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‘Sandra’, el soldado travesti

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El soldado Ciro Alfonso Velasco descubrió que quería ser mujer cuando estuvo secuestrado por las Farc entre 1998 y el 2001. Pero este no es su verdadero drama. Entérese aquí de su historia.
El exsoldado Ciro Alfonso Velasco fue secuestrado en 1998 durante la toma de las Farc a la base militar de Miraflores, Guaviare. Cuando fue liberado, el joven, quien tenía una hija, desafió a la familia para vestirse de mujer. Meses después se puso el nombre de Sandra. Foto: Gerardo Gómez/11.
Por: 19/10/2011 00:00:00
Después de cuatro tutelas, el Régimen de Salud Militar aún no le ha querido remover la sustancia que se inyectó para agrandarse el busto y los glúteos y que hoy la mantiene enferma. Esta es la historia.

Hace diez años, cuando el soldado Ciro Alfonso Velasco fue liberado por la guerrilla, en uno de los pocos canjes que autorizó el gobierno de Pastrana, su hermana mayor empezó a criticar los cambios drásticos que había tenido el exuniformado. “Nosotros mandamos a un muchacho a prestar el servicio, y las Farc nos enviaron a alguien muy diferente”, sigue repitiendo en su humilde casa en el sur de Bogotá. La mujer hacía alusión al comportamiento afeminado que tenía el joven y a la apariencia andrógina que él empezó a asumir desde el décimo mes del secuestro.

El exmilitar se dejó crecer el pelo, lucía las primeras prendas de mujer y buscaba la apariencia de una piel de durazno con capas gruesas de polvo compacto y otros artificios con maquillaje. Fue duro para todos. Los Velasco salían lentamente de la angustia que vivieron durante los tres años del secuestro de Ciro, luego del ataque a la base de Miraflores, en Guaviare, desde donde lo internaron selva adentro en compañía de otros 80 militares. Apenas se reponían del shock colectivo por la retención, cuando Ciro les dijo que quería ser mujer.

La familia que había emigrado desde el municipio La Belleza, Santander, a la localidad de Soacha, estaba acostumbrada a todos los golpes bajos de la pobreza, pero ninguno, según ellos, como el martirio de Ciro, quien se rehusaba a seguir siendo hombre. No quería saber de armas, sino de tacones, faldas, aretes, carteras y brasieres con relleno para simular un busto voluptuoso como el de una mujer.

Sofía Delgado, la madre, pensó que no tenía lágrimas para volver a llorar en la vida, pero Ciro se las afloró cuando anunció que se cambiaría el nombre por el de Sandra. Parece que estaba acorde a la mujer que se había apoderado de él desde el cautiverio. De un tajo quería borrar su pasado masculino, incluyendo los recuerdos de una relación sentimental que vivió a los 15 años, cuando tuvo a su única hija con una novia que le doblaba la edad.

En ese entonces, comenzaba a librar la larga batalla que duró seis años para obtener la pensión a la que tenía derecho. Después de un diagnóstico de una junta médica del Ministerio de Defensa se le declaró estrés postraumático y esquizofrenia, dos enfermedades que le impedían seguir con su vida laboral. Mientras llegaba el apoyo estatal, Sandra buscó la prostitución como una manera de conseguir el sustento.
 
Primero trabajó en una casa de travestis en Chapinero y Teusaquillo, en Bogotá, y luego empacó maletas hasta Yopal, Casanare, lejos de su casa, en un intento más de no avergonzar a la familia. Por esos días ya tenía la apariencia totalmente femenina y la voluptuosidad de una diva, gracias a la silicona que le inyectó una ‘amiga’ en los pechos y en los glúteos. Cuando creía que estaba menos atormentada por su nueva vida, una noticia inesperada la enfrentó nuevamente a la tragedia de la muerte. Su excompañera sentimental falleció, y su hija había quedado sola.

El hastío y la tristeza la habían vuelto su presa, pero aun así tomó la decisión de viajar en busca de la menor, que hoy tiene 16 años y con la que vive en una pequeña casa de Soacha, desde hace cuatro.

La vida le había planteado una faceta más benevolente con la llegada de la pensión y de la niña, quien se resiste a decirle mamá o papá y que a cambio la llama por su nombre: Sandra, a secas.

Cuando se bajó del tobogán en el que la tuvo el secuestro y los refugios de motel en motel, Sandra empezó a sentir las primeras consecuencias del tratamiento estético realizado por otro travesti. El busto y los glúteos le empezaron a doler, y sintió fiebres esporádicas como consecuencia de una infección que se la está carcomiendo. El Régimen Especial de Salud que cobija a los exmilitares se rehúsa a retirarle el líquido que se inyectó, con el argumento de que el procedimiento corresponde a un tratamiento estético. Sandra, quien le entregó poder al abogado Roberto Quintero, instauró cuatro tutelas, pero todos los fallos se han estrellado con las apelaciones del Ministerio de Defensa. Ella, básicamente busca la remoción de las sustancias que la mantienen enferma y que a cambio le injerten implantes de silicona para mantener su apariencia femenina. De lograrlo, sería un fallo sin precedentes en la historia colombiana. Quintero, con una vasta experiencia como representante de unos 300 exsecuestrados, también inició un proceso de indemnización que está consagrado en el Artículo 90 de la Constitución por los daños y perjuicios que le generó el penoso cautiverio y del que Sandra habla muy poco.

Ella afirma que muchos de sus secretos quedaron cubiertos por la espesura de la selva. Pero imposible borrar aquella experiencia, y más cuando por allá estalló el Big Bang que le despertó la mujer que llevaba dormida. Antes del secuestro era totalmente heterosexual, asegura ella.

En el campo cercado por alambres de púas en el que estuvo tres años conoció el amor homosexual, motivado por la necesidad de buscar una persona fuerte y temperamental que la protegiera de las burlas de sus compañeros de cautiverio. Algunos la violaron, y otros la sometían a continuos forcejeos para despojarla de la ropa.

Los anales de la historia del conflicto armado en Colombia guardan historias de relaciones gay durante el secuestro. Una de estas inspiró el libro Espérame en el cielo capitán, del periodista Jorge Enrique Botero, que narra la relación amorosa entre un soldado y otro uniformado con mayor rango militar. También se supo que uno de los implicados en el caso de la guaca millonaria invirtió la parte del botín encontrado para cambiarse de sexo. Sandra también quisiera dar ese paso.
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