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Robinson Díaz volvió a las caricaturas

Robinson Díaz volvió a las caricaturas

Revista Jet-set

El actor retoma sus pasos: regresa con su humor negro a la planta de caricaturistas políticos de El Espectador, cargo que ocupó hace 24 años bajo el seudónimo de “Picho y Pucho”, y recupera su matrimonio con Adriana Arango, de quien se divorció hace seis años. Hoy dice que su corazón está aliviado.
Robinson pintó a Doña Colombia como un personaje que sigue sufriendo las marcas de la corrupción política, el narcotráfico y las componendas. Foto: Imagen Reina/14
Por: Edición 2868/7/2014 00:00:00
Tiene un revólver apuntándole en la frente, Robinson graba una de las escenas más fuertes de Tiro de gracia, la nueva serie de Caracol que protagoniza. Se ve exhausto y en un receso corre y advierte que tiene solo cinco minutos para hacer estas fotos. Se queja de que en Colombia quieran hacer producciones como las gringas pero con poco presupuesto y a “toda mierda”. Su agotamiento es apenas normal pues además de su proyecto televisivo acaba de renovar su faceta como caricaturista político de El Espectador, cargo que ocupó en 1990 bajo el seudónimo de “Picho y Pucho”.

En esa época Robinson financió parte de sus estudios en la Escuela Nacional de Arte Dramático con lo que le pagaban por los dibujos que hacía para el periódico y el sueldo que ganaba como mesero en el bar Pierrot, donde atendía a figuras de la farándula criolla. “Era una verraquera ver a Gustavo Angarita y a Carolina Trujillo tomarse un aguardiente y mirarse toda la noche. Jaime Garzón no daba propinas, era lo más chichipato que había”, recuerda Díaz.

En 1993 dejó las caricaturas porque se aburrió de la política colombiana y empezó a abrirse camino en la televisión. “Mi mamá me mantenía asoleado preguntándome cuándo iba a volver a pintar mis monachitos, y Adriana, mi mujer, también. Ella y yo nos conocimos en la época en que dibujaba para El Espectador, dormíamos en un cuarto pequeño en la Candelaria donde solo cabía la cama y la mesa de dibujo. Por eso cuando la llamé a contarle: ‘Mami, me propusieron volver a ser caricaturista y dije que sí’, ella grito: ‘¡Esooo!’. Es algo que ha estado muy ligado a los dos”, cuenta en una camioneta que lo lleva de una locación a otra.

Las caricaturas de Robinson hablan por él. No es la voz de un actor al que le sonrie el rating sino la de un ciudadano preocupado por lo que pasa en el país del Sagrado Corazón y también de Pablo Escobar. “Mirando los dibujos que hacía en los 90 me doy cuenta de que el que ha cambiado soy yo, el país sigue con la misma corrupción, el narcotráfico y componendas”. Aun así, cree en el presidente Juan Manuel Santos, Antanas Mockus, Enrique Peñalosa y en algunas tesis de Marta Lucía Ramírez. “Confío en la gente que tiene ideas y escucha a los demás. Admiro el pluralismo de Claudia López, una vieja que dice: ‘Hablemos de la verdad’. Hay muchos que me atacan en Twitter por guerrillero, pero a mí no me interesan las Farc, el Eln ni tampoco los paramilitares”. También dicen que es izquierdoso. “Si ser de izquierda es preocuparse por los demás entonces sí lo soy”.

Pero prefiere definirse como un contestatario que dice lo que siente sin tapujos, de ahí su fama de neurótico.

Robin hizo sus primeros trazos cuando era un niño, sus padres le compraban los colores. Luego estudió tres semestres de Artes Visuales en la Universidad de Antioquia, pero como vivían en paro se retiró y se dedicó al teatro. Entró a Matacandelas y empezó a pintar caricaturas a cuatro manos con Cristóbal Peláez que publicaban en el periódico El Señorial y en el diario El Mundo, de Medellín. Con una pluma mucho más aguda que la de hace 24 años, hoy dice que admira a Kekar, Matador, Guillotín, Naide, Mico y especialmente al fallecido Fontanarrosa. Su hijo, Juan José, de 16 años, también pinta pero le gusta más la fotografía.

Robinson revela que a sus 48 años pasa por un buen momento profesional y personal. Después de divorciarse de su esposa, Adriana Arango, por cuenta del affaire que tuvo hace seis años con la actriz Sara Corrales, hoy se siente orgulloso de haber recuperado su hogar. ¿Cómo lo hizo? “Con Dios y perdonándome a mí mismo. Mi mujer me ayudó mucho, cuando estábamos en plena crisis hablábamos más. Yo le dije: ‘Vea, mami, coja todo, déjeme solo los calzoncillos’. No empecé con juicios de nada ni con suciedades. Durante el proceso jamás hubo maltrato”. Por esos días Robinson vivió un infierno: él, quien siempre había sido muy hermético con su vida, de repente se vio en boca de todo el mundo. Eso le golpeó el ego y aprendió la lección a empujones. “Lo mejor es no juzgar a nadie y verá cómo le va de bien en la vida; como yo había juzgado, pues me cayeron encima”. Dice que no se arrepiente de nada. “Todo lo hice a conciencia. Hoy puedo decir que no me gusta perder el tiempo con nada ni con nadie. Mi mujer siempre ha sido lo máximo, mi mejor amiga, es la única persona con la que puedo conversar. Somos almas gemelas y no necesito más”. Es un capítulo de su vida al que ya le puso fin.
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