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José Gabriel Ortiz, el señor Embajador

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Después de haberse reunido con algunos de los empresarios más importantes de México, el nuevo Embajador colombiano está seguro de que esto es lo que debió haber sido toda la vida: diplomático.
La casa del Embajador en México fue comprada hace unos 30 años por Ignacio Umaña de Brigard y tiene un enorme jardín que a José Gabriel le encanta. Foto: Lazolatino.com/hr
Por: 16/3/2011 00:00:00
Jet-set estuvo con él en la casa de la Embajada, en Altos de Chapultepec, uno de los sectores más exclusivos del D.F.

“Se lo dije a mi mujer –cuenta con ese tono de cachaco clásico–, nunca había estado más contento en mi vida. Descubrí a los 60 años que a mí lo que me gustaría llegar a ser es un magnífico embajador”.

Y muchos piensan que seguramente lo será, teniendo en cuenta que no sólo es el hombre tan divertido y carismático que fue capaz de mantener un talk show por televisión durante más de doce años, sino que también es especialista en Comercio Exterior y trabajó de la mano de Juan Manuel Santos en la apertura de las oficinas de Proexport en Europa, cuando el mandatario era Ministro de Comercio Exterior.

En el D.F. ya se siente como pez en el agua. Tiene la teoría de que todos llevamos un mexicanito en nuestro corazón y con esa frase, que ya acuñó y repite a diario, tiene encantado a más de un mexicano importante.

De hecho, la primera cena de bienvenida a la que lo invitaron fue en la casa de Joe Slim y su esposa, Constanza Carrascal, que es colombiana. Ahí conoció a Carlos Slim, tío del anfitrión, y el hombre más rico del mundo según la revista Forbes, con quien hizo muy buenas migas y acabaron echando chistes hasta las 4:30 de la mañana. Al final, fue el mismo Slim quien lo llevó a su casa, y le enseñó a despedirse como los mexicanos, con un abrazo tan fuerte que sus gafas terminaron trituradas en el bolsillo de su camisa. De esa cena quedó una amistad, y proyectos de verse de nuevo porque el empresario está interesado en invertir en el petróleo colombiano.

Ortiz también tuvo la oportunidad de charlar con Miguel Alemán, propietario de la aerolínea Interjet, en sus oficinas que funcionan en una famosa casa de la calle Rubén Darío, que ahora es monumento nacional, pero en alguna época albergó a la familia del empresario: ahí creció su padre, ex Gobernador de Veracruz, y vivió su abuelo, Miguel Alemán Valdés, que fue presidente de México.

Por si fuera poco, hace unos días estuvo en Monterrey, la ciudad industrial de México, donde fue atendido por Lorenzo Zambrano, el dueño de Cemex, la tercera cementera más grande del mundo.

Es evidente que nuestro nuevo Embajador en el D.F. se ha sentado a la mesa con varios de los cacaos más importantes de México porque tiene claro que el país azteca “es inmensamente rico y tiene gente muy poderosa que está interesada en invertir en Colombia”. A través de esas reuniones ha llegado a la conclusión de que los mexicanos sienten mucha admiración por nuestro país, y el sentimiento ha aumentado en los últimos tiempos, en los que su país vive un flagelo similar al que vivió el pueblo colombiano con el narcotráfico.

Entre tanto, termina de instalarse en la casa del Embajador en México, que fue comprada por Ignacio Umaña de Brigard hace casi treinta años, en Altos de Chapultepec, uno de los sectores más exclusivos de Ciudad de México. Es enorme –tiene 2.850 metros, ocho habitaciones cada una con su baño, tres salas y dos comedores–, pero le hacen falta unos arreglos, así que José Gabriel ya se puso en la tarea de hacerlos:

Corona le ofreció arreglar los baños; Haceb, hará lo suyo con la cocina; Corev le dio la pintura para las paredes; y Coltejer, la telas para tapizar los muebles. El arquitecto mexicano Carlos Herrera, un gurú del diseño en el mundo, le hará gratis los planos de la remodelación.

Lo que ya hizo el nuevo Embajador fue contratar a un jardinero porque el enorme jardín estaba pidiendo a gritos una poda. Hoy, él y Albita, el ama de llaves de la casa, han descubierto que tras los arbustos que estaban inmensos se escondía la preciosa vista de los bosques de Chapultepec. No puede evitar imaginarse cómo lucirá ahí un elegante coctel con sus nuevos amigos mexicanos.

Lo que sí le da mucha tristeza, porque es un tenista consumado, es que desde los ventanales de su nueva casa puede ver la cancha de su vecino, el Embajador de Serbia, y está destruida. Quizá, dentro de poco, se pase por su casa para proponerle que la arreglen en conjunto para jugar un partido amistoso y, digamos, diplomático.

Contrario a lo que muchos piensan, José Gabriel jamás imaginó que le ofrecerían esta Embajada. De hecho, el día que el Presidente lo llamó para que se reunieran, él pensó que podría ser para regañarlo por algo que habría dicho en su programa, o para ofrecerle algún cargo público. Como lo primero no era posible, porque no había hablado de él, llevó preparado el discurso para no aceptar el ofrecimiento, no sin antes agradecer.

Pero cuando le mencionó la Embajada de México, no se pudo resistir. Al nuevo Embajador no le llama la atención la política. De hecho, a estas alturas, revela que fueron muchos los que le propusieron estar en sus listas para el Congreso, pero él dice que no quiere ser ni alcalde, ni gobernador, ni senador, ni presidente de la República. Lo único que habría aceptado, fue lo que le ofrecieron, así que renunció a Yo, José Gabriel en Caracol y se fue a vivir a México. Y allá está, feliz y convencido de que embajador es lo que debió haber sido toda la vida.
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