotos viejas las montañas se ven completamente devastadas, porque en esa época se cocinaba con leña y bajaban cargamentos enteros hasta que se acabaron todos los bosques. Lo que se ha vivido en las montañas es una verdadera resurrección ecológica.

¿Qué escenarios bogotanos recuerda de sus paseos de infancia?
Para salir de nosotros, porque éramos insoportables, mi mamá nos mandaba por las tardes al Parque Nacional, ahí había una ciudad de hierro, ese caballito en la esquina era de uno de los carruseles. Lo compramos al señor Peinado que era él que lo manejaba. Era una vida muy placentera, no había este tema con la inseguridad. A mí y a mis hermanos nos mandaban solos al parque. Y luego con la Cruz Roja Juvenil —y hay que decir que fui jefe de relaciones públicas— hacíamos operaciones de socorro. Había otro parque muy bonito, en el Lago Gaitán donde montábamos en botes de remo, donde hoy queda el Centro Comercial El Lago. En ese entonces los parques no eran desarrollados, organizados, funcionales, eran de verdad parques naturales, y los disfrutábamos mucho. Como no había clubes ni centros comerciales la vida giraba en torno a los parques.

¿Cómo siente que ha cambiado Bogotá con relación a los cerros?
Uno de los fenómenos más ostensibles es la urbanización, especialmente de la circunvalar hacia arriba. Pero ahora hay una especie de pacto de convivencia con los cerros que consiste en cuidarlos, protegerlos, caminarlos. Hoy en día hay una relación más amable, ahora hay más conciencia ecológica. Pero en el colegio donde yo estudié, en el Gimnasio Moderno, había una asignatura ecológica con excursiones para familiarizarse con los ecosistemas. En todo caso siempre ha habido una relación muy cercana de los bogotanos con su vegetación. Para no ir muy lejos había unos microsistemas que eran los jardines de las casas, unos patios sembrados con brevos, papayuelos y cerezos. Nosotros nos criamos entre esos árboles en el patio de mi abuela.

¿Cuáles pensamientos son recurrentes cuando está subiendo en silencio por la montaña?

Bueno, cuando voy subiendo mi pensamiento más recurrente es cuánto falta para llegar a la cima. Pero además lo que más disfruto no es el silencio sino la gente, es lo que más disfruto, es como si uno estuviera en otro país, la gente se saluda, habla de cómo está la montaña, de los perros, no sé, como que le llega a uno la espontaneidad cuando entra a la montaña. Además, yo camino los problemas, me gusta caminarlos y pensar caminando. Pero como es ejercicio uno realmente puede pensar es de bajada, porque cuando está subiendo hay una cierta ansiedad de subir…

¿Cuál es la diferencia entre un día en que sube a la montaña y otro en que no?

Sí hay una diferencia, uno lo siente, porque a pesar del esfuerzo, se oxigena el alma, se oxigena el cuerpo pero sobre todo el alma. Además tengo un perro que cuando llega a la cima de la montaña es como si llegara a su casa, se siente absolutamente libre. Yo no sería capaz de subir sin mi perro, yo no sé si yo saco a pasear a mi perro o el perro me saca a mí. Pero cuando yo tengo la intención de subir a la montaña inmediatamente el perro la adivina.

¿Qué se le ha ocurrido para mejorar los caminos de la montaña?
A mí me parece que nos hacen falta senderos. Pero no solamente en la montaña sino también en la ciudad, senderos por donde la gente pueda salir a caminar. También hace falta señalización. Si uno camina hasta Monserrate se ve la historia de Bogotá en sus quebradas, porque ahí nacen muchas de las que después fueron enterradas. Cuidar ese tema es una manera de recuperar lo que era la ciudad. Hasta ahora estamos recuperando el valor del agua.

¿Qué diferencia nota en ese sentido entre los bogotanos de antes y los de ahora?

La gente ahora está mucho más sintonizada con el ejercicio sano, con el tema ecológico, mucho más que antes.

En general ¿Qué opina de la salud y el ejercicio?
Yo hago ejercicio todos los días. Y sin volverlo una obsesión, porque creo que hay unos obsesionados y unas obsesionadas del ejercicio, creo que una vida que tenga una dosis suficiente de ejercicio por supuesto es una vida mucho más placentera que la vida de, digamos, molusco.

¿A qué cree que se debe el auge de caminantes por los cerros orientales?

Es curioso, hay muchos extranjeros que suben, japoneses, chinos, alemanes. Yo creo que volvió una especie de rito. Para mí la montaña tiene algo de litúrgico. La montaña es como un santuario.
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