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Robin Williams adiós, payaso triste

Robin Williams adiós, payaso triste

Revista Jet-set

Mientras que hacía llorar de la risa a millones de espectadores, el gran actor era presa de una honda melancolía que lo llevó al suicidio.
Tenía 63 años en el momento de su suicidio, colgado del clóset de su cuarto. Además de sufrir de una grave depresión y mal de Parkinson, era alcohólico y adicto a la cocaína. De todo ello se burlaba en sus concurridos stand-up comedies, como este que presentó en el Seminole Hard Rock Hotel de Hollywood, Florida, en 2009. Foto: Look Press Agency.
Por: Edición 28925/8/2014 00:00:00
Las sombras de la condición humana se vuelven a manifestar en la tragedia de este privilegiado artista que lleva al mundo que lo admiró a plantearse una pregunta obvia, resumida así por Anthony Lane, crítico de cine de The New Yorker: “¿Por qué necesitaba un hombre como él estimulación extra? ¿No era el simple hecho de ser Robin Williams una descarga de energía suficiente?”. La respuesta parece ser “no”, a juzgar por su suicidio, el cual ha dejado al descubierto que al tiempo que hacía desternillarse de risa a millones de fans, sufría un dolor inenarrable que lo carcomía desde niño.

Como lo informó su agente al anunciar su deceso, Williams luchaba hacía largo tiempo con una severa depresión. De nada había valido su reciente paso por una clínica de Minnesota, en la cual se internó para reforzar un tratamiento contra el alcoholismo y la drogadicción, otro fantasma que le amargó la vida. Según le contaron varios de sus amigos a TMZ, la intervención llegó tarde. En la mañana del 11 de agosto, su asistente personal y vieja amiga, Erwin Spencer, lo halló inerte en su cuarto, donde se había colgado del clóset con un cinturón. Su esposa, Susan Schneider, no se había percatado de la verdad porque al parecer dormían en habitaciones separadas, lo que desató rumores de que no tenían un buen matrimonio. El humorista exhibía además varios cortes de cuchillo en la muñeca izquierda.

Su amigo, el director Steven Spielberg, expresó: “Robin era un relámpago de genio y nuestra risa era el trueno que lo hacía avanzar”. Así, su lema podría definirse en términos de “hacer reír al público y a los amigos para no zozobrar”, comentó Paris Match. “Siempre sentí que su deslumbrante rapidez y agudeza de ingenio eran un esfuerzo por ocultar antes que revelar”, asegura su colega y amigo Eric Idle, mientras que uno de sus vecinos en Tiburón, California, reveló: “Él no era el hombre desmesurado que se veía en las películas. Era callado, con los pies en la tierra, prefería escuchar”. Poco amante del barullo de la celebridad, le gustaba más vivir alejado de Hollywood, en esta pequeña ciudad en donde sus vecinos no lo veían como una estrella porque manejaba un Jeep destartalado pese a habitar en una mansión de millones de dólares.

Periodistas y amigos coinciden en que la desazón de Robin comenzó en la niñez. Era el hijo rico de un ejecutivo de la Ford y una exmodelo que no lo escuchaban realmente y dejaron su crianza en manos de las empleadas domésticas. En ocho años pasó por seis colegios de Detroit, Chicago y San Francisco y era llamado “elfo”, debido a su baja estatura, por sus compañeros, quienes al terminar el bachillerato lo escogieron por unanimidad como un seguro don nadie.

Se equivocaron: Robin descubrió la comedia gracias al gran Richard Pryor y resultó tan bueno que fue becado por la prestigiosa Juilliard School, de Nueva York, donde conoció a su amigo Christopher Reeve, el inolvidable Superman. Al abandonar la institución sin graduarse, fue mimo callejero e intérprete de stand-up comedy en bares de California y su golpe de gracia llegó cuando los productores de la serie Happy Days le dieron el rol de un extraterrestre en un capítulo. Williams sorprendió tanto con su sentido del ritmo y gracia, que ese personaje se convirtió en protagonista de otra exitosa comedia, Mork y Mindy, que lo lanzó a la fama en 1978 en Estados Unidos y el resto del globo.

Por esos días se hizo amigo del también excepcional humorista John Belushi, con quien se entregó a una frenética vida de alcohol, cocaína y salidas diarias a bares. Los dos genios compartían también la intolerancia a las arandelas de la fama y el acoso del público. Cuando una sobredosis de droga cobró la vida de Belushi, en 1982, Robin paró, empezó a asistir a Alcohólicos Anónimos y el nacimiento de su hijo Zachary se volvió un aliciente. La fortuna le sonrió con el éxito en su carrera. Buenos días, Vietnam le permitió despegar en el cine, y siguieron roles inolvidables en cintas como La sociedad de los poetas muertos y Good Will Hunting, que le mereció el Óscar en 1998.

El lunar de esos vibrantes años fue la demanda que le puso una mesera, Michelle Carter, de haberle contagiado un herpes genital. Robin nunca aceptó los cargos de su amante y el escándalo le costó su divorcio de Valerie Velardi, la madre de Zachary. Otro lío se armó cuando él se casó con Marsha Garcés, la niñera de su hijo, acusada de “robamaridos”. Con ella, el actor tuvo dos niños, Zelda y Cody, con quienes pudo darle rienda suelta a su otra adicción: los videojuegos.

Los demonios del pasado lo esperaban en Alaska, escenario en 2004 del filme The Big White y cuyo clima gélido le provocó un sentimiento de aislamiento. “Un día entré a una tienda y vi una botella de whisky. Una voz que yo llamo ‘el poder de abajo’ me susurró: ‘Anda, toma un trago, uno solo’. Lo tomé”, contó. Tras 20 años de sobriedad, recayó, lo que desató su divorcio de Marsha y fue el comienzo del fin.

En 2006, su familia lo convenció de someterse a un tratamiento de desintoxicación en una clínica de Oregón. Al salir de allí, solía burlarse de su adicción en sus aplaudidos stand-up comedies: “Qué droga maravillosa es la cocaína… ¿Hay alguna otra que te vuelva paranoico e impotente?”.

En los últimos años, en los cuales sus apariciones en público se volvieron cada vez más raras, la depresión lo fue aniquilando y no contó con supervisión médica. Un vecino que lo vio días antes de morir asegura que estaba demacrado, alicaído y muy flaco, aunque amable como siempre. “Era una sombra de sí mismo”, concluyó, y el oscuro presagio no tardó en cumplirse.
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