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Así se casan los gays colombianos

Eventos

La Corte Constitucional le trasladó al Congreso la responsabilidad de legalizar en Colombia el matrimonio de las parejas del mismo sexo. La decisión que volvió a polarizar incluso a los mismos homosexuales encendió este viejo debate.
Blanca Inés Durán y Catalina Villa. Foto: Archivo Particular.
Por: 22/8/2011 00:00:00
Dos gays confesos, Felipe Zuleta y Gustavo Álvarez Gardeazábal escribieron para Jet-set acerca del tema. Sus opiniones contrastan con las de algunas parejas que ya dieron el “sí” de manera simbólica.

Blanca Inés Durán y Catalina Villa

La alcaldesa del barrio Chapinero en Bogotá, Blanca Inés Durán, y su novia, la antropóloga Catalina Villa, certificaron hace meses su unión marital de hecho, la única herramienta legal que existe en Colombia para proteger los derechos de la sociedad conyugal entre personas del mismo sexo.

Con esta especie de contrato notarial, la pareja podrá beneficiarse de la pensión en caso de la muerte de alguna de las dos y del régimen social de salud o EPS.

Como en el país todavía no ha sido aprobado el matrimonio entre homosexuales y
lesbianas, Blanca Inés y Catalina apelaron a un ritual simbólico y romántico de origen celta en aras de refrendar el noviazgo de dos años, pero sin ninguna legalidad ante las autoridades civiles. En una ceremonia que tuvo unos cien invitados, la pareja se atrevió a dar el paso del compromiso marital y así llamar la atención “acerca de la urgencia que tiene la comunidad LGBT de legalizar el matrimonio” entre el llamado tercer sexo.

Quique Sarasola y Mario Marrero

El empresario hotelero, deportista y actor Quique Sarasola, de origen colombiano, le dio el “sí” a su novio Mario Marrero en medio de la repercusión mediática que incluso los llevó a las páginas sociales de la revista Hola.

El registro de su boda, en el año 2005, no solo se debió a la relevancia social que tienen los dos apuestos ejecutivos en las élites de España. En esos días se convirtieron en uno de los primeros homosexuales en beneficiarse de los alcances de la legalización del matrimonio civil entre parejas del mismo sexo en la Península Ibérica. Desde la movida española, un poco después de la dictadura de Franco, no había existido una normatividad tan vanguardista como la legalización de enlaces gays y de lesbianas. No en vano, fue el tercer país del mundo en dar este paso, aunque allá todavía no se ha aprobado la adopción de niños entre personas del mismo sexo. A la boda de Enrique y Mario asistieron personalidades como el expresidente Felipe González, Noemí Sanín y la cantante Amaia Montero.

Matrimonio y mortaja…
Por Felipe Zuleta

Si bien la Corte Constitucional ha medio despejado el camino para que las personas del mismo sexo algún día contraigan matrimonio, lo cierto es que ha otorgado a los homosexuales y lesbianas, mediante sentencias, una cantidad de derechos que en un país tan godo como este, eran impensables.

El tema fundamental es si se pueden casar y, además, si pueden convertirse en familia. La corte ha subido de nivel a la comunidad LGBT al reconocer que sus uniones constituyen una familia, aun cuando lo del matrimonio quedó enmochilado.

La verdad, eso no me molesta, pues he estado legalmente casado con una mujer en Colombia y después con un hombre en Canadá. Y ahora que estoy divorciado de esas dos personas, recuerdo a mi abuela cuando sostenía que “matrimonio y mortaja, del cielo baja”. Lo digo porque a mi edad, más de medio siglo, he llegado a la conclusión de que si hay algo contra natura es precisamente el matrimonio. De cuando acá uno tiene que firmar un contrato perpetuo sin que lo pueda renovar cada cierto tiempo, como se hace con cualquier otro pacto. Eso, claro está, si ambas partes están satisfechas con el cumplimiento de las obligaciones y el ejercicio de los derechos. Pero no, por esas cosas de las culturas, uno se casa y queda más enredado que un comodato entregado a un convento de monjas.

El sentido de pertenencia y ejercicio de propiedad que desarrollamos con nuestras parejas, el tener que compartir todo, baño, cama, carro y hasta ropa, es realmente un suplicio y, por qué no decirlo, violenta el más elemental de los derechos: nuestra privacidad. La invasión de nuestra órbita íntima con preguntas tan estúpidas como “¿qué estas pensando?”, son razones más que suficientes para creer que no importa cuál sea la clase de matrimonio, eso sale pésimo, como pésimo sale que creamos que el matrimonio es el estado natural de los seres humanos.

Además, percibo que mientras las parejas heterosexuales se divorcian cada vez más, los homosexuales y lesbianas quieren casarse. ¿Quién entiende eso? Yo, por lo pronto, no. Por algo se dice que “la mayor causa del divorcio es el matrimonio”.

