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Ana María Busquets de Cano “No puedo perdonar al asesino de mi esposo”

Ana María Busquets de Cano “No puedo perdonar al asesino de mi esposo”

Revista Jet-Set

Veinticinco años después del asesinato de su esposo, la viuda de don Guillermo Cano por fin puede hablar del día en que le avisaron del magnicidio, y del inmenso amor que se profesaron los dos. Ella y su familia se preparan para lanzar por estos días un libro sobre la vida y obra del legendario director de El Espectador.
Ana María Busquets sigue con la costumbre de leer El Espectador todos los días. “Fidel Cano, director del periódico, lo está haciendo muy bien. Me parece que las mujeres que escriben allí son muy buenas. Además, me gustan las editoriales de Alfredo Molano, Héctor Abad y Lorenzo Madrigal”. Foto: Imagen Reina/12.
Por: 12/4/2012 00:00:00
La noche del 17 de diciembre de 1986, un sicario al servicio del narcotráfico asesinó a don Guillermo Cano Isaza. Ese día, los colombianos, en medio del estupor y la indignación, descubrieron en su esposa, Ana María Busquets, un estoicismo digno de los antiguos griegos. Con una entereza admirable, esa mujer de origen catalán, que durante 34 años estuvo al lado del director de El Espectador, hizo frente a su dolor para retomar la bandera de una lucha que su esposo estaba librando desde las páginas editoriales del periódico. La viuda de Cano, con los ojos aguados, recuerda que recibió la noticia mientras hablaba por teléfono con el cardiólogo de su marido. “Llegaron a mi casa mi hermana y el hermano de Guillermo a contarme que le acababan de disparar a mi esposo. Fuimos a la clínica de la Policía, y cuando vi la cara de Álvaro Monroy, un empleado del periódico de hace años dije, ‘esto ya no tiene solución’. Eso lo puedo comentar ahora y hablarlo después de 25 años, pero durante mucho tiempo no fui capaz de contar cómo me había enterado, pues esa tristeza de no haberle dicho adiós, de no haberlo abrazado, era insufrible”.

Ana María conoció a Guillermo cuando ella tenía 14 años y él 24. “En mi casa no era que gustara mucho que un hombre mayor me estuviera cortejando. Guillermo cogió el vicio de irme a esperar a la esquina donde me dejaba el bus del colegio y caminábamos hasta mi casa, que quedaba a dos cuadras. Una vez mi papá, que estaba en la ventana, vio que llegamos juntos y bajó y le dijo: ‘Mira, Guillermo, muy agradecido porque vengas a acompañar a la niña, pero ella no necesita compañía; por favor, no lo vuelvas a hacer’”. Sin embargo, en lugar de salir corriendo, él se puso en la tarea de convencer al suegro de que sus intenciones eran serias y a Ana María de la sinceridad de sus sentimientos. “No le quedó fácil, pues yo estaba en una edad en la que tenía muchos pretendientes y me gustaba salir”, recuerda con picardía. “Era la época de El Dorado del fútbol colombiano, cuando vinieron al país algunos cracks argentinos y peruanos. Lo in era ir a fútbol los domingos porque allá se encontraba uno con todos los amigos. Ahí nos veíamos, pues Guillermo era hincha furibundo de Santa Fe y del Barcelona. Si estuviera vivo, estaría gozando cantidades con los triunfos de Messi y con el noviazgo de Shakira y Piqué”.

Se casaron en 1953, cuando ella era apenas una adolescente de 17 años que acababa de recibir el diploma de bachiller –esa condición le pusieron sus padres para poder ir al altar– y Cano era un aprendiz de periodista que acababa de asumir la dirección de uno de los principales medios de comunicación del país. Guillermo comenzó su faena reporteril en 1943 con la crónica taurina, bajo el seudónimo de Conchito (en homenaje a la bella Conchita Cintrón, la rejoneadora peruana). Ganó su estrellato como cronista deportivo en los Juegos Olímpicos de Munich 1972, con reportajes premonitorios como el titulado ‘Los juegos no son juegos’. Su pieza más famosa y reproducida es ‘Cómo se exterminan la pulga y la rata’. Allí habla de dos jóvenes estadounidenses que “con un cargamento de ideas en la cabeza, una maleta llena de insecticidas y un fumigador en las manos” abrieron en un pequeño local de la calle 24 con carrera sexta “un negocio desconocido en Colombia”: la New York Exterminator Company.

