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Soberanas y  felices

Soberanas y felices

Revista Jet-set

No todo el mundo cree que el matrimonio es el estado ideal. Estas son algunas mujeres que encontraron la felicidad en la plenitud de su independencia y no se cambian por nadie.
Antonina Canal, Isabella Santo Domingo y Sandra Bessudo.
Por: Edición 2961/12/2014 00:00:00
Antonina Canal Dávila
“Un divorcio es un cambio, no un drama”

“La gente puede casarse 5 o 6 veces. La vida no es estática… Separarse es mucho mejor que seguir viviendo en un ambiente hostil”, dice la bailarina Antonina, quien ha tenido dos rupturas importantes en su vida. La primera fue hace tiempo con el actor Marcelo Dos Santos con quien convivió un año. Esa relación no funcionó pero le dejó muchas enseñanzas como que cuando uno termina con una pareja hay que bendecir a esa persona y desearle lo mejor.

La segunda separación fue con Steve Paul, el padre de su hijo, Aswan. El saxofonista británico jamaiquino llegó a islas del Rosario para presentarse en un concierto de jazz. Ella, que lo había visto tocar en Nueva York, se acercó y le preguntó qué lo traía por estas tierras y él le respondió que venía en busca de una esposa colombiana. Dos años después se casaron. Este amor duró hasta que Steve murió de un cáncer en los riñones. Aswan no cumplía un año aún. “Mi amor, te tienes que morir… esto hay que evolucionarlo”. Decirle esa frase a una persona que se encuentra en el lecho de muerte puede parecer un sacrilegio para los occi-

dentales, pero para ella, seguidora de la cultura tibetana, la muerte es un acto natural.“Todos venimos a morir y debemos prepararnos para ello. El cuerpo es transitorio; el espíritu, eterno”.

Ella vivió un luto muy diferente: se vistió de color, se dedicó de lleno a su hijo y se reenamoró de la danza. Bailaba ocho horas diarias, lo que le hizo perder 30 kilos que ganó con el embarazo. Con el baile reactivó sus centros energéticos: “Más que una práctica sensual, significa una danza espiritual. Es como darse un baño refrescante”.

Su maestro, el gurú indio Patthabi Jois, le indicó cuál sería su misión en la vida: “Llevar la energía del Sahara y los Himalayas a los Andes”. Guiada por este objetivo y sumado a las peticiones de algunos de sus alumnos –quienes agotados de los ritos católicos le piden que los case, que sea su sacerdotisa–, se preparó y se lanzó a esta tradición de origen griego denominada “contrato de almas”. Son ya 12 las parejas casadas por este acto, y próximamente celebrará una boda en el Country Club de Bogotá.

Además está escribiendo un libro que titulará El despertar de la diosa. Lo hace para reinventarse tras el divorcio y las separaciones que ha tenido en la vida.

Ahora tiene una relación sentimental con Carlos Valenzuela. “Él es el mejor diseñador de Colombia y el arquetipo de hombre que desarrolla mi parte sensible”.

Aswan tiene cuatro años y medio, y cuando le preguntan por su papá, él contesta: “Mi papá se murió. Estamos buscando otro”. Al final de esta entrevista, Antonina recibió la llamada de la profesora de Aswan para informarle que el pequeño le acababa de contar que ya había conseguido papá y que este tiene un “peinado calvo”, el gran distintivo de Valenzuela.

Isabella Santo Domingo
“Me gusta la vida vertiginosa”

Se separó hace 17 años del productor musical Bernardo Ossa, el papá de su hija Daniela, y desde entonces ha intentado casarse en varias ocasiones pero al final se arrepiente. Apenas siente que algo la aprisiona sale huyendo como Julia Roberts, en la película Novia fugitiva. “Ya tengo clarísimo que a los cuarenta y pico no me quiero casar, si lo hago será después de los 50. Y si me preguntan en 10 años les diré que los 60. Simplemente, en algún momento pasará y ustedes ni siquiera se darán cuenta”.

Isabella tiene un espíritu libre que no está dispuesta a sacrificar por nada del mundo. “Mi forma de ver la vida es vertiginosa. Hoy dirijo una revista y mañana protagonizo una película. Respeto mucho a la gente que encuentra confort en una vida en pareja, pero a mí particularmente eso me castra, no me deja volar. Tener que negociar me asfixia, me empiezo a poner morada y todo”.