José Luis Bautista y Jaime Alberto Beltrán

Los jóvenes dedicados al sector de las comunicaciones, que son pareja desde hace 20 años, esperan la legalización del matrimonio de personas del mismo sexo en Colombia para completar la familia con la adopción de un bebé.

José Luis Bautista y Jaime Alberto Beltrán no tienen el interés inmediato de constituirse legalmente en una unión marital de hecho, aunque ya conformaron un patrimonio conyugal al registrar la escritura del apartamento en donde viven a nombre de los dos.

Los ejecutivos que se conocieron en la época universitaria, nacieron en el seno de dos familias que ven las relaciones entre homosexuales sin ningún tipo de prejuicio social. “Nuestros padres, hermanos, tíos y sobrinos nos aceptan sin complicaciones. Mi familia es la de mi pareja y la mía es la de él”, dice Bautista, quien reconoce que Colombia, frente a otras naciones del escenario latinoamericano, es más abierta mentalmente a la unión entre homosexuales.

Germán Rincón-Perfetti y David Allan

El abogado colombiano Germán Rincón-Perfetti encontró la estabilidad de la vida en pareja al lado de David Allan, un pintor y fotógrafo canadiense que conoció a través de Internet. Rincón-Perfetti, valorado en el comunidad del LGBT por su activismo a favor de los derechos de las personas del mismo sexo, tampoco ha registrado su unión marital de hecho. Por lo pronto, él y Allan reafirmaron los votos de respeto y afecto en una ceremonia simple y privada que realizaron en Bogotá: “El ritual lo hicimos en el apartamento de un amigo al que nombramos de padrino. Allí nos pusimos los anillos”. Los dos esperan casarse en un futuro inmediato. No les llama la atención la posibilidad de adoptar bebés. “Somos conscientes de la enfermedad progresiva del planeta Tierra. No quisiéramos traer personas para vivir en las condiciones difíciles de los tiempos por venir”, dijo Rincón-Perfetti.

Cambiando menosprecios
Por Gustavo Álvarez Gardeazábal

Existe la tonta creencia de que todo homosexual aspira a que aprueben el matrimonio gay. En mi caso no es así y ello debería tener alguna significación, pues, como lo han dicho hace unos días en una tesis en la Universidad de California, fui el primer novelista en tratar abiertamente el tema gay en la literatura colombiana. Pero además llevo ya 50 años ejerciendo públicamente como homosexual, respetando a todos los demás que no lo son y haciéndome respetar en todas las ya muy diversas posiciones y oficios que he desempeñado en mi vida pública.

No soy partidario del matrimonio gay por la misma razón por la que me parece una actitud malsana hacer parte de alguna de esas asociaciones o movimientos que reivindican las actitudes sexuales diferentes a las comunes. Nunca he ido, ni siquiera a asomarme, a ver un desfile del orgullo gay y me revuelve las tripas ver los videos de esas carrozas de machos musculosos semidesnudos o de Drag Queens pintorreteadas implorando el reconocimiento ciudadano. Haber podido ejercer a plenitud la pasión por los hombres sin tener que buscar a los que más se parezcan a un mujer, disfrazándose de ellas, me ha permitido afirmar mi condición y poder tener compasión por quienes insisten en ser femeninas para poder ganarse el amor masculino.

No creo que la dignidad y el respeto que uno se merece por no tener los gustos sexuales de la mayoría se gane por medio de leyes y decretos. Quienes nos lo hemos ganado a pulso y no apelamos a normas excepcionales para seguir siendo felizmente lo que somos, probablemente terminaremos siendo una minoría dentro de las minorías.
 
Pero así y todo me sienta un dinosaurio en vías de extinción, no me plegaré a la protección de unas normas modernas que me conceden privilegios iguales a los de los heterosexuales por una razón elemental: soy distinto y no quiero recibir tratamiento especial por esa condición.

Batallé muchísimo, desde hace ya más de medio siglo, porque se me respetara mi gusto por los hombres y no se considerara ello como un impedimento, y más bien dije que don Jacinto Benavente, el Premio Nobel español, tenía razón cuando afirmaba que la loca más bruta llega a obispo. Fui más allá para significar y explicar el tesón que caracteriza a quienes tenemos gustos sexuales diferentes. Puse entonces el ejemplo del refranero popular colombiano donde se afirma, con toda razón, que nadie puede ver una loca varada. Siempre tienen algo en que trabajar, algo cómo defender su supervivencia en la vida.

Porque he visto que muchos como yo pudimos ser lo que somos sin claudicar ante la mayoría, me parece que venir a igualarnos con los demás, ofreciéndonos la figura legal del matrimonio, es cambiar un menosprecio por otro.
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