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Rafael Manzano el Dalí de la radio

Rafael Manzano el Dalí de la radio

Revista Jet-set

El corresponsal español, dueño de una de las seductoras voces de La W, es un periodista adicto a la novela negra, de excelente memoria, bigote de Dalí e interesado en las noticias políticas y del corazón, por igual. Lo mejor es que adora a Colombia.
A la corresponsalía de La W en España llegó hace poco más de un año por una invitación que le hizo Julio Sánchez Cristo. Le atribuye el éxito del programa a que mezcla temas serios con entretenimiento. Foto: ©Ignacio Gil Domínguez/13.
Por: Edición 26716/9/2013 00:00:00
Seguramente muchos se han preguntado cuál es el rostro que se esconde detrás de la seductora voz del corresponsal en España de La W Radio, y se sorprenderán al ver que es un hombre de 61 años, que no es tan joven como se oye en la radio, esclavo del bigote que lleva desde que estaba en la universidad, divorciado y con dos hijos. Es excelente conversador, aunque a pesar de todos los años que lleva al aire, todavía le intimida hablar de su vida privada en público. Sin embargo opina sobre infidelidad, sexo y aborto, y en esos temas sus ideas liberales chocan con las de Camila Zuluaga que es mucho menor pero más conservadora y moralista. “Rafa es un tipo que yo le presentaría a mi mamá, a mi tía o a cualquier amiga. Es churro, inteligente, querido y muy respetuoso con las mujeres”, dice la encargada de las denuncias de La W.

Por su parte, Claudia Palacios dice que Rafael no aparenta la edad que tiene. “Es muy vital. Tiene una relación muy cercana con Julio, pero también con nosotros que somos menores”. Ella le envidia su prodigiosa memoria. “Él es como una enciclopedia, sabe los datos precisos de los hechos con nombres y fechas, nada se le escapa. Julio dice: ‘¿habrá una cosa que uno le pregunte a Rafael Manzano que él no sepa’”. Sus colegas lo apodan ‘el Búho’, ave símbolo de sabiduría y nombre de una sección que tenía en otra emisora. Y así se quedó. Pero él no se considera un sabelotodo y asegura que tiene una pequeña trampa para eso: “voy anotando todo en un cuaderno, lo que investigo, las entrevistas que hago y las cosas que se hablan en la emisora. Tengo un back up de memoria en mis libretas. Por ejemplo, si en tres meses tenemos que volver a tocar el tema de la revolución en Egipto, tengo apuntado qué dijo Francesca, corresponsal de La W en ese país, cuántos muertos hubo, por qué pasó eso, etc.”. Además es un consagrado lector de novelas policiacas. “Si uno lee la trilogía de Petros Márkaris, sobre Grecia, aprende más que leyendo los periódicos o viendo la tele. Por eso, cuando me enteré de la crisis de El Cairo, me fui a la biblioteca a repasar un par de libros sobre el tema. En ese sentido, todavía soy un poco Picapiedra”.

Le saca el jugo tanto a los temas más profundos como a los más banales. “A los periodistas les debe interesar todo. Yo soy un poco enfermizo con eso, me leo desde las revistas de farándula hasta los artículos más sesudos de filosofía”. En los 41 años que lleva en los medios, Rafael ha entrevistado a personajes de la talla de Gorbachov, el novelista británico John le Carré; pero por cosas de la vida que ni él entiende, ganó su fama por dar la chiva del matrimonio del príncipe Felipe de España con Letizia Ortiz.

A La W llegó hace poco más de un año por una invitación que le hizo Julio Sánchez, a quién conoció en 2004, cuando el Grupo Prisa compró Caracol, y le encargaron la Vicepresidencia de Programación. Vivió un año en Bogotá y durante ese tiempo recorrió gran parte del territorio nacional. Los oyentes se sorprenden de que conozca tan bien el país y esté muy enterado tanto de los cambios en la cúpula militar como del proceso de paz. “Me interesaría mucho charlar con Humberto de la Calle de manera informal, e invitarlo a tomarse un ron o un aguardiente. Estoy seguro de que en esas negociaciones con la guerrilla hay cosas muy interesantes que él me puede contar con la promesa de no publicarlas”, cuenta Rafael.

Después de haber trabajado en Argentina, Francia, Rusia y España, aceptó unirse a La W porque el modelo periodístico del programa le parece muy interesante. “Yo estaba acostumbrado al anglosajón y español donde las noticias tienen su tiempo y todo está libreteado. Aquí sucede totalmente al revés, las cosas duran lo que tienen que durar en función del interés del personaje. Si tú estás haciendo una entrevista con el presidente de un país y está aburrida o llena de lugares comunes, esta puede durar cinco minutos; mientras que una entrevista con Paul McCartney, si es divertida, puede durar media hora”.

Su fuerte es la política internacional. Fue corresponsal en Moscú de 1991 a 1997, cubrió el último año de Gorbachov en el poder, la llegada de Boris Yeltsin, la primera y la segunda guerra de Chechenia, y la disolución de la Unión Soviética. “En esa época era muy difícil conseguir información. Pasaba un poco lo que pasa con los vaticanólogos ahora, menos con el papa Francisco y más con los anteriores, y es que hay que estar pendiente de los gestos, de con quién hablan, quién está a su derecha. Era un trabajo de establecer contactos todo el día para ver por dónde soplaba el viento”.

La única vez que se ha sentido en peligro fue cuando Boris Yeltsin dio el golpe de Estado. “Yo estaba en casa escuchando la radio y oí que había terminado el conflicto. Subí al coche y me fui al edificio del Parlamento Ruso. Al llegar vi una línea de soldados, me abrieron la puerta y me dejaron seguir. Uno de ellos me entregó una máscara antigás y me dijo: ‘póngase usted aquí’. ‘Pero si ya está terminado’, le dije. Y me respondió: ‘no, solo hicimos una tregua para evacuar a los heridos. Los disparos continúan ahora’. Me quedé adentro, sin poder salir, cuando tiraron tres cañonazos en la tercera planta. Lo único en lo que podía pensar era: ‘¿tú por qué eres tan idiota de no saber mejor ruso y confundir la palabra ‘tregua’ con el final de la batalla’. Al cabo de un tiroteo horroroso vi a un grupo de rebeldes agitando una bandera blanca. Corrí y me paré detrás de ellos al grito de ‘yo también me rindo’. A la salida, todos los periodistas empezaron a tomarnos fotos. Al día siguiente, en la primera página del Washington Post apareció un titular: ‘grupo de rebeldes rindiéndose’ y mi cara estaba ahí en la fila delantera, fue absolutamente ridículo”. En una pared de su apartamento en Madrid tiene colgados los recortes de la noticia que salió en Le Figaro, Le monde y hasta en la revista ¡Hola! Desde ese día intensificó sus clases de ruso, de tres horas al día pasó a cinco. “A mí no me vuelve a pasar eso”, dice Rafael, quien además domina el inglés, el francés y el catalán.
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