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Pablo Hermoso de Mendoza “La fiesta de los toros no va a desaparecer”

Pablo Hermoso de Mendoza “La fiesta de los toros no va a desaparecer”

REVISTA JETSET

El rejoneador ya había partido de Colombia cuando la Corte Constitucional ratificó la realización de corridas de toros en La Santa María de Bogotá. Se presentó en Cali, Medellín y Subachoque, y antes de viajar de vuelta a España habló con Jet-set sobre la muerte de su caballo Chenel, su amor por los animales y de la fiesta brava, que dice no morirá pero tal vez requiera un giro como espectáculo.
Reconozco que el toreo es un espectáculo casi ancestral, en un mundo en el que casi todo ha evolucionado. Esto es lo que lo hace diferente, fuerte y también criticado. Creo que la evolución nos irá marcando el camino”.
Por: 12/2/2015 18:00:00
Pablo Hermoso de Mendoza perdió su caballo más querido este año en Bogotá. Chenel murió de un cólico en las caballerizas de su amigo y representante Luigi Echeverri, antes de que el rejoneador hubiese pisado tierra colombiana. Fue enterrado ahí mismo, en esa finca en las afueras de la ciudad, y el matador siguió con sus faenas de temporada intentando no extrañarlo. Pero no pudo. “Arrastré ese dolor por Cali, Manizales, por todas las ferias del país. Cuando iba a la cuadra, pensando en sacarlo y no lo encontraba, me daba mucha tristeza. Tengo recuerdos bellos con él, pero también el pesar de saber que no está”. Basta verlo en la arena, sobre sus corceles de sangre lusitana, para recordar a los centauros de la mitología griega y tal vez entender lo profundo de su duelo.

Aprendió a montar al tiempo que empezaba a caminar en Estrella, su pueblo natal al norte de España, donde su padre se ganaba la vida guiando las romerías del Camino de Santiago a caballo. Pablo y sus hermanos adoraron a los animales de tanto cepillarlos, alimentarlos y cuidarlos. Algunas veces, cuando las peregrinaciones eran cortas, les permitían conducirlas por los senderos que se sabían de memoria desde que nacieron.

Quienes conocen el mundo taurino dicen que Pablo Hermoso es el mejor rejoneador que ha existido y los que saben de equinos opinan que no hay nadie que lo supere en la doma. Él lo explica como una simbiosis “espiritual, telepática y sentimental que va más allá del conocimiento técnico”. “Al final —dice— terminas pensando como caballo, te anticipas a sus movimientos y puedes intervenir en ellos. Llega un momento en el que la entrega es tal, que nos convertimos en uno solo”.

Tiene 48 años, cumplió 25 de haber tomado la alternativa, y sigue viviendo a las afueras de Estrella con su esposa, sus tres hijos, sus caballos y un perro llamado Boloncho que no lo desampara ni para comer. Viaja cuatro meses al año, uno de los cuales se lo pasa en Colombia, tres en México y para la temporada europea, va y vuelve en un día con sus once corceles.

Pablo es un buen conversador, un hombre espiritual que hace yoga, ama a los animales y a la fiesta brava sin contradicciones en el alma porque cree que tanto los caballos como los toros tienen un destino por cumplir. Así habló con Jet-set antes de volver a su país.

¿Los caballos tienen miedo? —Sí, el caballo sí tiene miedo, igual que tú. Pero cuando lo metes al ruedo empieza a recrearse y algunos se crecen, se siente que disfrutan cuando tienen al toro cerca y se lucen cuando lo hacen. Indudablemente siempre está este factor de la guerra, este factor violento que hoy en día muy pocos espectáculos tienen. Te enfrentas a un animal fiero y lo debes matar. Quizá la muerte del toro es una consecuencia de su vida, se crió para lucir su bravura, para exponerla. Es cierto que es una fiesta casi ancestral que se mantiene original y de ahí su fuerza. Pero yo defiendo al toro en nuestro espectáculo. 

