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Relaciones literarias

Relaciones literarias

Revista Jet-Set

Nadie mejor que un escritor para describir a otro escritor. Aquí van algunas anécdotas de Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Fontanarrosa, Mutis y Vallejo contadas por literatos amigos, y también famosos, que se encargaron de inmortalizar sus encuentros.
Jorge Luis Borges y Juan Gustavo Cobo Borda. Foto: Archivo Particular
Por: Edición 2825/5/2014 00:00:00
Roberto Fontanarrosa y Daniel Samper Pizano

Su amistad se estableció cuando Samper Pizano fue llamado a asesorar el diario caleño El Pueblo en 1976 y no tenían caricaturista. En la convocatoria informal que hizo el periodista para llenar el puesto, Fontanarrosa le envió un dibujo del mafioso más famoso de los cómics, que le decía algo como: “Anda, Dani, ¡invítame a un café! Tu amigo, Boogie”. Daniel cuenta que no hablaban mucho de literatura y que lo suyo era una sociedad más futbolística. “Roberto no era un lector muy acendrado; aunque cuando encontraba algo que le gustaba, se lo comía en dos días. Era como un niño, revisaba los libros antes de leerlos, y si no tenían muchos diálogos o dibujos, los dejaba. Hablábamos de humor y de las mujeres. Nos vimos muchas veces en Buenos Aires y en Colombia también. La última vez que nos encontramos fue en Madrid en 2007, poco antes de que muriera. Él venía de Israel, de probar un tratamiento contra su enfermedad. Cuando

lo vi estaba muy débil. Nos juntamos con varios amigos, entre esos, Jorge Valdano, y le compramos un micrófono para que no le costara tanto hablar”. Cada vez que había un lanzamiento del Negro en Buenos Aires, la editorial invitaba a Daniel para que lo presentara: “Siempre tiraba a joderme, y cada vez que podía, en esas presentaciones nos echaba vainas a mí o a los colombianos”. De hecho, hace un par de años, el caricaturista y escritor argentino se quejaba: “Yo no sé qué hice para ganarme esto, pero cada vez que alguien de esta familia lanza algo me llaman a mí. Creo que algún día me van a decir que el nieto de Samper Pizano está al teléfono para pedirme que presente su nuevo libro”.

Jorge Luis Borges y Juan Gustavo Cobo Roba

Se conocieron cuando Borges vino a Bogotá y Cobo Borda era subdirector de la Biblioteca Nacional: “Recuerdo que estábamos en una charla muy grata, en un salón lleno de gente, y alguien mandó cerrar las puertas de la Biblioteca Nacional. Pero la gente las rompió para entrar a oír al maestro. Eso siempre me impresionó, las ganas que había de conocerlo. Años más tarde, cuando Belisario Betancur era presidente, me llamó a preguntarme: ‘¿Usted quiere seguir en su programa de entrevistas o prefiere ir a cuidar de Borges? Y así me fui de Agregado Cultural a la Embajada de Colombia en Buenos Aires, y me acerqué al maestro. Íbamos a cenar a un hotel al frente de su apartamento en la calle Maipú. Eran charlas donde había humor, con gran vivacidad del diálogo, y muy alegres. Él sabía mucha poesía de memoria y pasábamos noches recordando textos. Era muy burlón. Una vez, nos anunció a sus compañeros de mesa: ‘¡hoy es noche de excesos!’, y pidió ravioles con tuco (salsa parecida al ragú). Y de postre, vigilante, un dulce de batata con queso que solían comer los celadores de noche. Era de una sencillez impresionante. De pronto, en medio de la comida, hablaba de Henry James, y si olvidaba algo de su biografía, nos hacía ir a su apartamento para seguir la discusión, y confirmar el dato en una de sus enciclopedias.

”Era un hombre discreto, estoico, muy pudoroso. La última vez que lo vi fue antes de su viaje a Ginebra, donde murió. No quería hacer pública su enfermedad ni sus dolencias. Siempre lo voy a recordar con una mezcla muy bella de una gran alegría y una carcajada casi homérica cuando hablaba de la literatura, humor y universalidad. Cuando se despedía me decía: ‘Vuelva pronto, Cobo, para que podamos hablar del escritor colombiano por excelencia’. Yo le decía: ‘¿Y ese quién es, maestro?’. Y contestaba: ‘Pues Vargas Vila, por supuesto’”.

Mauricio Vargas y Julio Cortázar

Era agosto de 1980, y un Mauricio Vargas de afro y 19 años acababa de terminar un viaje de seis meses de mochilero y periodista por Centroamérica. Llegó a la casa de sus amigos, los García Márquez, en Acapulco. “Un día, Gabo nos pidió el favor a su hijo mayor, Rodrigo, y a mí que le lleváramos unas novelas a Cortázar y que recibiéramos las que él iba a mandar”. Mauricio apunta: “A mí me daba pena confesarle que yo prefería al escritor argentino más que a él. Llevaba tres años leyendo Rayuela y tenía dos cuadernos llenos de apuntes de la obra. No podía contar nada de esto antes del viaje porque me bajaban. Así que llegué con Rodrigo a las 11:00 de la mañana a la cabaña donde se hospedaba Cortázar con su tercera esposa, Caroline, y el pequeño hijo de esta. Me mordía la lengua de la emoción. Rodrigo me presentó como el hijo de Germán Vargas.

