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Salvo Basile: “Nos tiramos a Cartagena”

Salvo Basile: “Nos tiramos a Cartagena”

Revista Jet-Set

Con humor, nostalgia y un lenguaje que no apela a los eufemismos, el ítalo-colombiano Salvo Basile se ganó un espacio entre los “nuevos” columnistas del periódico El Tiempo. Durante una tarde accidentada, debido a un par de lesiones en la frente y el húmero, el actor habló con Jet-set.
“Nápoles, la cuna del Barroco y la ciudad donde nací, se parece a Cartagena. Son puertos llenos de marineros, prostitutas y drogas”, dice el actor Salvo Basile. Foto: Andrés Rozo/13
Por: 7/2/2013 00:00:00
Desde su columna en El Tiempo, el actor y productor Salvo Basile procura visibilizar los problemas de Cartagena, que terminaron cercándola como si fuera una vieja muralla. Temas como la ingobernabilidad, el deterioro ecológico y la prostitución son bombardeados desde su casa en el sector histórico de La Heroica. Esta fue la conversación.

El día que usted llegó a Cartagena fue realmente macondiano…
–Fue en noviembre del 68. Llegué en un boeing que transportaba a la gente de la película Quemada, con Marlon Brando. Cuando estábamos aterrizando, la torre de control dio la orden de abortar el aterrizaje porque había un toro de lidia en la pista. Habíamos llegado a Macondo.

¿Cuál fue la primera impresión del sector histórico?
–Después del toro aterrizamos y la caravana de taxis se metió por la playa de Marbella. Entre el atardecer tropical apareció como un sueño la ciudad vieja, la tenaza, la muralla imponente, los cañones, el bastión de Santo Domingo… Una magia de ciudad fantasmagórica y real al mismo tiempo.

Y para usted esa Cartagena colonial ya no es la misma…
–Hicimos de ella una especie de Disneylandia de la restauración cachaca. La bahía está llena de mierda, de carbón, petróleo, de industria química, de puertos y más puertos… Del universo Caribe que era el mercado público erigieron una mole anodina de piedra de mármol que es el Centro de Convenciones.

Todo cambia. No hay nada que hacer.
–Bocagrande, el barrio de los blancos, tenía tres edificios nada más y una vía pavimentada. Había unas casas señoriales con patio, traspatio, árboles frutales y maíz. Hoy, cuarenta años después, debemos reconocer que a Cartagena nos la tiramos. De hecho, nos tiramos el mundo.

Y dicen que más a Bocagrande
. –De las casas señoriales de Bocagrande parimos una Miami pequeña, feíta y sin servicios, pero con pretensiones de nuevo rico. No como la verdadera Miami.

Esta forma de ver a Cartagena es muy desesperanzadora.
–Entre tantas contradicciones, Cartagena sigue siendo un paraíso. Como una vieja señora resiste los embates del mal llamado progreso. Por eso es La Heroica.

¿Con cuál Cartagena se queda?
–Con la de antes. Era más mágica, la gente tenía menos problemas, había menos cinturones de miserias. Marlon Brando andaba por la calle como cualquier hijo de vecino.

Bocagrande era un barrio maravilloso, tipo Nassau, en Bahamas. Hasta los pobres vivían en el Centro. No estaban tirados en el extramuro. Era mucho menos violenta.

Hay dos Cartagena.
–No es hablar mal, porque me gusta que se digan las verdades. Hay dos Cartagena como hay dos Nueva York, dos Washington, dos Bogotá. El fenómeno del desplazamiento polarizó la ciudad.

Se dice que los grandes eventos culturales de Cartagena son excluyentes. Son para los cachacos.
–Es una ciudad del mundo. El Hay Festival estuvo lleno, pero con veinte cartageneros. Hay casos como el Festival de Cine, que lleva las películas a los barrios, en torno a una convivencia pacífica.

¿A quién se debe culpar por todo lo malo de Cartagena?
–La sociedad civil tiene la culpa: las grandes familias, los ricachones, los intelectuales… Todos criticamos, pero en el momento de poner el culo no hay mucha gente.

¿También se refiere a los foráneos que compran casas en Cartagena y le dan la espalda a la ciudad?
–No. Los Ardila Lülle apoyan todos los festivales culturales de la ciudad. Hay mucha gente valiosa.

¿Y los gobernantes? –La elección popular cambió la forma de hacer política. No hay dolor de patria chica. Todo funciona con la maquinaria que termina favoreciendo a los contratistas. La plata del Transcaribe, el equivalente al Transmilenio, se la han robado.

¿Le ha picado el bicho de la política?
–Quise ser concejal, pero fui adonde un amigo y me dijo: “¿Papito, tú tienes doscientos millones?”. Una cifra así no la veo hace rato. Se necesita esa cantidad para los capitanes de barrios, los buses, el sancocho electoral…

La imagen de Cartagena también está ligada al turismo sexual.
–En los días del escándalo de Dania escribí sobre el tema. Me puse furioso porque enlodaron el nombre de mi ciudad por culpa de unos gringos borrachos y mala paga. Por culpa de una putica. Los gringos se olvidan de que solo en Nueva York hay treinta y cinco mil personas que duermen en la calle y otro número más grande vive de la prostitución.

Usted sigue molesto porque no existe fomento para que más cineastas rueden sus películas en Cartagena…
–Los cineastas que ruedan acá deben pagar como veintiséis impuestos: a los bomberos, la salud, Asocentro… El presidente me nombró su representante en el comité de promoción fílmica para incentivar el rodaje de películas. A los productores se les devolverá el cuarenta por ciento de lo invertido acá después del rodaje.

¿Por qué existe la sensación de que Cartagena está mal?
–La ingobernabilidad. En dos años hemos tenido cinco alcaldes.

¿Será por los malos olores?
–Cartagena siempre ha olido a mierda. Tenemos un alcantarillado mal hecho. Hay un problema que data desde los españoles y es que el agua sube más de la cuenta.

¿Qué podemos rescatar de Cartagena
? –Me quedo con la Cartagena de la música, la literatura y el cine.
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