Revista Jet-Set

Sir Michael Caine un joven de 80 años

Su gran carrera, su bella esposa e ignorar el espejo son los secretos del actor británico, famoso por su papel del mayordomo de Batman, para subirse como un roble al octavo piso.

Sir Michael Caine un joven de 80 años. Su verdadero nombre es Maurice Joseph Micklewhite y nació el 14 de marzo de 1933 en un barrio obrero del sur de Londres. Antes de ser actor combatió en la Guerra de Corea, vendió papas fritas en las calles de París y fue mensajero. Foto: AFP

Su verdadero nombre es Maurice Joseph Micklewhite y nació el 14 de marzo de 1933 en un barrio obrero del sur de Londres. Antes de ser actor combatió en la Guerra de Corea, vendió papas fritas en las calles de París y fue mensajero. Foto: AFP

“No me siento muy viejo, pero nunca me miro al espejo, de modo que siempre creo que tengo 38 años”. Este es uno de los secretos que Caine invoca para llegar a los 80 tan bien conservado, luego de la que califica como una vida muy afortunada. “Toco madera todos los días. Cada década ha sido grandiosa para mí”, dice este inglés de pura cepa que ha sido nominado al Oscar en cada uno de los seis decenios que ha durado su carrera en el cine. En su patria es considerado una institución, mientras que en Hollywood es reverenciado por los mejores directores, tras actuar en más de cien filmes.

De todas formas, ha tenido momentos duros, como su infancia pobre en el sur de Londres, que no le avergüenza. Hijo de una aseadora de casas y de un vigilante del popular mercado de pescados Billingsgate, le contó por estos días a The Telegraph que si algún recuerdo negro guarda es la evacuación de la ciudad al campo durante el Blitz, la época terrible de los bombardeos sobre la ciudad por parte de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. La familia que lo acogió, continúa, lo encerró en un armario todo un fin de semana, lo cual hizo de él un maniático del control y desconfiado. Al fin de la contienda, su familia fue hospedada por el gobierno en una casa prefabricada, que era como un palacio frente al estrecho apartamento donde vivían antes y que se fue con las bombas.

De las barriadas obreras londinenses, heredó el característico acento Cockney, que amenazó su carrera. “Tú no puedes ser actor, tú no hablas posh (‘elegante’)”, le decían, y él contestaba: “Les voy a mostrar cómo ser un actor sin hablar posh. Y lo hice”, declaró en The Telegraph. En aquel 1953 acababa de regresar de la Guerra de Corea y poco a poco se fue ganando con su prodigioso talento a los directores de teatro bajo el seudónimo de Michael Scott, que luego cambió por Michael Caine, apellido tomado de The Caine Mutiny, cinta que presentaba el cinema Odeón de Londres en 1954. Dejaba atrás a Maurice Joseph Micklewhite, su verdadero nombre, y dos años más tarde ya estaba en el cine. Pero ni siquiera su primer éxito, Zulú, en 1964, lo liberó de que siguieran sacándole en cara su origen. “Sé que no lo eres, pero te ves como un maricón en la pantalla”, le espetó el productor que le había dado su primer contrato jugoso al despedirlo. El actor perseveró y con los sucesivos taquillazos de The Ipcress File y Alfie entró por la puerta grande, hasta convertirse en la leyenda que es hoy, galardonado dos veces con el Premio Oscar.

Lo que le faltaba en apostura, comentó el fotógrafo Bill Ray en Life, le sobraba en simpatía dentro y fuera de la pantalla. Podía trabajar el día entero y nunca sudaba. Siempre se sabía sus parlamentos y jamás se le veía descompuesto, ni en los percances propios de los rodajes. Tenía además un imán para las muchas mujeres que pasaron por su vida, entre ellas Bianca Jagger, la exesposa de Mick Jagger, y Patricia Haines, con quien estuvo casado hasta 1962. En 1972 vio en un comercial de café Maxwell House a la guyanesa Shakira Baksh, finalista en Miss Mundo 1967, quien de inmediato lo flechó. Gracias a un amigo llegó a ella, la conquistó y este año celebran cuarenta años de matrimonio.

Esa dicha conyugal es para Caine, abuelo de tres nietos, otra de las claves de su espíritu juvenil, además de su gran carrera, en la cual, comenta el crítico Robbie Collin, de The Telegraph, no siempre ha hecho un estricto control de calidad. Él mismo reconoce que ha hecho las cintas más memorables del último medio siglo, pero también ha participado en otras tantas malísimas, como Échale la culpa a Río. “Primero que todo, escojo los buenos roles. Si estos no aparecen, me voy por los mediocres. Y si estos tampoco llegan, elijo aquellos que paguen la renta”, aseguró en una de sus famosas citas.

El caso es que los aciertos han tendido un manto de olvido sobre los desatinos, entre los que definitivamente no se encuentra su papel como Alfred Pennyworth, el mayordomo de Batman, que interpretó en la famosa trilogía de Christopher Nolan y que es sin duda el que lo ha hecho más popular en el mundo. Y pensar que en principio le aburrió la propuesta, pero se animó cuando siguió su regla de oro: “Elegir un guion para mí es un poco como negociar finca raíz. Dame tres razones para comprar una casa: ubicación, ubicación, ubicación. En las películas son: el guion, el guion, el guion. Y este era maravilloso”.

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