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El Bandido ¡Qué restaurante!

El Bandido ¡Qué restaurante!

El lugar del que todos hablan en Bogotá es uno de día y otro muy distinto cuando cae la noche. Mientras en las mañanas se asemeja a los restaurantes de Los Ángeles, al anochecer se transforma en un piano-bar que se debate entre París y Nueva York.
Andrés Juan Hernández y el chef Felipe Arizabaleta atribuyen el éxito del lugar al local, que tuvieron que restaurar e intervenir por cerca de un año. Foto: Gerardo Gómez/12.
Por: 14/3/2012 00:00:00
Desde hacía mucho tiempo un lugar no despertaba tanto entusiasmo como lo hace El Bandido, y lo curioso es que está ubicado en lo que fuera un sótano anodino donde pocos podrían imaginar un ambiente como el suyo. Los responsables tras este bistro son Emilia Castellanos, Felipe Arizabaleta, Andrés Juan Hernández, Jorge Pizarro, Felipe Rodríguez y Mauricio Guerrero, quienes le dieron el sabor propio de los restaurantes famosos de Estados Unidos. Para lograr una reservación para un jueves, viernes o sábado en la noche, cuando el local se entrega a la música en vivo, hace falta llamar con un mes de antelación. Tal es la medida de su éxito.

Como escondido al final de la Calle de Los Anticuarios y protegido por toldos y materas, El Bandido recibe a sus visitantes tras una puerta blanca de madera. A pocos pasos, un piano y un micrófono de antaño delatan un ambiente festivo que no deja de resultar de otra época, de muchas épocas. A la vista, el lugar no solo se presenta agradable, sino de un diseño meticuloso: lámparas de techo salidas de un catálogo de decoración de los 50 conviven con papeles de colgadura en tonos pastel o con figuras de ángeles prestados de un cuadro de Rafael; sillas de todo tipo, metálicas, de madera, plásticas, coloridas o de jardín, se codean unas con otras con suma naturalidad; incluso, como si hicieran parte de una puesta en escena, los diestros meseros levantan platos y atienden mesas vestidos con boinas y tirantas.

El Bandido recuerda de día a los restaurantes de Los Ángeles, donde la luz lo inunda todo y es el pretexto para una decoración alegre y descomplicada, donde se congregan famosos e influyentes a celebrar la vida con buena mesa y buen vino. Felipe Arizabaleta, chef de El Bandido y otrora jefe de cocina de Horacio Barbato, diseñó una carta que no puede disimular su arraigo francés ni hace uso de parafernalias culinarias para impresionar. La suya es una comida sencilla, sin pretensiones, en la que los ingredientes salen al encuentro de los comensales en su mejor versión; y de allí que baste probar el navarín de cordero o el salmón en salsa holandesa, para enterarse de los dotes del chef.

Conforme la tarde avanza, quienes hayan decidido sentarse en la barra asistirán a un espectáculo como el que bien podría tener lugar en el Hotel Carlyle de NY a la misma hora: la luz se hace tenue, los objetos cobran protagonismo y hablan de otros tiempos cuando no todo era desechable, la música se impone con tacto en forma de swing, tempranos riffs de rock’n’ roll y doo wop; los bartenders se remangan y agitan con mayor brío sus cocteleras para darle espíritu a la noche. El piano, hasta entonces ignorado, se despierta y se presta para los caprichos del ambiente, tanto así, que entre los noctámbulos de la ciudad ya son memorables las presentaciones de músicos como Daniel Restrepo y Daniel Correa, el primero interpretando clásicos de Sting con su contrabajo, y el segundo, dando a El Bandido un aire mucho más de cabaret de entreguerras junto al piano.

No es kitsch y sería injusto definirlo como ecléctico, de hecho, los adjetivos retro, vintage o anacrónico no le dan la talla. El Bandido es otra cosa, un lugar donde todos quieren estar porque se pasa bueno, se come mejor y se goza con el mismo estilo que en los años 20, sin tantas preocupaciones y con más atención a los detalles. Es bistro por su comida o ubicación en el bajo de un edificio, es un restaurante de Los Ángeles por su deck ajardinado, es neoyorquino por su rumba; pero sobre todo, y lo más importante, es y está en Bogotá.
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