Disfruta su soledad y el poder llegar a su casa en Miami cualquier día con un grupo de amigos y tomarse unos vinos, sin tener al lado a un hombre en pantuflas que le esté diciendo que le baje el volumen a la música porque está muy duro o que se ponga celoso porque la miran. Para ella la tranquilidad es más importante que una relación que no funcione a su medida. A muchos les causa curiosidad su forma de pensar y otros la tildan de arrogante. “En un momento pensé que tenía un problema psicológico, porque veo a mis amigas felices organizando su boda y eso no me emociona; mi idea de la vida es muy distinta”. Reconoce que su independencia intimida a los hombres.

En su stand up comedy, Los caballeros las prefieren brutas, del que ha hecho 14 funciones en Estados Unidos con lleno total, hace una reflexión crítica y divertida sobre la guerra de los sexos, el sentido del matrimonio y el machismo. “Ese cuento del príncipe azul nunca me lo comí. Siempre he creído que somos dos mundos completicos, llenos de defectos y cualidades, que en algo se complementan”. Dice que jamás podría estar con un hombre sin sentido del humor y que cuando se enamora es buena novia. Y es que detrás de la mala de las telenovelas se esconde una mujer dulce, que le gusta que la consientan pero también que respeten sus espacios y sus silencios.

Sandra Bessudo
“Quiero vestirme de novia pero no casarme”

La creadora de la Fundación Malpelo se casó a los 19 años siguiendo la tradición de sus padres quienes contrajeron matrimonio a la misma edad. Jean Claude Bessudo, preocupado por la decisión de su hija de ir al altar tan joven, le propuso que le hacía la fiesta pero que desistiera de casarse. Sandra hizo oídos sordos a su propuesta y finalmente dio el ‘sí’. Como ya le habían advertido, la relación no funcionó y a los diez meses se separó. “Esto implicaba afrontar la presión social, el qué van a decir, cómo me van a ver. En ese momento pensé que se me acababa la vida y que no me iba a volver a casar”. A propósito, Jean Claude bromea: “Me demoré más pagando las cuotas del matrimonio que lo que duró”.

Luego Sandra viajó a la Polinesia, donde conoció al francés Yves Lefèvre, el padre de su hijo, Suani. Al comienzo ella no le paró muchas bolas y regresó a Colombia. La cosa pasó así hasta que un día la llamó el gerente de Avianca y le dijo: “Tengo al señor Lefèvre en un avión que va para Bogotá y quiere que usted lo recoja en el aeropuerto”. La visitó durante dos días y, como un príncipe, le manifestó a Jean Claude el interés por Sandra y por participar en sus negocios. La relación con Yves duró siete años; al final aquello que los unió, los separó. Ella tenía su futuro fincado en la Fundación Malpelo en Colombia y él ejecutaba proyectos laborales en la Polinesia. Ahora son grandes amigos y Suani se mantiene en constante comunicación con su padre.

Para Sandra vinieron otros amores pero también otras decepciones. Se había fijado tres cosas claras para conseguir pareja: la primera, que no fuera menor de 40 años. La segunda, que no quisiera hijos. Y la tercera, que viviera en Colombia. Sin embargo las cosas no se dieron como ella planeaba. Un buen día sus amigos le insistieron en ir a un bar de tapas llamado Demente, ubicado en la Plaza de la Santísima Trinidad en Cartagena. Al llegar se acercó a Nicolás Wiesner y le preguntó: “¿Tú eres el dueño?”. Él le respondió que sí. La segunda pregunta fue: “¿Cuántos años tienes?”. Y él le contestó: “37”. A pesar de que él no cumplía con el requisito de la edad se ennoviaron hace año y medio. Aún no han pensado en casarse, pues Sandra dice que ese tema ya está chuleado. Aunque ella tiene en mente un vestido de novia que le gustaría lucir.

