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El senador Horacio Serpa apuesta su bigote

El senador Horacio Serpa apuesta su bigote

REVISTA JET-SET

El político del Partido Liberal está tan convencido de que Rafael Pardo va a ser el próximo alcalde de Bogotá, que prometió afeitarse el bigote si su candidato no gana las elecciones. Antes de perder una de sus características físicas más marcadas, le contó a Jet-set la historia de su mostacho.
Serpa está seguro de que esta escena de él afeitándose el bigote, solo quedará como muestra de su buen humor.
Por: 7/5/2015 00:00:00
Nadie lo recuerda sin bigote. Ni siquiera Rosita Moncada, su esposa, con quien este año va a celebrar su aniversario de bodas número 43. La bella barranquillera lo conoció en 1968, en la fiesta del Club Caudales de Barrancabermeja en la que ella sería nombrada capitana y él acudía como el recién elegido alcalde de la ciudad. Unas semanas antes Horacio Serpa Uribe, el joven mandatario de 25 años, se había arreglado su bigote escachalandrado para tomar posesión. Y sin saberlo fue una buena decisión. A Rosita, su mamá le había alertado de que el político era criticado por su frondoso mostacho. “La sorpresa fue agradable. No me parecieron tan terribles sus bigotes y además bailaba muy bien”, recuerda. Los dos coinciden en que el suyo fue amor a primera vista.

Para ese entonces la historia de Horacio y su particular bigote ya llevaba cinco años. Se lo dejó crecer cuando se fue a vivir a Barranquilla, donde hizo su carrera de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad del Atlántico. “Desde muy jovencito estaba obsesionado con que me saliera, porque era un rasgo que estaba unido a la hombría. En Santander éramos machistas en extremo y además mi papá, que tenía una disciplina espartana, no hablaba, y nunca se reía... tenía bigote”. Recuerda que cuando le empezaron a salir los primeros pelos, dijo: “Al fin llegó la hora”.

En la costa no era usual ver a los hombres sin afeitarse, y el estudiante importado de Barrancabermeja era uno de los pocos que se peinaban su incipiente bozo. Nadie se atrevió a ponerle apodos, ni siquiera sus compañeros del equipo de baloncesto porque a él, como buen santandereano, se le saltaba la chispa con facilidad y ellos preferían mantenerlo en paz.

Solo se lo ha quitado una vez en toda su vida. Tras recibir el título universitario, regresó a Santander a ejercer su carrera. Fue juez penal de San Vicente de Chucurí y más tarde, cuando era juez civil municipal de Barrancabermeja, lo llamaron para ocupar el cargo de investigador criminal en Bucaramanga. Era una muy buena oportunidad de ascender laboralmente y ya que empezaba una etapa diferente decidió cambiar de apariencia. Se rasuró el bigote y se presentó en la oficina que iba a dirigir. “Me recibió un señor como de 50 años. Se quedó mirándome y me preguntó: ‘¿Qué desea el joven?’”. Él no fue capaz de decirle que era su nuevo jefe. El secretario, el oficial mayor, el citador y hasta el portero eran mucho más viejos que Serpa, quien sin pelos en la cara se veía como un niñito. Al día siguiente dejó de afeitarse: “Entendí que era mejor lucir un buen mostacho, porque me ponía más edad y así me sentía más seguro”, recuerda.

Con la década del 70 llegó el amor, el matrimonio y la época en la que decidió llevar el pelo largo. Se dejó crecer las patillas, tanto que se unían con su “bigotón”. Había que estar a la moda y le gustaba la onda medio hippie de los Beatles, que era su banda favorita y la de Rosita. A ella, de sangre caribeña, también le encantaba la música de Pacho Galán y Lucho Bermúdez. También bailaban la que llegaba de Cuba, con la Sonora Matancera, interpretada entre muchos artistas por Bienvenido Granda, quien era llamado “El bigote que canta”.

Serpa era “El bigote que manda”. “Mi primera campaña presidencial (1997) la hice con el bigote grande y despelucado. Era muy difícil acomodarlo bien”, reconoce. Cuatro años después, cuando hizo su segundo intento por llegar a la Presidencia de la República, contrató un asesor quien tuvo la brillante idea de proponerle que se afeitara para darles una sorpresa a los electores. Ante la táctica de publicidad, el candidato alegó con su vibrato de caudillo liberal: “Primero renuncio. Yo no le jalo”.

Rosita, quien nunca ha sido partidaria de verlo sin su mostacho, durante años se encargó de acicalarlo y reducirle el prominente tamaño. “Se convirtió en una manera más de consentirme”. Pero hace un tiempo la encargada de evitar que el bigote le crezca tanto como para no dejarle ver su labio inferior, es otra mujer. La misma que les hace el manicure a la pareja de esposos. “Me costó trabajo dejarme, porque aunque no parezca, de puertas para adentro de la casa soy bastante godito”, bromea.

Cada vez que amenaza con afeitarse, toda su familia protesta. Sus hijos Horacio José, Sandra y Rosita prácticamente se lo tienen prohibido. Dice que en realidad no le pertenece, y menos ahora que sus nietos mayores, Sebastián y Nicolás, forman parte del club de admiradores de su abuelo bigotudo. “Cuando Sebastián, que tiene 9 años, me hizo el reclamo de que por qué había apostado el bigote, le respondí que vamos a trabajar para que Pardo llegue la Alcaldía”. Horacio José, su único hijo varón, le ha seguido los pasos en la política y hoy es concejal de Bogotá por el Partido Liberal. Dicen que se parece físicamente a su padre, a veces se deja crecer la barba pero en vacaciones. “Cuando se afeita deja para el final el bigote, y sé que lo hace para ver si se parece más a mí”.

Horacio ha admirado a varios bigotudos como él. “Como por ejemplo don Aquileo Parra, un hombre muy importante del radicalismo del siglo XIX, el único santandereano que ha sido presidente, quien pasó a la historia como el hombre de la luenga barba”. También se acuerda de Rafael Uribe Uribe, de quien recientemente recuperaron la mascarilla de yeso que le hicieron después de su muerte: “La vi en la oficina del director del Partido Liberal y lo primero en lo que me fijé fue en su bigote”, confiesa. A Dalí lo conoció antes que por sus obras artísticas, por su finísimo mostacho puntiagudo.

Finalmente, ahora que apostó, dice que es por una buena causa y está convencido de que Rafael Pardo es la mejor opción a la Alcaldía de la ciudad. “Después de todos los estropicios que han pasado en Bogotá, Pardo cae como anillo al dedo. Es un político muy bueno y responsable. Han dicho que es muy serio, como si eso fuera un defecto. Lo critican porque no se ríe, y creo que no hay muchas cosas para reírse en este país”, concluye Serpa, quien es capaz de reírse, pero de sí mismo.

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