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Santamarías de pura sangre

Santamarías de pura sangre

Revista Jet-Set

En 2012 Fermín y Gonzalo Sanz de Santamaría, nieto y bisnieto del patriarca que construyó y cedió la plaza La Santamaría a Bogotá, consideraban que están obligados a defender la fiesta brava por la memoria de su ancestro, los derechos de los bogotanos y la tradición cultural. Aquí recordamos la polémica que dejo si fiesta taurina a la capital colombiana.
Para Gonzalo y don Fermín Sanz de Santamaría la decisión del alcalde de prohibir los toros en La Santamaría es absurda, arbitraria y antidemocrática. Foto: Imagen Reina/12
Por: 25/7/2012 00:00:00
En 1931 Ignacio Sanz de Santamaría era un próspero y prestigioso hacendado y empresario taurino que tenía un sueño: hacer que Bogotá, la ciudad donde había nacido, se convirtiera en una de las plazas más importantes de la tauromaquia del mundo, el arte que había asimilado de España, de donde venían sus ancestros. Los Sanz de Santamaría eran hidalgos españoles que en el siglo XVII llegaron a Colombia y desde ese momento contribuyeron de forma activa con sus actividades empresariales al desarrollo del país.

Don Ignacio era un visionario que anticipó como ninguno el crecimiento de la ciudad y logró volver realidad su sueño de que Bogotá fuera una de las grandes capitales del toreo en el continente. Era tal la pasión que este hombre sentía por los animales que al margen de sus estudios de odontología en Filadelfia, leía todo lo que caía en sus manos sobre la agricultura y la veterinaria, convirtiéndose también en un experto en el tema. En 1923 fundó la ganadería Mondoñedo, bautizada así en honor a un pueblo en Galicia de donde venían los antepasados de su esposa, Rufina Rocha. Cinco años después decidió construir la Plaza de Toros La Santamaría, que se inauguró el 8 de febrero de 1931 con presencia del presidente de aquel entonces, Enrique Olaya Herrera, y fue un acontecimiento nacional, ya que era la primera megaobra de concreto que se hacía en el país. Construir una plaza de toros hace 84 años era un reto de ingeniería. Bogotá en esa época era algo más que una aldea y una plaza de esa dimensión y de esa elegancia arquitectónica parecía un elefante blanco para una ciudad de 300 mil habitantes.

Al poco tiempo, don Ignacio se vio afectado por la crisis económica del 29 y su plaza, al igual que su ganadería, que ya contaba con 1.500 cabezas de ganado, terminó en manos de sus acreedores. “Mi abuelo le compró a la familia Bonnet el lote para hacer la plaza por 200 mil pesos oro y se la entregó a los bancos en 140 por el lote y la construcción, un precio ridículo”, recuerda don Fermín.

El patriarca falleció en 1933 a causa de una pulmonía, generada en gran parte por la depresión de su bancarrota, dejándoles las deudas a su esposa y a su único hijo, don José. En 1936, ellos le cedieron la plaza al distrito, encabezado por el entonces alcalde de Bogotá, Gustavo Santos Montejo, hermano menor del expresidente Eduardo Santos.

Para don Fermín y Gonzalo, nieto y bisnieto de don Ignacio, la decisión de Gustavo Petro de acabar con las corridas de toros en La Santamaría fue como si les hubieran clavado un puñal por la espalda. Ellos no están luchando por intereses particulares porque la plaza ya no les pertenece, sino por preservar el sueño de don Ignacio, motivo original por el cual la familia cedió la plaza al distrito, ante la imposibilidad económica de recuperarla. Así hablaron con Jet-set.