¿Cómo lo defiende? —Casi todos los animales que se crían para carne se matan en un matadero. ¿Eso por qué no se critica? Me parece que es por hipocresía porque como no lo vemos, pensamos que no está mal. Respeto a quienes critican la fiesta, porque yo también defiendo a los animales, pero les digo que conozcan cómo vive un toro. Todos creemos que un caballo o un perro la pasan mejor porque les damos vitaminas, les compramos su mantita, los bañamos y los peinamos. Pero el perro hace pipí, come y sale a pasear cuando nosotros queremos. Ese perro vive en una auténtica cárcel. Con sus horas de recreo pero vive preso de unas costumbres. Hace el amor, si tiene suerte alguna vez en la vida, cuando nosotros decidimos. El toro, en cambio vive cuatro años, pero en libertad. Nadie se mete en su vida. Y cuando lo vamos a recoger para llevarlo a la plaza puede que lo engañemos, pero nunca lo humillamos. Le metemos unos bueyes para que los persiga, de repente pasa a un potrero más chico y cuando se da cuenta entró a una manga donde está el camión. Pero nunca se le llevó como a un toro manso, con una pila eléctrica, empujándolo para que entre al matadero donde él ve que están matando a su hermano y le da miedo. Al final el toro llega a la plaza sin haber sido sometido nunca, y en su pelea, que al toro sí le gusta pelear por naturaleza, tiene un territorio que proteger con su bravura. En esa lucha viene un enemigo que es el torero, pero es vulnerable: cuando el toro le embiste, este huye. Sicológicamente está en una de las batallas más fáciles de su vida: no se enfrenta con otro animal de 500 kilos que le empuja y agota sus fuerzas. No, él embiste y es como tú cuando te va a picar una avispa, le das manotazos y ella escapa. Para el toro es igual, y cuando llega el desenlace de su muerte, nunca la vio venir.

¿Cómo elige los caballos que saca al ruedo? —Normalmente me presento con un equipo de entre 8 y 11 caballos. Intento ir lo más cubierto posible entre dos cuestiones: una, adaptarme a cualquier exigencia que un toro me pueda plantear. Y otra cuestión es el espectáculo, a nivel coreográfico. No puedo llevar tres caballos que hagan lo mismo y sacarlos seguidos, sería monótono. Pero el único que realmente elijo es el primero porque lo sacó antes de que salga el toro. Los demás, los exige él.

Cuéntenos de Pirata, el caballo que lo defiende del toro atacándolo a mordiscos. —El caballo de rejoneo normalmente es un caballo con carácter porque tiene que enfrentar muchas situaciones difíciles en su profesión. Y Pirata tiene el modelo perfecto de carácter: lo puedes manejar, lo puedes trabajar con mucho tacto, pero que él siente que es el que manda en la vida. Ha llegado a desarrollar un sentido impresionante, que nunca yo en ningún caballo lo había vivido. Hay caballos que cuando tú, montado, los arrimas al peligro, sacan agresividad e incluso quieren pelearse con el toro, pero un caballo en libertad, en su estado natural, lo que quiere es huir. Pirata es diferente: cuando me bajo de él y me acerco a hacerle un desplante al toro, siempre se queda al lado mío, como protegiéndome. Si doy un paso, él da un paso; si me voy hacia atrás, él se va hacia atrás; y si el toro me embiste de repente, es como una ofensa y se va sobre el toro y me hace el quite arriesgando su vida, mordiéndolo, peleándose con él. Eso en un perro es lógico que lo haga, pero en un caballo es totalmente antinatura. Además tiene una gran complicidad conmigo, es cómo se pone a mi lado, cómo anda, cómo me mira. Y cuando ve al toro débil, que ya no va a embestir, de repente se da vuelta como diciendo que no hay peligro y se va.

Uno podría argumentar que el rejoneo es un espectáculo diferente al del toreo tradicional porque hay otro animal al cual cuidar… —Yo creo que a la fiesta todavía le quedan muchos caminos por innovar. Ha sido un espectáculo muy tradicionalista, se ha mantenido original desde hace muchísimos años. Pero creo que la evolución nos va a ir marcando camino.

¿Sí? ¿Faenas sin muerte? —He toreado en San Francisco y Los Ángeles, y han sido espectáculos incruentos donde no se mata al toro, ni se le clava nada y no hay sangre, y ha sido una experiencia bonita. Después, al igual que en el rodeo, el toro se va al campo de nuevo.

Para un rejoneador sigue siendo un gran espectáculo, ¿pero qué opinarán los demás toreros? —Bueno, pero todo va evolucionando. Hace años los caballos de pica salían sin peto y morían 6 o 7 en la plaza. Cuando se hizo aquel cambio parecía que se acababa la fiesta, pero hoy a todo el mundo le parece normal que el caballo salga protegido. Entonces creo que todavía nos quedan muchos caminos, pero la fiesta y el toreo no van a desaparecer.
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