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Steve Jobs: genio perverso

Steve Jobs: genio perverso

Revista Jet-Set

La primera novia del fundador de Apple lo describe en su nuevo libro como mitómano, misógino, déspota y traumatizado por el confuso episodio de su adopción.
Jobs en 2007, cuatro años antes de su muerte. Creía que iba a fallecer joven y le gustaba poner en ridículo a sus empleados de Apple, recuerda su primera novia. Foto: AFP
Por: Edición 2716/11/2013 00:00:00
Chrisann Brennan y Jobs se conocieron en 1972 en el colegio donde estudiaban en Cupertino (California) e iniciaron un noviazgo en el que se peleaban y reconciliaban a cada rato. Aun así, se fueron a vivir juntos en una casa cerca del garaje en que Steve había fundado Apple, en 1976, la empresa cuya revolución tecnológica transformaría al mundo con los años. Ya en esos días, cuenta Brennan, Jobs daba muestras de sus modos de niño malcriado y cruel con los sentimientos ajenos. Para comenzar, le impuso a su enamorada que su amigo y empleado de Apple, Daniel Kottke, viviera con ellos. Otra condición fue que dormirían en cuartos separados, lo cual hirió a Chrisann, pero ella se hizo a la idea de que él quería que cada uno tuviera su espacio. Ella escogió la habitación principal, mientras que él se quedó con la que daba hacia el frente de la casa, manera simbólica de declarar que era el “capitán del barco”. Pero cuando notó que el cuarto de ella era más cómodo, la sacó de allí de una forma que ella describe como “humillante” en su nueva biografía del empresario, The Bite in the Apple. A Memoir of My Life with Steve Jobs.

Este y otros gestos de Jobs eran para Brennan la expresión del “remolino emocional” de un hombre herido en su niñez por episodios a simple vista triviales. A menudo, cuenta su primera mujer, Steve rememoraba el dolor que le produjo el saber que Papá Noel no existía. “Me molestó mucho saber que mis padres me habían mentido”, decía. Otro momento infortunado acaeció cuando su madre adoptiva, Clara, llevó a su hermana Patty dentro de su casa y lo dejó a él solo en los columpios. Ello “produjo una total confusión en la psique de un niño que ya una vez se había sentido abandonado por sus padres”, escribe Chrisann, refiriéndose al lío de su adopción, para ella la experiencia más traumática del fallecido visionario. Como se recuerda, luego de darlo en adopción, su madre biológica cambió de parecer acerca de la idoneidad de su nueva familia. Entonces, mientras se decidía el caso, el pequeño Steve quedó en una especie de limbo por varios meses.

Brennan, quien es hoy pintora y diseñadora gráfica, explica que ante ese vacío emocional, Jobs buscó consuelo en el misticismo oriental. Pero tanta relajación y meditación no le sirvieron para disipar su carácter gélido; en cambio, cada vez más se tornó en un ser “positivamente déspota”, un “desadaptado brillante”.

La radicalización de esta compleja psicología se dio luego de un viaje a la India del cual Jobs regresó, además de cubierto de chinches y lleno de parásitos, convertido en un “chamán aturdido y lunático” y en un acosador sexista, muy hostil con el género femenino. Sostenía, por ejemplo, que si las mujeres fueran buenas, no sentirían dolor en el parto.

En sus memorias, Chrisann reconoce que su vida sexual con Jobs era muy apasionada, pero que ciertas de sus excentricidades místicas eran ingratas. Él se volvió practicante del sexo tántrico en aras de guardar la energía del orgasmo para su trabajo y una vez le propuso que lo practicaran en el jardín, a lo cual ella se negó. En otra ocasión, le pidió que se desnudara en la terraza de la casa de los padres de él para que él pudiera bañarla con jabón de menta y luego enjuagarla con una manguera.

El libro describe las experiencias de la pareja con drogas como el LSD, la tendencia de Steve Jobs a maltratar a sus empleados de Apple y a contar anécdotas de su pasado que no eran ciertas sino que provenían de las vidas de sus amigos. También sale a la luz la pesadilla en que él se convertía para los meseros de los restaurantes, a quienes, de manera grosera, pretendía enseñarles lo que era el buen servicio y les espetaba que solo debían estar ante su presencia cuando él los necesitara.

En 1977, la relación de Steve y Chrisann terminó amargamente. Ella relata que cuando le reveló que estaba embarazada de su hija Lisa él le dio una fiera mirada y salió de la casa sin decir nada. Por años, se negó a reconocer que la niña era suya, incluso cuando en 1979 una prueba demostró que sí lo era. “El 28% de la población masculina de Estados Unidos puede ser el padre”, le aseguró el ya famoso Jobs a la revista Time en 1983. Para ese momento, un tribunal le había ordenado pagar 500 dólares mensuales de manutención a su hija. Años después, los abogados de él le contaron a Chrisann que cuando un juzgado tomó esa decisión, él salió a festejar con sus amigos porque era mucho menos de lo que esperaba desembolsar.

Para la fecha de su muerte de cáncer de páncreas en 2011, en pleno auge de los computadores, tabletas y teléfonos inteligentes que él había impulsado y que hoy mueven al planeta, Jobs ya tenía una buena relación con Lisa, a quien le pagó sus estudios en la Universidad de Harvard y hoy es periodista.
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