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Valeriano Lanchas canta con las vísceras

Valeriano Lanchas canta con las vísceras

Revista Jet-Set

Luego de una exitosa temporada en los teatros de Europa, el barítono colombiano regresa a Bogotá para formar parte del elenco de la Ópera de Colombia, que se presentará hasta el 27 de octubre. Lanchas interpretará el papel del conde Des Grieux en Manon, y el doctor Bartolo en Las bodas de Fígaro.
Mientras se aprende una ópera, Valeriano le pinta a las partituras un ají en las partes más difíciles, igual que hacen en la carta de los restaurantes cuando la comida está muy picante. Foto: Imagen Reina/12.
Por: 22/8/2012 00:00:00
El 16 de julio de 1976 se presentó La Traviata en el Teatro Colón de Bogotá. Ese día nació Valeriano Lanchas y su madre se perdió la función por estar en función de su hijo. Era la primera temporada, que a partir de 1982 se conocería como la Ópera de Colombia. Curiosamente, 36 años después, Lanchas interpreta al conde de Des Grieux en Manon, la obra de Jules Massenet, y al doctor Bartolo en Las bodas de Fígaro, de Mozart, en este mismo evento cultural que irá hasta el 27 de octubre.

Hace un año, en Madrid, España, recibió la llamada de su amiga Gloria Zea, quien le ofreció un papel en Manon y desde entonces empezó a preparar su interpretación. “Lo primero que hago es empaparme de la ópera de una manera muy lúdica y amorosa. Luego me siento con la partitura y pinto un ají en las partes que considero más difíciles, igual que lo hacen en la carta de los restaurantes cuando el plato es muy picante. Estudio frase por frase, la rítmica, la melodía, el texto y la dicción. Cuando ya me la sé perfectamente, ahí sí abro la boca”. Aún así dice que siempre llega al primer ensayo con la sensación de no estar preparado, “es como ir al primer día de colegio”.

A Valeriano lo inspira Bogotá. Vive cerca a los cerros en un apartamento con grandes ventanales, desde donde mira con nostalgia la Plaza de Toros La Santamaría, lugar que para él perdió la magia desde que el alcalde Petro la convirtió en “un salón de clases de literatura”. En la sala, donde casi nunca está porque se la pasa de viaje, hay un piano que sostiene una partitura de la banda sonora de Los Simpson. “La toco para desestresarme”, afirma, mientras mueve con rapidez sus popochos dedos entre las teclas blancas y negras. Le gusta caminar por las calles de La Macarena, donde pocos lo reconocen, o ir a almorzar al restaurante El Patio, su segundo hogar. “Yo no sé ni fritar un huevo”, bromea. Cuando está en temporada prefiere encerrarse y no tener mucho contacto con el mundo exterior. “En ese momento soy absolutamente hipersensible, cantar una ópera es una cosa visceral, sientes que te hierve la sangre y te vuelves más vulnerable. Me cuido mucho de no dar papaya, ni de ponerme en situaciones que me puedan hacer daño”.

Es un hombre de pocos y selectos amigos. Asegura que los ensayos de una temporada son como los realities de televisión que están tan de moda. “Los cantantes de ópera somos una manada de locos. Como en Protagonistas de novela, también tenemos el hipócrita, el decente, el intenso, etc. Yo todavía no sé muy bien cuál soy, lo único que puedo decir es que no soy ni el sapo ni el hijueputa”. Dice que en los ensayos de una temporada pasan cosas incluso peores de las que se ven en este tipo de programas; también hay peleas. “He tenido un par de encontrones fuertes con colegas. El más reciente fue en Barcelona con un tenor italiano, del que me reservo el nombre, porque mientras yo estaba cantando él no paraba de hablarme y me desconcentraba. Después entendí que esa es una costumbre que tienen ellos y no lo estaba haciendo para joderme”.

Es de la filosofía de “vive y deja vivir”, y “no le hagas a los otros lo que no quieres que te hagan”. “Así como en este medio hay gente que se alegra sinceramente con mis triunfos, hay otra envidiosa y resentida. Me han dicho: ‘Usted está ahí porque tuvo suerte’, y yo les respondo: ‘Suerte es encontrar todos los semáforos de la séptima en verde’. Mis logros son resultado de un trabajo duro, de cuidar mi nombre, de llegar puntual y preparado a mis interpretaciones. El prestigio lo construye uno mismo”, cuenta con esa voz ronqueta de fumador maduro con la que se gana la vida desde que era adolescente. “Empecé tan chiquito que no sé cómo no me comieron vivo”.
 
El pupilo de Plácido Domingo cumple dieciocho años de carrera artística y reconoce que hay que tener algo de ego para pararse en un escenario a cantar frente a dos mil personas. “Hay gente a la que le debo parecer atroz y otros a los que les debo parecer un pan de Dios. Simplemente he aprendido a comportarme honestamente y no complacer a todo el mundo, porque ahí es cuando te pierdes y te acabas. Hasta el momento no me han echado de ningún teatro ni me han vetado en ninguna producción”.

Confiesa que todavía le faltan muchas cosas por hacer: cantar en el Met de Nueva York y en el Covent Garden en Londres, algo que según él está muy cerca de lograr, y hacer un papel en la ópera Falstaff, de Giuseppe Verdi. “Espero retirarme a los setenta y pico años, esta carrera es de alto vuelo”.
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