Rosaura Rodríguez
“Prefiero el estado libre asociado”

Rosaura creció en un hogar tradicional de Cartagena donde le enseñaron que el deber de las mujeres era complacer al marido y criar a los hijos: “‘No te pongas así’, me decía mi mamá cuando yo me quejaba de que mi novio se hubiera ido de juerga la noche anterior y hasta me había puesto los cuernos. ‘Él es hombre y tiene necesidades que satisfacer. Para eso están las otras mujeres. Contigo no lo puede hacer porque eres decente. Él te ve a ti como la mujer con quien se va a casar, como la madre de sus hijos’”. Por eso cuando se separó hace 22 años de su exmarido, una de las cosas más difíciles fue contarle a su mamá. “Para ella mi divorcio se había convertido en algo de lo que nadie se debería enterar por su boca. Al final logré convencerla de que lo único que necesitaba era su comprensión para seguir adelante y empezar de nuevo”. Como catarsis, escribió la experiencia de su rompimiento en el libro Bienvenidas al club que se convirtió en la biblia de las mujeres que atraviesan por esta incómoda situación y que tiene récord de ventas.

Después Rosaura entendió que no quería volver a casarse ni tener hijos. “Eso no va conmigo. Además el matrimonio es como la minifalda, tiene su edad. A la mía ya no quiero jugar a la casita ni formar una familia”.

Está ennoviada, y con su pareja acordaron que cada uno viviría en su propio apartamento. La ex virreina Nacional de Belleza define su relación como “un estado libre asociado”. “Es delicioso porque mantengo mi independencia y disfruto estar con alguien que entiende mi necesidad de soledad”, algo muy importante en su rol de escritora. Hace poco lanzó su tercera novela, En un beso la vida, una historia de amor kármica entre una periodista de viajes y un exitoso ejecutivo de un organismo internacional. Además está escribiendo su séptimo ensayo sobre la culpa femenina, un mal que, según ella, aqueja a esta generación.

Muchos encasillan a Rosaura como feminista, aunque ella aclara que es antimachista; algo muy distinto. “Desgraciadamente para muchas mujeres un hombre o una relación es lo que las define y eso es un error”. Sabe que su independencia intimida al género masculino. “A los hombres las mujeres inteligentes les gustan solo como amantes o como amigas, pues les cuesta tener una en casa que los haga pensar”.

Alexandra Kling
“Soy una potranca indómita”

Esta politóloga graduada en Administración Pública en la Universidad de Harvard se crio en una familia de origen alemán en la que se le inculcó disciplina, perseverancia e independencia. Y aunque las separaciones le han dado durísimo, se declara una de las divorciadas más felices.

Tiene claro que uno puede hacer sus cosas sin depender de nadie, de ahí la razón por la cual se declara indómita. Cuando le hablan de matrimonio se imagina escenas ficticias como, por ejemplo, un fin de semana en casa de sus suegros tomando ajiaco y aguantándose al perrito que la quiere lamer. Obviamente este es un rol que no le gustaría asumir pero que algunas de sus amigas lo tienen que aguantar. Aunque también afirma que uno no debe decir: “De esta agua no beberé”.

Si le llegase un amor le dará la bienvenida. Pero prefiere dormir sola porque así maneja el control de la televisión, y si en las noches se desvela, enciende la luz a las 3:00 de la mañana, y lee, sin preocuparse por molestar a nadie. Así, tampoco se incomoda con ronquidos.

Se casó por primera vez en 1990 a los 26 años con Diego Betancur, el hijo del expresidente Belisario Betancur, quien trabajaba en Naciones Unidas con el embajador Enrique Peñalosa Camargo. “Fue como un noviazgo largo”, dice. Duró tres años, no hubo hijos pero sí quedó una gran amistad con él y con sus padres.

Cuando se divorció se fue a hacer su máster en Harvard y al poco tiempo de regresar a Colombia se casó con el entonces canciller Guillermo Fernández de Soto. Tuvieron un hijo, Juan, a quien considera el regalo de su vida. Pero a los tres años de matrimonio se separaron.

Por el momento ha decidido que no le interesa casarse y cierra la historia de sus matrimonios con un: “Tapo remacho y no juego más”. Las dos separaciones le dieron muy duro: “Uno llora y se pregunta qué puede ser lo que pasó, pero la vida sigue y simplemente se lleva la enseñanza de haber aprendido”.

