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La solemne proclamación de Felipe VI

La solemne proclamación de Felipe VI

Revista Jet-set

España vibró de emoción con la sencilla pero imponente ceremonia que dio inicio al reinado de su nuevo jefe de Estado, con la promesa de “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”.
Los reyes Felipe y Letizia (centro) saludan a la multitud en el balcón del Palacio Real de Oriente, luego de la proclamación. Fue la bienvenida a los nuevos monarcas y el adiós a Juan Carlos I, quien abdicó, y su consorte Sofía de Grecia (izquierda y derecha). Junto con las infantas Leonor y Sofía, todos conforman la nueva familia real de España. Foto: Look Press Agency.
Por: Edición 28524/6/2014 00:00:00
“Se trata de un día muy señalado”, no se cansaban de repetir los periodistas ibéricos al registrar las incidencias del acontecimiento, cuya escena culmen fue la aparición de los nuevos reyes, Felipe y Letizia, con sus hijas, las infantas Leonor, nueva heredera del trono, y Sofía en el balcón del Palacio Real de Oriente. Cientos de súbditos se habían congregado en la plaza del mismo nombre y sus alrededores desde tempranas horas del 19 de junio para contemplar un momento histórico como pocos: el primer cambio de jefe de Estado sin sobresaltos políticos en los últimos 200 años. “Todos estamos muy contentos, no ha habido lágrimas porque el rey no ha muerto”, apuntó la infanta Pilar, tía del monarca, al subrayar otro matiz que hizo singular al suceso, desencadenado por la abdicación de Juan Carlos I en su hijo Felipe.

El primero en aparecer en el balcón fue el rey debutante, quien acto seguido invitó a su esposa y a las infantas a acompañarlo. Las aclamaciones se hicieron más frenéticas cuando el monarca saliente y su consorte, Sofía de Grecia, se les unieron. Fue su adiós definitivo luego de casi 40 años de un reinado exitoso, pero perturbado en su último tramo. En un gesto cargado de simbolismo, Juan Carlos y su esposa dejaron el balcón, para cederle a su hijo el protagonismo, ante la mirada curiosa de las infantas, de apenas 8 y 7 años, que a esas horas del mediodía ya estaban cansadas por el trajín. Todavía, a sus padres les restaba oficiar como anfitriones de su recepción inicial en su papel de reyes, a la cual habían sido invitados cerca de dos mil representantes de todos los estamentos de la sociedad, desde las altas jerarquías políticas y de la nobleza, hasta deportistas, cantantes, toreros, periodistas y socialites, como Isabel Preysler. En aras de la austeridad que exige la recesión española, no fueron convidados representantes de casas reales vecinas, salvó los destronados reyes de Grecia, tíos de Felipe, y sus primos los príncipes de Bulgaria.

La reunión, en el Salón del Trono, bajó el telón de una cita que había comenzado el día anterior con la firma de la ley de abdicación por parte de Juan Carlos, muy emocionado. Esa medianoche, Felipe se convirtió formalmente en rey, con la publicación de la disposición en el Boletín Oficial del Estado.

A la mañana siguiente, su majestad, vestido con el uniforme de gran gala del Ejército de Tierra, recibía de su padre el fajín rojo que lo acredita como Capitán General de las Fuerzas Armadas en el Palacio de la Zarzuela, la residencia oficial, de donde partió a la sede del Congreso de los Diputados con Letizia y las infantas.

Fue entonces cuando se desveló el misterio del atavío de la glamurosa reina, asunto que siempre causa gran expectación en la novelera España. Al contrario de su suegra en la proclamación de Juan Carlos en 1975, ella no fue de largo, que sería lo indicado para el atuendo de su marido. Más bien, y ello fue visto como una señal de nuevos aires, eligió un vestido y abrigo a la rodilla blancos, tono que siempre usa para las ocasiones de mayor vuelo, diseñado por Felipe Varela, su modisto titular. El detalle llamativo del sobrio modelo era el bordado con cristales rubí, ámbar y rosa más perlas en el escote. Por únicas joyas, la consorte eligió unos aretes de diamantes en forma de estrella de Cartier, sus preferidos.

Como solo sucede en las fechas más trascendentales, el Congreso abrió su Puerta de los Leones para acoger a los reyes, luego de los honores militares y los saludos del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y otros dignatarios. Enseguida, atravesaron el Salón de los Pasos Perdidos hasta el hemiciclo, al cual entraron tomados de la mano. Allí, las cortes en pleno los recibieron con una clamorosa ovación de minuto y medio y se inició la sesión. Pronunciado el juramento, el presidente del Congreso, Jesús Posada, pregonó: “¡Queda proclamado don Felipe de Borbón y Grecia, quien reinará con el nombre de Felipe VI! ¡Viva el rey!”, a lo cual los cerca de 700 concurrentes respondieron de igual modo, lo mismo que cuando exclamó “¡Viva España!”.

Los pasajes más emotivos del discurso del rey fueron los homenajes a los miembros de su familia, en especial a su madre, aplaudida también largamente. Por último, el sucesor y descendiente de Isabel la Católica, Carlos V, Luis XIV y Victoria de Inglaterra, entre otras testas coronadas, agradeció en castellano, catalán, gallego y euskera, lenguas oficiales del reino, y presidió su primera parada militar como jefe de Estado.

Más vítores y aplausos se oyeron en puntos típicamente madrileños como el Paseo del Prado, la Gran Vía y la Fuente de Cibeles, al paso de Felipe de pie en un Rolls-Royce Phantom IV descapotado, la gran sorpresa. Sus compatriotas pudieron apreciarlo investido por fin, después de 45 años de preparación, toda su vida, para cumplir el reto de ser el reflejo de “una monarquía renovada para un nuevo tiempo”, como él mismo se consagró.
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