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Tatiana Santo Domingo y Andrea Casiraghi boda bajo la nieve

Tatiana Santo Domingo y Andrea Casiraghi boda bajo la nieve

Revista Jet-Set

El matrimonio católico de la nieta de Julio Mario Santo Domingo y el hijo de Carolina de Mónaco fue un derroche de pieles, sedas y diamantes, ambientado por una nevada de cuento, en la glamurosa estación invernal de Gstaad, en los Alpes suizos.
La heredera colombiana, con su regio traje de Valentino, y su esposo, luego de los festejos en el complejo deportivo de Gstaad.
Por: Edición 27611/2/2014 00:00:00
Ya había caído la noche en el idílico paisaje alpino que rodea el convento de Rougemont, cerca de Gstaad, cuando la calma propia de la antiquísima abadía del siglo XI se vio estremecida por una incesante caravana de autos en los que arribaban cerca de 300 invitados ricamente vestidos. El tintineo de las alhajas y el taconear de los altos stilettos de las damas, envueltas en pieles de visón, nutria, astracán y marta cibelina, anunciaban que estaba por celebrarse allí el primer gran acontecimiento del jet set en 2014, tras una larga espera: el casamiento por el rito católico de la elegantísima Tatiana Santo Domingo Rechulski, heredera de la fortuna Santo Domingo, de origen colombiano, con Andrea Albert Pierre Casiraghi, sobrino del príncipe soberano de Mónaco, Alberto II, y segundo en la línea de sucesión al trono del pequeño estado mediterráneo.

La nieve caía sin tregua, para darle al espectáculo un aire mucho más fantasioso, tal como lo soñó la novia, quien pasó en Suiza los primeros años de su vida, luego de nacer en Nueva York en 1983. Poco a poco, los invitados se fueron acomodando en las bancas adornadas con jazmines de la capilla de San Nicolás de Myra, obra de los monjes de Cluny, transformada en una especie de ilusión de invierno, por la magia de las rosas, tuberosas, orquídeas y glicinias japonesas llevadas desde París, con que fue decorada para la ocasión. La luz tenue y cálida de 800 velas y grandes faroles, una iluminación creada especialmente para la boda, reflejaba los destellos enceguecedores de los diamantes, provenientes de los más prestigiosos joyeros. Cómo no, si se encontraban allí las herederas de los linajes más ricos del mundo: Grimaldi, Niarchos, Missoni, Windsor, von Thurn und Taxis, Niedzielski, Agnelli, Brandolini, Borromeo, D’Arenberg y Brillenburg, entre otros, volvían a coincidir bajo un mismo techo para otro de sus fastos.

La entrada del novio, muy guapo con su estricto frac, fue todo un espectáculo, gracias a que avanzaba del brazo de su madre, Carolina de Mónaco, hija de la inolvidable Grace Kelly y el príncipe Rainiero III. Reina del glamour desde siempre, la princesa anfitriona lucía espléndida, como siempre, en otro de sus acostumbrados modelos de Chanel, la emblemática casa de alta costura que esta vez la engalanó con un opulento abrigo de tweed en tonos crema y rosa. Tras ellos, llegaban también el soberano de Mónaco, Alberto II, sin su esposa Charlene, quien había participado en la celebración de la víspera pero voló al principado a los festejos de Santa Devota. Por la alfombra verde desfilaron también Carlota, Pierre y la princesita Alexandra de Hanover, hermanos del novio.

Instantes más tarde, al compás del Ave María de Schubert y el repique de las campanas, entraba la novia, como una aparición. Dejaba atrás el estilo hippie chic de su boda civil en el castillo de Mónaco, en agosto pasado, para convertirse en una especie de “zarina de las nieves”, según comentó la prensa del Viejo Mundo. Escoltada por su hermano Julio Mario Santo Domingo III, gallardo como su abuelo y vestido también de chaqué, la novia daba una vez más una muestra del allure que le mereció encabezar hace algunos años la prestigiosa lista de los mejor vestidos de Vanity Fair. Si para los votos en Mónaco escogió a Missoni, esta vez acudió a la casa de su gran amigo, el formidable Valentino Garavani, presente entre la concurrencia, que creó para ella un modelo acorde con su estatus de millonaria y miembro de la familia reinante más antigua de Europa. Los convidados, entre ellos varios miembros de la familia Santo Domingo, la vieron avanzar imponente, con una capa de cachemira forrada de mink y cuya capucha reemplazaba el tradicional velo de las novias, un detalle fiel al gusto cool de Tatiana. Bajo la bella prenda, lucía un vestido nupcial digno de Valentino, compuesto por un corpiño de encaje macramé y falda de generosos volantes de tul de seda marfil. Sus pajecitos y damitas, entre ellos su sobrino Andrés Santo Domingo y Alexandra de Hanover, vestían atuendos inspirados en la usanza de los Alpes, de la casa Dior. Ya en el altar, cuando se descubrió la cabeza, los asistentes se vieron impactados con el fulgor de las gemas de la tiara Fringe de Mónaco, obra de Cartier, que perteneció a la princesa Carlota, bisabuela de Andrea. Hacía años que la prenda no se veía en las sienes de ninguna mujer de la casa Grimaldi.

La ceremonia, en francés, tuvo su punto más emocionante cuando brotaron las lágrimas de la novia y su suegra al momento de los votos y duró algo más de media hora. Luego, los Grimaldi dieron una suntuosa recepción en el complejo deportivo de Gstaad, protegido por sombrillas oscuras para mantenerlo a salvo de los curiosos. Reinaban dos ambientes: uno muy alpino, como extraído de las leyendas de las hadas y los parajes boreales, y otro con palmeras reales, en remembranza de los orígenes tropicales de la familia de Tatiana y acordes con la pasión de los esposos por las playas. La fiesta, que arrancó con un imponente show de juegos artificiales, fue amenizada por el salsero Yuri Buenaventura, un conjunto brasileño y Julio Mario Santo Domingo III, quien es un DJ muy afamado en Nueva York. Para asegurar que las asistentes danzaran sin cansarse toda la noche, los novios, en persona, les regalaron unas cómodas bailarinas de Christian Louboutin, el zapatero más cotizado del mundo, quien también se hallaba presente. Y así fue, pues el goce duró hasta bien entrado el día siguiente.

Fue el remate de una celebración que había empezado días antes, cuando el joven jet set se tomara el exclusivo Gstaad, como años atrás lo hicieran los príncipes de Gales, los reyes de España, el sha de Persia y estrellas de la talla de Liz Taylor. La noche que antecedió la boda, Tatiana y Andrea habían invitado a sus amigos a una fondue party en el restaurante Berghaus Eggli, en cuyas terrazas e interiores reinó un ambiente distendido, con bebidas calientes y mantas, que evocaba los años 60. Días antes, también, los Casiraghi habían bautizado a su primogénito, Sacha, en la iglesia de Saint Joseph, en una ceremonia estrictamente familiar, como lo fue la boda. Desde tempranas horas, los carabineros de Mónaco acordonaron los lugares de los festejos para alejar a la prensa, y las ventanas de muchos de los autos de los invitados estaban cubiertas con black outs, lo mismo que el lugar de la fiesta nupcial, de la que solo se conocieron detalles gracias a la indiscreción de ciertas invitadas que publicaron fotos en las redes sociales y la perseverancia de los paparazzi que no se dieron por vencidos.
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