Alexandra admira a las mujeres que pueden terminar una relación, e inmediatamente se enganchan en otra. Pero en este momento, lo que más le interesa es sacar a su hijo adelante y quisiera que él siga el ejemplo de su padre y abuelos, que han sido personas de bien con rectitud y honestidad .

Katya González
“Si él no baila, bailo sola”

Esta arquitecta barranquillera, prima de Shakira y cuñada de Sofía Vergara, es emprendedora, trabajadora, viuda y divorciada con dos hijos. Ha tenido dos rupturas sentimentales en su vida que coincidieron con el dolor de la pérdida de sus padres. El primero murió casi simultáneamente con su padre; y cuando se divorció del segundo, murió su mamá. Por fortuna sus hijos estaban muy pequeños y no sufrieron traumas. Hoy Katya Andrea Warner, su hija mayor, tiene 32 años y es una reconocida empresaria que se ganó el Premio Impulsa con su firma de productos orgánicos para bebé. El menor, Matías, del segundo matrimonio, tiene 18 y está cursando universidad en el exterior.

Cuando su primer marido George Warner murió, Katya no pensaba en volverse a casar. Su profesión le impedía afianzar relaciones porque tenía que viajar continuamente entre Barranquilla y Londres. El poco tiempo que le quedaba libre lo ocupaba entre la crianza de su hija y las responsabilidades que conlleva ser la mayor de cinco hermanos.

Después de 16 años de viudez se casó con Juan Troconis, el papá de Matías. Sus viajes de trabajo enfriaron tanto la relación que optó por terminar. “Cuando uno se separa siente que ha fallado y se pregunta qué hizo mal. Queda un sabor a fracaso”. Katya cuenta que al comienzo la relación con su ex no fue muy buena, pero una vez él consiguió novia, todo mejoró.

Después del divorcio, ganó el Premio Nacional de Arquitectura, por su proyecto de restauración de la aduana de Barranquilla. Gustavo Bell, en ese entonces gobernador del Atlántico, la nombró directora de Patrimonio Nacional. Esa fue una de las experiencias más enriquecedoras en su vida, ya que siempre se había desempeñado en el sector privado.

Hace ocho meses se ennovió con Enrique Fajardo, un cachaco buena gente que pasó la prueba de baile. “Él es muy tierno, muy pechichón”. Cuando le preguntan si hay indicios de matrimonio, ella prefiere guiarse por los consejos de su confidente Mercedes Barcha, esposa de Gabo, quien desde México le ha pedido fotos de su novio y le dice: “¡No han peleado, ¿no?, pero por favor no te vayas a casar!”.

María Elvira Samper
“La convivencia vade retro”

Que una divorciada diga que su exmarido es el mejor del mundo es una quimera, pero para María Elvira Samper es una realidad. Ella, reconocida periodista, columnista y presentadora en importantes medios del país, decidió un día que en esa “jaula de oro”, como califica al matrimonio, no se quedaba.

Cuando se divorció de José Gabriel Ortiz, en la audiencia de conciliación los vieron tan amigos, que se atrevieron a sugerirles que lo pensaran. Sin embargo, lo hicieron de común acuerdo porque eran conscientes de que no podían convivir.

Su hijo Andrés tenía tan solo 3 años, la edad propicia para que las parejas mal divorciadas produzcan un niño chantajista. Sin embargo, ellos lo supieron manejar con inteligencia y él nunca encontró ambiente para desafiar a sus padres. Solo una vez, cuando Andrés tenía 10 años, le dio porque estaba aburrido de vivir con su mamá y que se quería mudar con su papá. Pero la pataleta le duró como 20 minutos: María Elvira le dijo: “¡Perfecto!”, y llamó a José Gabriel para decirle que lo recogiera. En ese lapso, el niño nervioso daba vueltas por la casa y, de repente, le dijo a María Elvira: “¿Sabes?, ya lo pensé bien… Mejor me quedo a vivir contigo”.

María Elvira y José Gabriel estuvieron 14 años juntos: 7 de noviazgo y 7 de casados. Enamorados desde el colegio, se casaron de 25 años. “Eso estaba condenado al fracaso”, dice ella. Cuenta también que lo único que tenían para repartir era pobreza, por eso sin pensarlo dos veces, salió con tres cajas de cartón amarradas con una pita. No sabía ni siquiera adónde iba a vivir porque no tenía nada. Así se fue a Milán un mes con su familia y guardó las cajas donde su hermana, mientras viajaba. Cuando volvió se dio cuenta de que le habían robado las joyas, no tenía dónde vivir y para colmo, se había quedado sin trabajo.

