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La guerra de las princesas

La guerra de las princesas

Revista Jet-Set

Carolina y Estefanía de Mónaco no soportan a su cuñada Charlene, la critican por todo y se alegran de que no haya tenido un hijo que herede el trono del principado, asegura la prensa francesa.
En público, Estefanía y Carolina Grimaldi miran mal o tratan con indiferencia a su cuñada Charlene, asegura la prensa del Viejo Mundo. En la foto, aparecen en la fiesta nacional de Mónaco de 2011. Foto: Look Press Agency
Por: Edición 2807/4/2014 00:00:00
Al comienzo parecía que Carolina y Estefanía habían recibido a Charlene con beneplácito, dado que llegaba para solucionar el problema de la larga soltería de su hermano Alberto, el príncipe soberano, quien había tenido muchos romances y dos hijos considerados ilegítimos. Con el tiempo, se ha revelado que tal simpatía no existe, sino que la dura oposición que la excampeona de natación sudafricana ha tenido que enfrentar desde 2011, cuando se casó con Alberto, tiene como grandes instigadoras a las dos hermanas. “La que más la critica es la princesa Carolina quien, por otra parte, prefiere que no tenga un bebé para que su hijo mayor, Andrea Casiraghi, sea el heredero”, le confió un conocido de Charlene a David López, autor de un reciente reportaje sobre las intrigas monegascas publicado en la edición española de Vanity Fair.

Carolina, en efecto, sería la gran beneficiada del fracaso de su cuñada pues, ante el desenlace de que Alberto no tenga descendencia, heredaría el trono, el cual le cedería a Andrea, como ya sucedió en 1944 con la princesa Charlotte, quien renunció a ser la jefa del Estado en favor de su hijo Rainiero, el padre de Alberto y sus hermanas. Lo malo para Charlene es que, a los 36 años, se le agota el tiempo para concebir un hijo.

Para su artículo en Vanity Fair, David López visitó el castillo desde donde los Grimaldi han gobernado a Mónaco desde 1297 y asegura que el ambiente allí es tenso. Circulan rumores sobre Alberto y Charlene, a quien todo el tiempo la comparan con su antecesora, la fallecida Grace, que con su encanto le dio prestancia mundial al otrora anónimo principado. Además, la revista francesa Voici aseguró hace poco que la enemistad entre Charlene y sus cuñadas se hace evidente cada vez que aparecen en público: si no se miran mal, se tratan con el peor desprecio: la indiferencia.

La sudafricana, quien se siente asfixiada en el palacio, es criticada sin tregua y hasta se le rumora un romance con el jugador de rugby Byron Kelleher. Una fuente de Vanity Fair asegura que “es víctima de presiones y comentarios hechos con la única intención de hacerle daño”, como también lo ha sostenido en público Alberto.

Las quejas que las Grimaldi tienen sobre la consorte no se limitan a su fallida maternidad. Originaria de una familia de clase media, a Charlene le ha costado trabajo adaptarse al protocolo de la corte, donde, ella misma lo reconoce, no tiene amigos porque su visión de la vida y su humor no encajan. A eso hay que agregarle el misterio que se cierne sobre la real naturaleza de su matrimonio, pues se habla de una farsa concebida solo para producir un heredero. Antes de la boda, se especuló que había intentando huir de Mónaco porque descubrió que Alberto había tenido un tercer hijo ilegítimo con otra amante. En su luna de miel durmieron en cuartos separados y luego ella empezó a llevar una vida más bien independiente de su marido. Lo peor ocurrió cuando se publicaron fotos de la princesa en actitudes comprometedoras con el millonario Dennis Washington. Cuando el feo impacto que ello causó a su imagen y a la de la familia empezaba a disiparse, el malestar volvió, pues la revista alemana Bunte dio a conocer, en febrero pasado, nuevas imágenes de la Charlene borracha y besando en la mejilla a otro hombre. El palacio aclaró que se trataba de un cura viejo amigo de la casa, pero ella no resistió el escándalo y ante las narices de la guardia del castillo huyó a Suiza a donde unos amigos. Alberto tuvo que recurrir a su suegro, Michael Wittstock, para que la llevara de vuelta a Mónaco y cuando este se marchó, fue relevado por su esposa, Lynette, ya que la consigna es no dejar nunca sola a Charlene, según Voici, para impedir que huya de nuevo.

Todas esas actitudes extrañas en una princesa, que además es la primera dama de Mónaco, son las que molestan tanto a Estefanía y en especial a la rígida Carolina, algo que resulta irónico, ya que sus historias tampoco compaginan mucho con las de las princesas de los cuentos de hadas.
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