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Omar Sharif, el egipcio que sedujo a Hollywood

Omar Sharif, el egipcio que sedujo a Hollywood

REVISTA JET-SET

El protagonista de filmes míticos como Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago murió solo y arruinado por el juego, después de ser uno de los artistas más ricos y mujeriegos de la pantalla grande.
Murió a los 83 años en Egipto, víctima del mal de Alzheimer, a causa del cual olvidó completamente los episodios de su carrera como uno de los actores más prolíficos y deseados de Hollywood.
Por: 24/7/2015 00:00:00
Era tan irresistible que, él mismo contó, en una semana recibió 3000 propuestas de matrimonio de admiradoras subyugadas por su belleza de sultán tenebroso, altivez de príncipe y exquisita educación. Se morían, además, por su sonrisa, gran bigote, piel acaramelada y los chispazos que emanaban de sus enormes ojos, enmarcados por unas pestañas y cejas muy negras y aterciopeladas. Además de las mujeres, Omar amaba la buena vida y por eso residía en lujosos hoteles y se paseaba por casinos y palacios, donde el jet set le hacía la corte.
Los hombres, igualmente, se rendían ante su simpatía y exotismo, como le sucedió al director David Lean cuando llegó a Jordania para preparar el rodaje de Lawrence de Arabia, sobre la vida de T.E. Lawrence, el militar y diplomático galés que marcó un hito en la revuelta árabe contra el imperio otomano, en la Primera Guerra Mundial. Omar ya era una estrella de renombre en su natal Egipto y apenas lo vio llegar para pedirle un papel, Lean le dio el rol de Tafas, el guía de Lawrence. Sin embargo, Alain Delon, el actor francés del momento, rechazó encarnar a Sharif Alí, el líder tribal que establece una complicada relación con Lawrence, interpretado por Peter O’Toole, y el director le encargó reemplazarlo. Meses después, la noche del estreno, en 1962, cuando Hollywood vio aparecer a Omar en la pantalla, en medio del desierto, a lomo de camello, la vida le cambió para siempre, pues se convirtió en una estrella mundial.
En 1965, Lean lo dirigió de nuevo como protagonista de Doctor Zhivago, otra cinta tan de culto como Lawrence de Arabia. El papel lo terminó de consagrar, aunque el actor no apreciaba mucho a aquel médico y poeta atrapado en la violencia de la revolución de 1917. Para encarnarlo, tuvo que alisarse el pelo y someterse a tratamientos faciales con cera para transformar sus rasgos orientales. Inesperadamente, la película fue un éxito de taquilla, pero un fiasco para la crítica, que calificó el papel de Omar como aburrido. “Zhivago me pareció diabólicamente difícil y no me sentía bueno para hacerlo. Me pasaba todo el día en el set con una gruesa banda alrededor de la cabeza para hacer parecer mis ojos menos árabes. Odio ese papel melodramático con mis ojos enormes y húmedos como los de una vaca”, dijo Sharif.
Aún así, desde ese momento fue uno de los actores con mayor pedido en Hollywood en los siguientes 20 años. Interpretó los más variados personajes de la historia y la ficción, como el archiduque Rudolf de Austria, el Che Guevara, el zar Nicolás II, el capitán Nemo, Gengis Khan, un maestro tirolés de la Edad Media, un príncipe florentino del Renacimiento, un abogado romano, un policía griego, un jinete afgano, un tendero turco, en fin, más de 120 caracteres. 
Antes de los 50 años, Sharif ya había besado en la pantalla a las grandes bellezas del cine, como Sofía Loren, Catherine Deneuve, Claudia Cardinale, Ingrid Bergman, Barbra Streisand y Julie Andrews, algunas de las cuales fueron sus amantes, por lo cual cobró la fama de ser uno de los grandes conquistadores del espectáculo. A pesar de ello, afirmaba: “La seducción no es mi hobby”.
La diversión por la que sí respondía eran los juegos de azar, en especial los de cartas, una herencia de su elegante madre, Claire Saada, quien disfrutaba partidas con el rey Farouk de Egipto. “Creo que no podría vivir sin tener la baraja en mi mano”, argumentaba Omar, quien reconoció su ludopatía. Tan famoso como en el cine lo fue en el bridge, en el cual brilló entre los mejores exponentes del planeta. No se perdía un campeonato y se aseguraba de que sus contratos le dejaran tiempo para participar en ellos. Escribió libros y columnas al respecto, en periódicos como el Sunday Express y The Observer.
Hizo malas películas para pagar sus deudas de juego y, en 1991, perdió un millón de dólares en la ruleta en una noche. “Tuve que vender mi apartamento en París. No me quedaban sino unos cuantos vestidos”, relató. Luego, se declaró en bancarrota y nunca más pudo gozar de los placeres de bon vivant que lo hicieron célebre. 
Omar Sharif era el nombre artístico de Michael Demitri Chalhoub, el hijo de un rico comerciante de maderas finas, Joseph Chalhoub, católico de raíces sirio-libanesas. Había nacido en 1932 en Alejandría, donde se educó en el Victoria College, un internado al estilo del aristocrático colegio inglés de Eton. Se desenvolvió en un ambiente cosmopolita, animado por los amigos griegos, ingleses, franceses y libaneses de su casa. 
Desde niño la figura más determinante de su vida fue su madre, de quién recordó: “Quería que fuera el hombre más guapo y exitoso del mundo. Cuando tenía 11 años, yo estaba muy gordo y ella se preguntó: ‘¿Dónde está la peor comida del mundo?’, y me mandó a un internado en Inglaterra, confiada en que adelgazaría a punta de no comer. Un año más tarde, estaba flaco y hablaba perfecto inglés, sin lo cual mi carrera en el cine jamás hubiera despegado”.
Se graduó en matemáticas en la Universidad de El Cairo y trabajó por cinco años en el negocio de su padre. En Londres, se formó como actor en la Academy of Dramatic Art y volvió a su patria. El director de cine Youssef Chahine lo descubrió en un salón de té de El Cairo y sintió por él la misma fascinación que años más tarde experimentaría David Lean. Fue así como nació Omar Sharif, un nombre que adoptó para que su familia no se enterara de que trabajaba como actor. Tuvo su primer papel estelar en Siraa Fil-Wadi, junto a Faten Hamama, la diva del cine egipcio, a quien amó tanto, que se convirtió al islam para casarse con ella. Se volvieron la pareja más famosa de Medio Oriente y tuvieron un hijo, Tarek, pero la llegada de él a Hollywood los alejó y se divorciaron en 1974. Sharif nunca se volvió a casar, iba de amante en amante y terminó solo y en la quiebra. El mal de Alzheimer, que le costó la vida, borró de su mente los recuerdos de su gran carrera.
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