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Juan Carlos Botero: “Mi padre no pinta gordas”

Juan Carlos Botero: “Mi padre no pinta gordas”

Arte

El escritor Juan Carlos Botero sacará al mercado el libro El arte de Fernando Botero, un gran homenaje a los más de sesenta años de trabajo de su padre. El texto armará ‘la gorda’ en el mundo del arte… entérese por qué.
El libro El arte de Fernando Botero revela secretos de uno de los momentos más prolíficos del artista en su taller de Pietrasanta, Italia. Foto: Archivo Particular.
Por: 24/11/2010 00:00:00
El libro rechaza a decenas de críticos que, según él, no han entendido la obra del maestro antioqueño.

La imagen más recurrente que el escritor Juan Carlos Botero tiene de su padre, Fernando Botero, es la del artista frente a un caballete, de pie y durante doce horas continuas “sin parar, como una locomotora”. Lo que él llama una vocación feroz por la pintura. Incluso, cuando no estaba frente al lienzo o a los moldes de sus esculturas, el maestro también hablaba de arte. Lo hacía hasta por los codos, enfatizando cada palabra con sus cejas pobladas y con el indeleble acento paisa que no ha perdido ni por sus años en México, donde desarrolló sus primeras obras, o a pesar de su larga estadía en París, o en la provincia italiana de Pietrasanta, cuna de sus monumentales creaciones escultóricas.

Entre las tantas cosas que decía Botero, el papá, siempre exhalaba el sabor de inconformismo que le habían dejado muchos críticos y la mayoría de los textos que escribían acerca de sus cuadros. No todos se habían acercado a lo que él quería expresar con sus mujeres gordas, pájaros robustos, frutas descomunales, religiosos obesos y callejuelas de pueblos regordetes. Pocos comentarios habían sido certeros, exceptuando las críticas que redactaron Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Ana María Escallón, Alberto Moravia, Antonio Caballero, entre otros, y que Juan Carlos Botero debió leer una y otra vez para nutrirse de datos y reflexiones que sirvieron a la hora de escribir El arte de Fernando Botero, un homenaje a su padre, o lo que él considera el libro más fiel a lo que el maestro antioqueño ha expresado con tantos años de trabajo. “Tuve un gran privilegio, y fue escuchar a mi papá hablando de lo que es su arte, y a la vez, de lo que no es su arte, al leer textos que a su juicio estaban equivocados”.

Aunque se perciba como una negación a todo lo que el mundo dice y ve en las pinturas de su padre, para él, Botero no pinta gordas. Juan Carlos es consciente de que sus comentarios parece que fueran a contracorriente: “Cuando la gente habla de las gorditas de Botero lo hace de manera afectuosa o cariñosa. Pero, la preocupación de mi papá está relacionada con el volumen o la monumentalidad. No con la gordura”.

El propio escritor le da la razón al pintor, al opinar que las decenas de libros que buscan un acercamiento a los universos pintorescos y hasta violentos de Fernando Botero “no son tan acertados”. Pero más allá de esas interpretaciones tan personales de los críticos, de esas lecturas libres que la gente hace del arte, existen más motivos para que Juan Carlos Botero se le midiera a la riesgosa tarea de escribir acerca de la extensa obra de su progenitor. “Algunos están escritos de una manera incomprensible para el lector. Se vuelven textos impenetrables y reiterativos. Hablan de la gordura, de los gordos de Botero, y sus cuadros no tienen nada que ver con la gordura”. Prefiere que digan que es una exaltación a la ‘voluminosidad’.

Aunque parezca que Juan Carlos tenía en bandeja de plata toda la información relacionada con la obra paterna, demoró años en escribir este documento con más de doscientas páginas dedicadas a las seis etapas pictóricas del artista, que van desde la violencia colombiana hasta la de la cárcel iraquí Abu Ghraib, que también se regodea con el mundo del circo y que a la vez se divierte a lo grande con las estampas de la fiesta brava. “El éxito de Botero está en la creación de su estilo único. Cuando uno ve sus obras identifica instantáneamente a ‘un Botero’. Quien está viendo sus cuadros, sin importar el tema –puede ser un camello, un árabe torturado o una fruta– detecta su estilo singular enseguida”. Esta singularidad lo ha convertido en uno de los artistas más cotizados del planeta, según la revista inglesa Art Review, y en uno de los niños mimados de las casas de subastas Sotheby’s y Christie’s, en Estados Unidos. Su propio hijo entrega más elementos que cualifican la cotización del artista en el mercado del arte: “Papá es importante porque se publican muchos libros acerca de él, lo invitan a exposiciones y sus esculturas están en las principales ciudades del planeta. Además, todos los coleccionistas quieren tener su obra”.

Aun así, Botero, o mejor, el estilo de Botero, continúa cercado por toda clase de críticas. Los detractores no aceptan sus figuras voluptuosas, a las que tildan de reiterativas, y menos el alto valor comercial de éstas en subastas y galerías. “Mi padre dice una cosa, y es que lo primero que tiene que hacer un artista es acostumbrarse a la injusticia. Ha habido muchas críticas a favor y en contra. Su arte es controversial y le gusta que así sea. Él ha ido contra la estética dominante desde los años 60. Ha sido un rebelde por naturaleza. Ha habido muchísima incomprensión, pero igual mucho deleite”.

No obstante, a Botero lo siguen imitando, incluso falsificando. Alrededor de sus figuras obesas existe un mercado de baratijas y souvenirs que no dejan de fastidiar al pintor antioqueño: “Esas imitaciones se hacen sin el consentimiento de él. No tiene un sólo centavo ganado por esas cosas. Le hacen un gran daño”.

El libro de Juan Carlos está a pocos días de salir en estanterías y librerías. Con seguridad, estará en boca de los amantes de arte. Nunca antes Botero había sido visto por un Botero.
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