Por fortuna unos días después se enganchó en Semana y retomó las riendas del periodismo.

Del matrimonio solo le quedaron unas chispitas del anillo de la mamá de José Gabriel, que él mandó a adaptar para su boda. Un día, la joyera la llamó para preguntarle qué debía hacer con los brillantes que sobraron. Entonces, diseñaron otro anillo, que fue el que José Gabriel le dio en una de sus navidades, después del divorcio.

“Convivir con alguien, vade retro”, asegura. Defiende esa posición, tal vez porque desde pequeña quedó huérfana de padre y, a su corta edad, tuvo que asumir funciones de mamá con sus hermanos menores. Además, fue educada de una manera tan conservadora, que se forjó con una personalidad independiente. Y eso se refleja hasta en su manera de dormir porque le gusta hacerlo sola a sus anchas. “Y acompañada, de vez en cuando, también es una delicia”, porque está convencida de que el mejor estado es el de “marinovios”. Tiene una pareja con la que se comprenden muy bien. Cada uno vive en su respectivo hogar y los fines de semana los pasan juntos.

Daissy Cañón
“Soy Daissy de nadie”

“Las mujeres divorciadas son de segunda categoría…”, le dijo su madre cuando Daissy se separó después de 15 años de matrimonio. Era una novedad en su familia donde ni sus tías, ni sus hermanos, habían tomado esa decisión. Pero en esta ocasión, la determinación fue irrevocable y de común acuerdo con su exmarido, Francisco Reyes, con quien aún conserva una linda amistad.

Para entonces, Daissy ya era una periodista reconocida por su labor en los medios de comunicación. Sus hijos, Daniel y Juan Carlos, tenían 12 y 7 años, y ella, quien nunca pudo ser la típica ama de casa, se dedicó a hacer lo que sabe y le gusta: reportería de la buena.

Más tarde conoció a Carlos Chaves, su segundo esposo, con quien tuvo una relación de camaradería, estable y feliz, pero 15 años después se divorció de manera sorpresiva: “Fue como si se te explotara una bomba en la cara”, dice para explicar que esta separación a los 52 años le dio muy duro: “Te sacan de tu apartamento, te quitan el carro y, como si fuera poco, te botan del trabajo. Me adelgacé, me puse muy bonita, pero no tenía conciencia para asimilarlo”, afirma hoy, ya recuperada de semejante impasse.

Ahora que está en paz y reconciliada con su pasado puede reírse de cómo era su vida, y como es buena narradora cuenta que desde que se casó por primera vez se acostumbró a cambiar las cédulas y firmar con el apellido de su esposo. Ella firmaba “Daissy Cañón de Reyes”. Y así quedaron además, su diploma de universidad y sus cuentas bancarias. Dos años después de haberse casado con Carlos, se encontraba firmando un cheque, cuando él se acercó y le dijo: “¿Daissy Cañón de qué…?”. Obviamente, al otro día ella cambió su cédula, pero esta vez con su propio nombre: “Daissy Cañón… ¡De nadie!”.

Ella es partidaria de que las mujeres logren sus cosas por sí mismas. Es necesario que nuestro género construya su propio mundo. Les recomienda no separarse porque haya otra persona. Al final esas relaciones no funcionan. Ella se vanagloria de haber construido su mundo como quiere.

Tiene un nuevo amor que es bálsamo para su corazón. Él le ayudó a recuperar la autoestima y después de cuatro años de una relación a distancia, dice que es muy feliz. Su nuera ya la apodó “el Ave Fénix” porque resurge de las cenizas. Ella diariamente le da gracias a Dios por permitirle vivir lo que ha vivido.

María Mercedes Cuéllar
“Soy independiente, hago lo que quiero”.