¿Qué sienten ustedes, como herederos de la obra de don Ignacio, que la plaza haya sido cerrada para eventos taurinos?
-Nos sentimos decepcionados y maltratados. Es muy triste ver que por la ignorancia, intolerancia, la falta de cultura e ingratitud se cometa este sacrilegio contra la primera megaobra del país que incluso le costó la vida y la fortuna a mi abuelo. Como taurinos nos sentimos frustrados por no haber sido capaces de explicarle a la gente que la fiesta brava es un culto y admiración al toro, a todas sus especialísimas cualidades que lo convierten en dios de la antigüedad. A los taurinos nos ha faltado mercadotecnia, un Hollywood que haga una película sobre la vida del toro en la que se explique por qué lo veneramos y adoramos. El respeto y admiración que se le tiene al toro bravo es único.

¿Por qué creen que Petro tomó la decisión de abolir el sacrificio de los toros en La Santamaría? -Es una jugada política para conseguir votos, pero le está saliendo el tiro por la culata. Si uno habla con los taxistas, que son el mejor termómetro que uno puede tener sobre lo que pasa en la ciudad, se da cuenta de que ellos están aterrados de que algo con tanta tradición se esté destruyendo. A Petro no le gustan los toros, solo ve la parte sanguinaria y no todo lo que representa en la cultura que ha sido reflejada por siglos en la pintura y la literatura por artistas como Goya, Fernando Botero, Picasso, García Lorca y Hemingway, entre otros.

¿Qué piensa hacer la familia Sanz de Santamaría para cambiar la decisión del alcalde?
-Como familia no es mucho lo que podemos hacer. Como ganaderos estamos uniéndonos a otros estamentos de la fiesta brava para interponer una acción legal en contra de esta decisión. Es un tema tan ridículo y se manejó de una manera tan arbitraria, que estamos seguros de que, por la parte legal, se van a solucionar muchos problemas. Es paradójico ver al alcalde, confeso exguerrillero, gran minoría, indultado por la democracia, ahora aboliendo un culto milenario y tradicional. Una falta total de nobleza y gratitud.

¿Qué pierde Bogotá con la decisión del alcalde?
-Pierde principalmente una afición que nos heredaron los españoles desde la época de la Colonia. La Corporación Taurina, actual arrendador de la plaza, calcula que cancelando las tres temporadas pendientes se acaban 1.600 cupos de trabajo directo y el distrito deja de percibir 4.295 millones de pesos que se utilizan tradicionalmente para arreglar y hacer parques populares. Más o menos se calcula que la economía que genera la plaza dejaría de mover unos 7.400 millones de pesos. Es que los toros indirectamente también son moda, restaurantes, hoteles, turismo, transporte público, artesanías y arte.

¿Qué piensan de suprimir la muerte del toro en las corridas como lo propone Petro?
-No matar al toro es perder el propósito por el cual nacen las corridas de toros: el rito al sacrificio obligatorio de un dios. A la gente que no conoce de toros le han vendido la idea de que los taurinos vamos a las plazas a divertirnos con la muerte del toro, cuando en realidad vamos a admirarle todas sus cualidades: su belleza, bravura, nobleza, fuerza y poder, que lo convierten en un dios en todas las culturas antiguas mediterráneas, la egipcia, la griega y la romana. Pero desafortunadamente ese dios tiene que morir porque alimenta y viste a este hombre primitivo y actual, pero no debe ser sacrificado en un maloliente y triste matadero, sino en presencia de su pueblo, para que lo puedan admirar. Los toros bravos mueren con honor y mucha gloria. Su muerte comparada con la que se les da a todos los otros bovinos es mucho más digna, pues es ejecutada valientemente y con arte por un hombre que se juega la vida en el proceso.

¿Están de acuerdo con que la plaza se use para eventos culturales que nada tienen que ver con los toros, como el voleibol playa o conciertos?
-Los toros realmente demandan la plaza tres o cuatro meses del año. El resto del tiempo el alcalde puede tranquilamente organizar todos los espectáculos que quiera, siempre y cuando respeten la plaza y, obviamente, ayuden a su mantenimiento y cuidados. Estamos seguros de que la Corporación Taurina de Bogotá le ayudaría al distrito con el manejo y administración de los otros eventos, previo acuerdo, y con la colaboración nuestra, si Petro lo considera pertinente
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