NEWSLETTER

Suscríbase

Reciba en su correo nuestras noticias y entérese de lo último de los famosos.

SEMBLANZA DE UN ESCOCÉS IRREVERENTE

Eventos

La chef Leo Espinosa escribe sobre Kendon MacDonald su amigo y colega con el que compartió hermosos momentos de su vida.
Por: Leo Espinosa15/4/2010 00:00:00
Kendon compartía conmigo -más que la vocación común por la buena comida- el sinsentido del humor, ese humor arrasante, visceral, mortal y lúdico que nos asomaba (con toda la “maldad” del mundo) a situaciones, personas y cosas que nos “daban papaya”. Incluso su nombre, cuando -ex profeso- yo lo pronunciaba Kondon, era motivo de jolgorio.

Él, con su repertorio grueso de chismes espléndidos, nunca perdonaba a nadie, ni a sí mismo. Sus secretas conquistas amorosas (a veces múltiples y simultáneas) Kendon las bautizaba como “escribir un artículo”; esa era la excusa que me daba cuando se perdía de vista y al regresar, comentaba de paso, “era que estaba escribiendo tres artículos”; así parcamente me enteraba del número de aventuras amorosas que manejaba entre manos y piernas.

Alegre y agudo, licencioso hasta el delirio, su permisividad le facilitaba escapar de un sentimiento atávico de soledad, pues Colombia resultó un país inagotable para su curiosidad de niño. Me atrevo a pensar que acá él halló en sus amistades vínculos sólidos y permanentes a los que correspondía con lealtad y prodigalidad; esto le mereció la admiración de todos nosotros. Sin embargo su mayor fidelidad fue a la ginebra, su bebida favorita que le resultó fatal.

Seguramente el asombro constante lo sembró en nuestra tierra; aquí su natural genialidad se acrecentó hasta desbordarlo: su silueta -totémica, icónica, jubilosa- se nos volvió reconocible en todos los medios, ya que abundó y copó tantos espacios como quiso en la escena nacional.

Kendon se volcó en la vida pública; signo de ello fue su manía por los micrófonos, hasta el punto que -cuando veía uno- se abalanzaba para hablar durante largo rato, dirigiéndose a la multitud con su acento atravesado de escocés irredimible… pero ¡seductorsísimo!. Le fascinaba que lo reconocieran, que lo asediaran, que le hicieran sentir la admiración y el cariño tanto amigos como desconocidos. Esas eran las ventajas y bondades que aceptó –muy estoicamente- de su merecida fama.

LO MÁS VISTO