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¿Por qué abdicó el rey?

¿Por qué abdicó el rey?

Revista Jet-set

Si no fuera por un infortunado accidente de caza, las indiscreciones de un funcionario palaciego, una amante superexpuesta y los malos pasos de un yerno torpe, Juan Carlos I no se habría visto obligado a renunciar al trono de España.
El rey en su cacería en Botswana en 2012 con Jeff Rann, cuya empresa cobraba 8.700 dólares a la semana por safari más otros 15.000 por cazar un elefante. Foto: Barcroft Media / Otherimages
Por: Edición 28412/6/2014 00:00:00
“Morirá en el trono”, respondían sus más fieles escuderos apenas surgía un nuevo rumor de abdicación, convencidos de que Juan Carlos I no seguiría los pasos de sus antepasados Carlos V, Felipe V, Isabel II y su abuelo Alfonso XIII, entre otros.

En casi todos los 39 años de su reinado, gozó de una gran popularidad, por haber reencauzado a la España aislada y atrasada que recibió en 1975 de Francisco Franco, dictador por casi 40 años. De él, heredó los poderes de un absolutista y su gran obra fue entregarlos todos para convertir al país en la democracia, bajo la fórmula de monarquía parlamentaria, que es hoy. Como ese carácter llano y expresivo de los Borbón, negoció con todos los bandos, estabilizó a la nación y se volvió garante de la unidad. “Yo tengo que bailar el chotis en una baldosa y sin pisar raya”, expresó una vez sobre su delicada posición.

Pero desde 2012, su favorabilidad había dejado atrás el esplendor de los años 80 y 90, época en que España se irguió como una de las economías más prósperas del mundo. La caja de Pandora la abrió un accidente que lo llevó a ser operado en Madrid por fractura de cadera. Ello no habría pasado a mayores, de no ser porque la página RannSafaris.com publicó una foto que revelaba cómo y dónde sucedió el incidente: el rey en plena cacería de elefantes en Botswana, extravagancia que alteró a los españoles, agobiados hasta la desesperación por la peor crisis económica de su historia. “¡Gandul!”, “¡trabaja!”, protestaron los indignados al recordar que el erario pagaba semejantes lujos. El rey tuvo que reconocer el error, más nada volvió a ser como antes. La bola de nieve se agigantó cuando un indiscreto funcionario de la casa del rey reveló que en Botswana, el rey había estado con Corinna zu Sayn-Wittgenstein, la princesa alemana con quien, según un viejo runrún, tenía un romance. “El huracán Corinna” fue bautizado el affaire, atizado por la actitud de la reina Sofía, quien permaneció media hora con el rey enfermo en el hospital y luego partió a Grecia. Por otro ascensor subía Corinna a hacerle compañía, dijeron testigos.

Esta plebeya convertida en aristócrata, actual asesora de Charlene de Mónaco, resultó involucrada con la otra piedra en el zapato del rey: el escándalo por corrupción de su yerno Iñaki Urdangarin, esposo de la infanta Cristina, que fue presionada a dejarlo. Ella se negó, el rey la sacó de la agenda real y los Borbón fueron blanco de abucheos cuando aparecían en público.

El rey, de 76 años, operado varias veces de distintos achaques de huesos y un nódulo pulmonar, ya no tenía el empuje moral para “bailar el chotis en una sola baldosa”, en un país convulsionado además por movimientos separatistas en regiones como Cataluña, recesión y brotes republicanos. Por eso, recuperadas las fuerzas tras varias cirugías, para que no se dijera que lo venció la debilidad física, resolvió imitar a Beatriz de Holanda, Alberto de Bélgica y Benedicto XVI, y abdicó en su hijo, el nuevo rey Felipe VI. El rumor se convirtió en la noticia más impresionante de la realeza en los últimos tiempos.
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