En 1998 María Mercedes le dijo adiós a 30 años de amistad y 26 de matrimonio con Manuel Martínez Rabat. La entonces precandidata a la Presidencia por el Partido Liberal asumió la responsabilidad de sus tres hijas: Mariana, quien en ese momento tenía 21 años; Juliana, 17, y Cristina, 10. “Vivir bien después de un divorcio es cuestión de actitud, nunca he sido del estilo de compadecerme y llorar”. La aspiración política que tenía en esa época la exdirectora de Planeación Nacional y exministra de Desarrollo fue una de las razones por las que su matrimonio se terminó. “Trabajar y estar casada fue muy difícil porque siempre he sido una mujer de retos profesionales. Eso generó una competencia y así era muy complicado que las cosas acabaran bien”. De la seguridad en sí misma nunca ha tenido dudas. Desde niña aprendió que tenía que hacerse cargo de su vida. Su mamá, María Mercedes López Michelsen, enviudó a los 30 años de su padre, Luis Cuéllar Calderón, quien falleció en un accidente. También se quedó sola con tres hijos. “Así aprendí a ser independiente y a hacer lo que me gusta. Si uno no está contento consigo mismo termina amargándole la existencia a los demás”.

Su profesión de economista la ha hecho feliz. Durante ocho años fue presidenta del Instituto Colombiano de Ahorro y Vivienda, y desde 2006 ocupa ese mismo cargo en Asobancaria. Hasta hace un mes vivía acompañada de Nehrú, el gato que había heredado de su hija menor, pero Cristina se lo llevó a vivir a Washington. Lo extraña, pero tampoco le hace mucha falta. “La soledad me da la libertad de levantarme el sábado al medio día después de una semana de mucho trabajo o de irme de las fiestas cuando quiero y no cuando el otro se sintió aburrido”. María Mercedes prefiere parrandear con amigos, tertuliar, oír rancheras y vallenatos, más que bailar. A la recién elegida presidenta de la Federación Latinoamericana de Bancos le complace conservar su libertad.

Florence Thomas

“Los hombres son niños que no terminan de crecer”

Llegó a nuestro país detrás del psicólogo colombiano Manuel Morales, su exesposo. Estaba enamorada y sentía mariposas en el estómago. Florence tiene la teoría de que las mujeres esperamos de los hombres todo lo que ellos no nos pueden dar, y como el amor no es eterno, cuando se acaba, lo mejor es separarse. Conoció a su esposo en París cuando él estudiaba psicología; se casaron por lo católico y tuvieron un matrimonio perfecto en el que ella era ama de casa, esposa y madre. Diez años después se separaron de manera civilizada, sin peleas, sin gritos, sin traumas. De su matrimonio quedaron dos hijos: Nicolás y Patrick, quienes entendieron sin problemas el asunto del divorcio. Pero para ella no fue fácil sacar adelante dos niños chiquitos con sueldo de docente, sola y sin familia en Colombia. Afortunadamente ya se había vinculado con el Grupo Mujer y Sociedad, una especie de hermandad de mujeres que se apoyan unas a otras y que ahora Florence lidera con reconocimientos importantes, como la nominación este año al premio Tributo Semana-Royal Salute.

Tuvo una época de Goce Pagano, donde pasó varias noches disfrutando su nuevo estado civil. Estaba joven y conoció hombres interesantes, poetas, escritores, músicos, amores imposibles y posibles como el DJ del lugar, quien le despertó su espíritu salsero. Así entendió la rumba colombiana y parte del Macondo que es este país. “Después del divorcio, los hombres estuvieron en mi cama pero nunca más en mi armario”, dice. Salía a comer, a bailar, a lo que fuera, pero tenía claro que jamás se casaría de nuevo. Su aparente rechazo a los hombres no radica en el género. Su lucha y su mirada crítica van hacia el machismo porque piensa que “ellos son como niños que no terminan de crecer”. Pero no es verdad, como creen algunos, que sea una femenista solitaria. Según ella, en Colombia es difícil, para las mujeres mayores de 50, encontrar relaciones que trasciendan la amistad. De hecho, tiene muchos amigos que la llevan hasta la puerta de la casa pero no suben. “En Europa es diferente. Ahí los hombres aprecian a las mujeres con discurso inteligente y a los 60, seduces”. Lo dice porque tuvo una relación con un francés que vive en Berlín, una situación difícil de encontrar en Colombia. Concluye su discurso definiéndose como una separada feliz. “De pronto no sé vivir bien con los hombres, pero sí separarme”.
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