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Las mujeres de Mockus

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Adriana Córdoba, la esposa del candidato presidencial por el Partido Verde, parece haber sido cortada con la misma y única tijera con que lo hicieron a él. Y sus dos hijas, Laima y Dala, son el resultado de esta pareja sui generis.
Las tres mujeres de Mockus son conscientes de que la vida les puede cambiar el próximo 7 de agosto, pero son poco triunfalistas. Sólo trabajan día a día para conseguir adeptos para el Partido Verde y esperan con ansiedad el 30 de mayo. Foto: IMAGEN REINA/10.
Por: 10/5/2010 00:00:00
Así es la familia que aspira a vivir en el Palacio de Nariño desde el próximo 7 de agosto.
 
Además de su madre, la artista plástica Nijole Sivickas, que vive al lado de su casa, a Antanas lo rodean tres mujeres más que parecen salidas de una dimensión desconocida. Adriana Córdoba, con quien comparte la vida hace 17 años, es su partner en ésta y en todas las empresas que Mockus ha llevado a cabo durante su recorrido como pareja.

Cuando cuenta cómo se enamoraron, nada de lo convencional de una historia de amor viene a colación. Por el contrario, dice que la primera vez que lo vio, durante un foro en el que él participaba como rector de la Nacional y ella era representante de los estudiantes de su universidad, la seducción fue netamente intelectual. “Habló de lo que significaba la utopía educativa y dijo una frase que me impactó mucho: ‘Hay que hablar para enseñar y oír para aprender’. Cuando nos vimos dos años después, de nuevo por casualidad, nos entendimos perfectamente y encontramos la fluidez para hablar”, asegura Adriana. De hecho, dice que su primera cita oficial fue en la casa de Mockus, a donde él la invitó a cenar. Cuenta que sólo tomaron té y comieron pan y que permanecieron más de dos horas hablando, sentados en un par de sillas, espalda con espalda.

Todo en ellos es particular, desde el matrimonio en un circo a lomo de elefante, hasta asumir su relación estable sin haberse dicho nunca un “te amo”, pero con la certeza de que ella es la mujer de su vida, y él, su gran amor. No en vano, la canción que Antanas siempre le dedica es I Am Looking for a Hard Headed Woman, de Cat Stevens, que, entre otras frases, dice: “una mujer que me ayude a sacar lo mejor de mí… y si es así, no voy a necesitar a nadie más”.

Sus hijas, Laima, de 14 años, y Dala, de 9, son precisamente un fiel reflejo de esta pareja que posiblemente llegue el próximo 7 de agosto a la Casa de Nariño. La mayor ha vivido esta campaña con la conciencia y la intensidad propias de su edad. Ella, quien siempre es la mejor de su clase en el Liceo Francés, fue una de las primeras promotoras del Partido Verde en Facebook, cuando todavía no existía el boom que se vive hoy en las redes sociales, y no duda en hablar con los padres de sus compañeros, con taxistas, profesores y empleados del colegio para explicar el proyecto político de su padre.

Sus interlocutores casi siempre quedan pasmados con el manejo del lenguaje, el vocabulario que utiliza, y el conocimiento profundo que tiene de música, matemáticas, y otros tantos temas a los que las niñas de su generación les huyen. A leguas se nota la confianza que tiene en sí misma y se define reflexiva como su padre, cero impulsiva y diplomática para decir las cosas, aunque físicamente tiene más rasgos de Adriana, su mamá.

Dala, por el contrario, posee rasgos más lituanos, propios de los nacidos en Europa del Este, se parece a su abuela paterna. En la casa se burlan de ella porque es la defensora número uno de Antanas. Es más lanzada, desenfrenada, espontánea y alegre. Como su hermana mayor, quien interpreta el piano, ella también tiene inclinaciones musicales, pero el instrumento que domina es el cuatro.

Dicen que, de todos, es quien posee más conciencia ecológica. No en vano, tiene la casa llena de germinadores con semillas de arvejas, lentejas y fríjoles, y el concepto de reciclaje lo aplica siempre que puede. Por eso, no deja botar nada y saca a flote sus dotes de inventora reutilizando objetos que ya no sirven para convertirlos en pisapapeles o en cosas útiles. Adriana dice que a los 4 años Dala le preguntó por qué la vida era tan difícil, y ella, asombrada, le explicó los motivos por los cuales era una niña afortunada, a lo que la pequeña le contestó: “La vida es muy difícil por todo lo que hay qué entender cuando uno apenas empieza a vivir”.

Lo cierto es que en su casa del barrio Quinta Paredes en Bogotá, la familia de Mockus es igualita a como es en la vida pública. Siempre han tenido como premisa que para educar es mejor dar ejemplo que órdenes. Y así lo entienden todos. Allí nadie manda a nadie, cada quien hace las tareas que ayudan a que la casa funcione armónicamente y respetan los espacios de cada uno, pero siempre están disponibles para los demás.

Laima puede estar en su cuarto escribiendo mientras Dala pinta, Mockus trabaja en su oficina y Adriana estudia los temas que le interesan. “Creo que Antanas nunca me ha pedido que le pase la sal o que le sirva nada, él mismo hace sus cosas, recoge su ropa, en fin, tiene sus propias tareas. Por ejemplo, se viste con lo que se siente cómodo y así considero que se ve bien”, cuenta su esposa.

Como pareja, también manejan el concepto de que el día de hoy construye el de mañana y, tal vez por eso, es que hasta la fecha continúan juntos, porque, según dicen, llegar a la casa todas las noches no es una obligación, sino una opción. “Verlo cada día me emociona. Hemos leído libros juntos en voz alta o en silencio, como Mente brillante y Delirio, de Laura Restrepo. Nos encanta comer ajiaco y pasta, ver nuestras películas favoritas como La vida es bella o La vida en rosa, y compartir con las niñas, que son expertas en cocinar para la familia. Laima hace un strudel de manzana delicioso y las empanadas y la mantecada de Dala son inigualables”, relata Córdoba. La feliz esposa no es celosa y, por el contrario, reconoce que su marido es un seductor de mirada dulce y que si a las mujeres les gusta es porque tienen buen gusto.

¿Por qué se casaron en un circo?

Cuando Antanas Mockus le propuso matrimonio a Adriana Córdoba, también le dijo que no quería hacerlo en una notaría, por ser un sitio demasiado impersonal. Le dio tres condiciones que debía tener el lugar de la ceremonia.
 
Primera: que fuera un espacio con significado, donde los sueños pudieran hacerse realidad. Segunda: un escenario donde reinara la armonía de la diversidad. Tercera: un sitio en el que se hicieran rituales. Ella, bromeando, le dijo: “Pues será en un circo”. Y a Antanas le sonó.
 
Luego se dieron cuenta de que allí se cumplían las tres condiciones propuestas por el novio, ya que en un circo los sueños se hacen realidad, existe la armonía de la diversidad y, curiosamente, descubrieron que, cuando no hay funciones, los integrantes del elenco de artistas llevan a cabo sus ceremonias como casamientos, bautizos y celebraciones bajo la carpa. Por eso, hace 15 años, rodeados de payasos y animales, unieron sus vidas y, de paso, cobraron 40 mil pesos por la boleta de entrada, dinero que fue directo a la Asociación Colombiana para la Defensa del Menor Maltratado.

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