Muchas de estas joyas periodísticas están incluidas en el libro La tinta indeleble, que la Fundación Guillermo Cano lanzará el 20 de abril en la Feria del Libro de Bogotá y que recoge la biografía del exdirector de El Espectador, una crónica de las notas ligeras del día a día, sus editoriales y lo más integral de su columna dominical ‘Libreta de apuntes’. La obra, impresa por Editorial Alfaguara, cuenta con la edición de Marisol Cano Busquets y con la recopilación periodística e histórica de Maryluz Vallejo, Carlos Mario Correa y Jorge Cardona. “Estamos haciendo un libro para que las nuevas generaciones conozcan diferentes facetas de Guillermo, no solo su la lucha por la libertad de prensa, los derechos humanos y el narcotráfico, sino también para que recuerden a un periodista que describía con buena pluma las caderas de una reina en Cartagena o un fuerte aguacero en Bogotá. Guillermo y Gabriel García Márquez se turnaban en el periódico la escritura de la sección ‘Día a día’. Hace algunos años me encontré a Gabo en el archivo de El Espectador ojeando los periódicos y me dijo: ‘De todo esto no sé qué escribí yo y qué escribió Guillermo. Imagínese eso’”.

El Nobel colombiano recordó a su amigo y maestro en un artículo que escribió en 1987: “Durante casi cuarenta años, cada vez que ocurría algo en Colombia mi reacción inmediata y certera era llamar a Guillermo Cano por teléfono para que me contará la noticia exacta. Siempre, sin una sola falla, salía al teléfono la misma voz: ‘Hola, Gabo, ¿qué hay de vainas’. Un mal día de diciembre, María Jimena Duzán me llevó a La Habana un mensaje suyo, con la solicitud de que escribiera algo especial para el primer centenario de El Espectador. Esa misma noche en mi casa, el presidente Fidel Castro estaba haciéndome un relato de una fiesta de amigos, cuando oí, casi en secreto, la voz trémula de Mercedes: ‘Mataron a Guillermo Cano’. Había ocurrido quince minutos antes y alguien se había precipitado al teléfono para darnos la noticia escueta. Lo único que se me ocurrió entonces, ofuscado por la conmoción, fue el mismo impulso instintivo de siempre: llamar a Guillermo Cano para que me contara la noticia completa, y para compartir con él la rabia y el dolor de su muerte”.

Dolor que a Ana María aún le cuesta superar. Enviudó a los 51 años y asegura que nunca pensó en rehacer su vida con alguien. “Tengo buenas amistades y unos hijos maravillosos que hacen que no me sienta sola. Juan Guillermo vive en Providencia, pinta y acaba de sacar un libro que es una recopilación de edictos de personas desaparecidas. Fernando es fotógrafo. Ana María y María José están dedicadas al hogar; y Camilo, a la televisión”. Los martes o los jueves, La Mia se reúne sagradamente con todos sus nietos, once mujeres y cinco hombres, a almorzar o tomar onces. Los fines de semana hacen parche para ver los partidos del Barcelona o se van a la finca en La Mesa. Lo único que lamenta es que Guillermo no esté para disfrutar de esos encuentros familiares, en los que El Espectador es, y seguirá siendo, tema de conversación. “A lo largo de su vida, Cano arrastró la fama de tímido y poco sociable, pero quienes lo conocían bien, sabían que era un hombre tierno, sensible y muy amigo de sus amigos. Disfrutaba de la Navidad como un niño, le encantaban las películas de detectives y vaqueros y la ópera”, así prefiere recordarlo su esposa.
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