Cortázar se sorprendió y empezó a preguntarme por mi papá, quien había sido el responsable de que su literatura se conociera en Colombia. Mientras me hablaba, bebíamos cerveza mexicana. Cuando se terminó el tema sobre mi papá, Rodrigo le contó que yo venía de pasar seis meses en Centroamérica y entonces, este gigante, en vestido de baño, sin camiseta, me interrogó sobre mi encuentro con la guerrilla sandinista. Creo que lo decepcioné porque mis noticias no eran buenas. Total, no pude decirle nada de lo que tenía pendiente. Yo veía ahí a este maestro, con su apariencia de jovencito, y entendí que su secreto era seguir siendo un niño y conservar la curiosidad infantil. Cuando nos fuimos, oí que le decía a Ariel Dorfman, que estaba en la cabaña: ‘¿Te fijás lo que se aprende hablando con los jóvenes? Siempre tienen algo que enseñarte’”.

Mario Vargas Llosa y Antonio García Ángel

Entre 2004 y 2005 Antonio García Ángel fue el escritor escogido por la Iniciativa Artística Rolex, que cada dos años selecciona a un joven para que sea apadrinado por un grande en su disciplina. Mario Vargas Llosa fue el tutor nombrado para acompañar al escritor colombiano. García Ángel cuenta su relación con el nobel peruano: “Fue muy generoso, estuvo pendiente de que hiciera la novela que tenía en mente. A veces diferíamos en ideas y conceptos, pero siempre respetó mis opiniones. Todo el tiempo llegaba con consejos, era muy cálido conmigo, nos comunicábamos por correo. Yo tenía el compromiso de enviarle cada viernes lo que hacía en la semana, y él me llamaba el domingo por la tarde para que habláramos de lo escrito. Al principio para mí fue muy difícil la idea de mostrar mis borradores, y más a un monstruo como Vargas Llosa, pero siempre tuvo palabras muy amables hacia mi trabajo. Me sorprendió darme cuenta de que tenía un excelente sentido del humor. Nos veíamos de vez en cuando, y recuerdo con agradecimiento esos encuentros, porque fueron en sitios como Londres, París, Madrid, Suiza y Nueva York. De vez en cuando todavía nos cruzamos correos; hablamos poco, pero siempre voy a tener un gran recuerdo de ese tiempo en el que estuvimos cerca”.

Fernando Vallejo y Gustavo Álvarez Gardeazábal

“El primero de los Vallejo que conocí está muerto. Era tan bello y tan provocador que se pegó un tiro con el mismo revólver que dejaba en la mesa de noche cuando se desnudaba para demostrarme su capacidad amatoria. Al otro Vallejo, Fernando, lo empecé a leer con tanta devoción como lo he seguido haciendo casi 30 años después. Lo conocí en Ciudad de México. Ya pensaba lo mismo que yo pienso de la educación que los salesianos nos dieron. Hace unos días volví a verlo. Los años no han pasado en vano. Somos apenas un reflejo vago de la donosura con la que conquistábamos efebos. Pero no hemos perdido la chispa.

”Vallejo siempre ha escrito mucho mejor que yo. Él posee una finura de lenguaje y una estricta marcación gramatical como si hubiese nacido en las épocas del señor Caro. Yo escribo como hablo, sin cuidar la procacidad. Pero acertamos en encontrarnos en el mismo criterio frente a este país. Claro, Vallejo escribe como buen paisa, movido por la venganza. Yo lo hago impulsado por la felicidad. Él tiene una visión negativa del mundo, pero toca piano como Chopin. Yo tengo oído de artillero. Él monta los dramas continuamente como en Casablanca, su mejor novela. Yo vivo el drama de estar en la provincia, de opinar todos los días sobre lo que está pasando y correr el riesgo de un disparo o de una granada debajo del carro.

”Encontrarnos en esa Casablanca, la casa que reconstruyó en el barrio de Laureles, a la vuelta de donde vivía María Cecilia Ferrer, mi novia universitaria, fue volver a oler el sudor de Darío, su hermano, y de saber que los dos, él y yo, hacemos cola para pasar al panteón de los condenados por decir la verdad de un país que no le gusta que le esculquen sus entrañas”.

Álvaro Mutis y Fernando Quiroz

“Conocí a Mutis en casa de Álvaro Castaño Castillo y Gloria Valencia, donde solía hospedarse cuando venía a Bogotá. Él iba a estar no más que un día, pues su destino final era el Festival Internacional de Cine de Cartagena, de cuyo jurado fue presidente en 1992. Lo entrevisté durante más de dos horas para la revista Semana, y me sorprendió encontrar a un autor tan parecido a su personaje. Mutis y Maqroll tenían mucho más en común de lo que hubiera imaginado: el desdén por el mundo moderno, la certeza de que nadie tiene la autoridad para juzgar a los semejantes, el gusto infinito por el mar y por la aventura. Quedé con la idea de que aquella charla merecía ser ampliada, y propuse realizar un libro sobre Mutis que no sería exactamente una entrevista, sino el testimonio de una serie de largas conversaciones. Aceptada la propuesta, estuve dos semanas en la casa del escritor en la calle Hidalgo, de Ciudad de México. Allí disfruté no solo de sus anécdotas maravillosas y de una que otra confesión de alto calibre –como su paso por la temible cárcel de Lecumberri–, sino también de su filosofía sobre cómo en esta vida tiene más sentido el camino que la meta, de ese estudio enorme en el que había un retrato del rey Juan Carlos de Borbón y una rosa que siempre lo acompañaba, de las matas de plátano llevadas de las tierras cafeteras del Tolima para alborotar su nostalgia.

”Regresé a Colombia con 20 horas de grabación que sirvieron de base para mi primer libro, El reino que estaba para mí: conversaciones con Álvaro Mutis, que se publicó por primera vez en 1993 y que fue reeditado hace pocos meses, a raíz de la muerte del creador de Maqroll el Gaviero”.
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