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La esposa de Schumacher no se despega  de su marido en coma

La esposa de Schumacher no se despega de su marido en coma

Revista Jet-set

Después de vivir la perfecta historia de amor, la inseparable mujer de Michael Schumacher se aferra a la esperanza de que un milagro salve al célebre corredor, quien sigue inconsciente a causa del grave trauma que sufrió en una caída de esquí.
Corinna Schumacher esquivando a la prensa a la entrada del hospital Nord de Grenoble, Francia, donde pasa todas las tardes con el corredor. Le habla para ayudarlo a despertar del coma inducido.
Por: Edición 27724/2/2014 00:00:00
Hasta hace dos meses, Corinna tenía una vida de sueño. Su matrimonio con el corredor de Fórmula Uno, Michael Schumacher, no turbado jamás por una pelea, era un cuento de hadas, bendecido por dos bellos hijos, riqueza y comodidades. Pero un reverso de la fortuna dio al traste con esa magia y ahora ella daría todo para que el hombre que ha amado desde la adolescencia vuelva a ser el mismo apasionado de las emociones fuertes y que no dejaba de expresarle su cariño con caricias, ni siquiera en la mesa o en público. Es lo que pide todas las tardes que pasa ante la cama del hospital Nord de Grenoble, Francia, que ocupa Schumacher, a quien los médicos tuvieron que someter a un coma inducido, luego de las graves lesiones cerebrales que padeció en un accidente de esquí en las nieves de Méribel, que se había convertido en el refugio favorito de la familia en el país galo. A medida que el tiempo pasa, según especialistas consultados por la revista Paris Match, las oportunidades de recuperación del siete veces campeón de la Fórmula Uno disminuyen. A finales de enero, los médicos iniciaron un proceso para despertarlo progresivamente, pero él no ha respondido a los estímulos ni parece evolucionar. Corinna, no obstante, se aferra a la esperanza y se empeña en ayudar a curar al campeón con sus gestos de amor incondicional.

A diario, la señora Schumacher viaja hora y media hasta el hospital, a donde llega en las primeras horas de la tarde y atraviesa por puertas, ascensores y pasillos vedados al público, para evitar la intromisión de la prensa. En la habitación, vence la desgarradora impresión que le produce ver allí tendido, como inerte, a uno de los atletas más grandes y fuertes del mundo, el mismo que además de correr autos, jugaba fútbol y escalaba montañas como el mejor, y con quien aprendió a ser adulta y a lidiar el miedo, dado lo riesgoso que es el automovilismo. De la cabeza del corredor alemán, así como del pecho y las palmas de las manos, que antes manejaron con tanta destreza el volante, ahora parten cables conectados a aparatos y pantallas. Por consejo de los médicos, Corinna le habla para ayudarlo a despertar. Pero ni la más leve reacción ni susurro brota de los labios del hombre que alguna vez la elogió como la sorprendente mujer que se adaptó a su ritmo frenético de vida y lo siguió amando a pesar de que en lo mejor de su carrera, de la que se retiró en 2012, pasaba hasta 300 días del año fuera de casa. A las 6:00 de la tarde, lo deja ahí solo hasta el día siguiente, y los fines de semana, sus hijos llegan desde Suiza, donde estudian, para acompañarla en su vigilia.

Como conoce bien el espíritu agorero de su marido, Corinna ha trasladado al hospital sus amuletos de la buena suerte: un mechón de pelo de su hija Gina-Maria, de 16 años; un medallón con la imagen de su hijo Mick, de 14; la cruz de plata que le regaló Jean Todt cuando corría para la escudería Ferrari, y el brazalete Shamballa del Tibet que ella le obsequió. Firme ante su cabecera, Corinna lo contempla y recuerda que cada vez que corría un Gran Premio él solía llamarla religiosamente tres cuartos de hora antes de la largada. Otro agüero era abordar el auto solo por la izquierda. En esos días, el llamado “Barón Rojo” (por el color del uniforme de Ferrari) salió ileso de varios accidentes en la pista y de aventuras como montarse a un tiburón ballena, de modo que a su mujer le resulta absurdo pensar que una inocente caída de esquí lo tiene al borde de la tumba.

“Michael es mejor marido que corredor de Fórmula Uno”, expresó en una ocasión Corinna, quien lo conoció a los 17 años, porque era la novia de Heinz-Harald Frentzen, su mejor amigo. El trío andaba para arriba y para abajo en el ambiente de los karts y resultó que Michael y ella se enamoraron. A los cuatro años de verse por primera vez, Corinna dejó a Heinz y luego se casó con el deportista, cuya exitosa carrera le permitió tener una vida de reina. Mientras él estaba en los pits, ella velaba por la educación de los niños en su lujosa mansión con playa privada sobre el lago Ginebra, cerca de Gland, Suiza, sin el acoso de los paparazzi. Allí, ella amaestraba los 70 caballos de la familia, varios quarter americanos, con tanto acierto que en 2010 fue campeona de

reining, prueba reina de la equitación. Al cumplir diez años de casados, en 2005, él le regaló una finca en Texas a la cual se trasladaban con sus caballos. Tanto en Europa como en Estados Unidos, él manejaba el camión en que trasladaban a los costosos ejemplares y le complacía oficiar como palafrenero de su mujer.

Ante su lecho de enfermo, Corinna también evoca lo difícil que se le hizo a Michael dejar del todo el automovilismo, de modo que corría con pseudónimos o identidades prestadas en carreras de karts.

Hace dos años, los Schumacher compraron una amplia propiedad en la estación de esquí de Méribel, en los Alpes franceses. Allí construyeron una serie de cabañas para alojar a sus amigos y pensaban recibir el 2014 en la discoteca Les Saint-Pères, adonde él fue personalmente a reservar dos mesas. Pero un par de días antes de la fiesta, una roca se le atravesó mientras esquiaba y lo hizo chocar con otra que le fracturó la cabeza y arruinó su maravillosa vida, hoy amenazada por las sombras de la muerte en franca lucha con los ciegos anhelos de la mujer que a menudo se le ha oído decir: “cuando veo a Michael, me invade un sentimiento de felicidad y pienso, ‘este es mi hombre’”.
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