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Un ángel le salvó la vida a Daniel Klug

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Rafael Klug, el padre del joven atropellado por un conductor ebrio el año pasado, escribió un libro en el que cuenta que su hijo murió tres veces, y que ni él ni los médicos se explican cómo hoy está recuperado y sin secuelas.
En su libro Dios salvó a mi hijo, Rafael Klug narra cómo su familia ha sobrevivido a varios momentos difíciles gracias al poder de la fe. Foto: Imagen Reina/11.
Por: 20/10/2011 00:00:00
En agosto del año pasado, el país se conmocionó con la noticia de un terrible accidente en la Autopista Norte de Bogotá. El abogado Fernando Abello, en avanzado estado de embriaguez, embistió con su vehículo a un grupo de personas que resolvían un choque simple a un lado de la vía. Entre ellos estaba Rafael Klug, quien tuvo que ver cómo la vida de su hijo Daniel se le iba de las manos en cuestión de segundos.

“Daniel nos llamó a eso de las 8 y 30, se había chocado con otro carro en la autopista, pero no era grave. Le dije que mi esposa y yo íbamos en camino. Cuando llegamos, dos patrulleros estaban levantando el croquis y todo fue relativamente rápido. Hubo una demora mientras los ocupantes del otro carro decidían si aceptaban o no una conciliación. A eso de las ocho de la noche se resolvió todo. Mi esposa Marisa y la novia de Daniel se quedaron en mi camioneta mientras Daniel y yo caminamos hacía el otro carro para firmar los documentos. De repente, un vehículo a toda velocidad y sin luces venía por la autopista. Era como un misil dirigido hacia nosotros. Sólo se me ocurrió gritar ‘¡viene un carro sin luces y no va a parar!’. Mi reacción fue lanzarme hacia el costado de la vía de Transmilenio, escuché el estruendo del carro chocando contra la moto de la Policía. Cuando me levanté, el carro de Daniel estaba incrustado contra nuestra camioneta y la moto había caído sobre dos de las pasajeras del otro carro. Empecé a buscar con la mirada a mi hijo y a decir su nombre. Lo encontré en el piso, con los ojos abiertos, inmóvil, sangraba por los oídos y la nariz. Oí los gritos de Marisa y lo único que le dije fue: ‘nos mataron a Daniel’”.

En ese momento, cuenta Rafael que miró el pavimento y vio un par de zapatos. Levantó la mirada y se encontró con un hombre joven que le decía: “Déjeme tocarlo, que yo sé de estas cosas”. Le respondió que Daniel estaba muerto, pero el sujeto empezó a tocarle los tobillos y las rodillas, de repente le dijo: “Mire, ya tiene pulso otra vez”.
 
Rafael giró la cabeza y se alegró de ver que ya había llegado una ambulancia para ayudar a Daniel, cuando se dio vuelta de nuevo, el joven había desaparecido y hasta el sol de hoy su identidad es un misterio.

Fue el comienzo de la peor pesadilla para cualquier papá: el sufrimiento de un hijo. En la ambulancia Daniel perdió los signos vitales y lograron resucitarlo al llegar a la clínica El Country, tenía tres fracturas en el cráneo, la pelvis rota en 38 partes, el bazo roto y una hemorragia interna que no lograban controlar; estaba grave, pero estable. Sus hermanas María y Tatiana comenzaron una campaña en las redes sociales para localizar donantes de sangre tipo B+, a raíz de eso el caso cobró notoriedad en los medios. Era la síntesis del daño que puede causar un conductor ebrio: un muchacho joven, inteligente, con toda la vida por delante que ahora se debatía entre la vida y la muerte.

Fernando Abello estaba tan borracho, que sólo supo la dimensión de los hechos hasta cuando fue llevado a los juzgados de Paloquemao al día siguiente del accidente. “La gente me pregunta si yo en el momento del choque no sentí ganas de golpearlo por lo que le había hecho a mi hijo. Sin embargo, cuando se llevaron a Daniel en la ambulancia me invadió una especie de ‘tranquilidad’ que no logro explicar. No siento rencor por él. Espero que en la audiencia del 6 de octubre la justicia lo haga responder por el error que cometió”, dice Rafael, para quien la escritura del libro Dios salvó a mi hijo fue un proceso doloroso, pero sanador.

Al cabo de cuatro días en la clínica, Daniel mostró mejoría, se despertó y reconoció a su familia. Entonces los médicos decidieron hacerle una cirugía para reconstruirle la pelvis, sin embargo, hubo una complicación y murió en el quirófano, al cabo de media hora lograron resucitarlo. “Mi hijo se me murió tres veces en cuatro días”, dice Rafael, quien jamás puso en duda su fe, a pesar de la desgracia. “Me considero una persona creyente, no soy ni fanático, ni nada por el estilo, pero Marisa y yo teníamos claro que si había que dejar ir a Daniel, lo íbamos a hacer con el mismo amor con el que lo habíamos recibido”. En algún momento, María, su hija mayor, en medio del dolor confrontó a su mamá y le preguntó: “¿De qué vale que seamos tan buenos, si Dios nos pone estas pruebas?”. Marisa le contestó que Dios les había puesto ese problema, sin embargo, aún tenían a Daniel con ellos.

Al día siguiente hubo una reunión con los neurólogos, el Dr. Pardo y el Dr. Hakim, quienes explicaron que la condición de Daniel ya era peor que crítica, los pulmones y el corazón funcionaban con una máquina, su cerebro no respondía, su piel estaba azul. Era el momento de tomar la decisión de desconectarlo. Decidieron esperar un día más.
 
“A la mañana siguiente entramos con Marisa a cuidados intensivos. Daniel estaba conectado a una cantidad de monitores y cables que no registraban ninguna actividad. Los médicos estaban allí revisando radiografías. Yo le tomé el brazo para saludarlo y le dije: ‘¡Aquí está papá!’. Entonces Daniel movió la cabeza. Luego le pregunté: ‘¿Estás bien?’, y volvió a moverla diciendo que no. Le respondí: ‘¿Vamos a luchar?’, y asintió. Los médicos no lo podían creer, su cerebro estaba quieto y él era capaz de responder.
 
A partir de ahí comenzó una recuperación lenta, que no estuvo exenta de complicaciones como una infección en los pulmones y una peritonitis generalizada, sin embargo, Daniel seguía mejorando y los médicos hicieron todo lo posible para darle de alta y que terminara su tratamiento en casa. Hoy no salen de su asombro, porque al cabo de un año sus secuelas son mínimas. Recobró todas sus funciones, volvió a caminar, regresó al colegio, se graduó de bachiller y hace seis meses inició sus estudios de Administración de Empresas en el Cesa. Del accidente no recuerda nada, sólo lo que le cuenta su familia, sin embargo, y al igual que su papá, quiere que su historia sirva para que la gente entienda por qué mezclar licor y gasolina es la peor decisión de todas.
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