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Memorias de mi primer –y último– desnudo

Memorias de mi primer –y último– desnudo

Revista Jet-set

Quería hacer un desnudo para despedirme de SoHo, una revista para hombres de la cual soy director desde hace 13 años. Me parecía simbólico que, en el número en que anunciara mi retiro de esta suerte de Playboy colombiana, fuera capaz de beber de mi propia medicina y aparecer, según consta en el retrato, como dios me trajo al mundo; esto es, calvo. Y a punto de llorar. Y, naturalmente, desnudo.
“A simple vista podía augurar que tras este retrato me lloverían ofertas para protagonizar campañas. Quizás no de Bronzini o Calvin Klein. Pero con algo de suerte, la foto ayudaría a elevar el tiraje. Siquiera de la revista”. Foto: Cortesía Revista SoHo.
Por: Edición 29210/10/2014 00:00:00
Sé que en Colombia, un país en el que nadie renuncia a nada nunca, parece extraño que el director de un medio quiera irse voluntariamente, sin que medie una pelea con sus patrones o la tentación de otro puesto lo empuje a ello. No es mi caso. Por mis jefes sólo siento afecto y gratitud, y el único puesto al que aspiro es ser delantero de Santa Fe, aunque con mi nivel de juego sólo me alcance para marcar una punta. Y en Millos.

Para ser franco, venía madurando la idea de retirarme de la revista desde que aprobaron el TLC con Estados Unidos. Siempre tuve miedo de que, por culpa de dicho tratado, el país exportara Herpos a cambio de M&M’s; a Suso El Paspi a cambio de Jerry Seinfeld. Y a mí a cambio de Hugh Hefner. Y yo no quiero ser Hugh Hefner. No quiero verme en la obligación de beber, a pesar de los problemas de azúcar que vienen con la edad, sendas piñas coladas para quedar bien ante unas modelos. No quiero envejecer entre batas de seda mientras trato de parecerles gracioso a unas muchachitas díscolas que, ante el primer descuido, me esconden la caja de dientes. No quiero atravesar la tercera edad vestido con guayaberas coloridas y unas ridículas cachuchas de marinero mientras retozo con unas gemelas en una cama de satín. Al revés: siempre he creído que la maravilla de llegar a viejo es no vivir como Hugh Hefner: ganarse el derecho de no tener que gustar; vivir para que a uno lo saquen en silla de ruedas al parque y pueda observar durante horas a dos gorriones mientras se disputan una miga de pan. Podría hacer ese plan meses enteros. ¡Cuánto me gustaría ser viejo, tener una cobija escocesa doblada sobre las piernas, no aceptar reto diferente al “reto Corega”, como lo hizo Belisario, quien por eso mismo ya no abre la boca!

Cuando tenga la edad de Hefner, en lugar de corretear jovencitas disfrazado de Poncho Rentería, el único polvo al que pienso aspirar es el polvo en el que me he de convertir. Y lo único que quiero que se me pare es el corazón.

Pero más que mi mudanza a la mansión de las conejitas, me preocupaba que, a cambio, por culpa del TLC, el señor Hefner tuviera que venirse a la Bogotá Humana. Si es que aún se viene, claro. Porque su llegada traería varios riesgos: para empezar, lo instalarían en la mansión de Santiago Medina, la única casona con piscina que hay en esta tierra. La coneja que estaría dispuesta a entregarse a sudorosas noches de rumba sería María del Pilar Hurtado, que ni siquiera vive en el país. En un mes, el pobre Hefner sería invitado central en una fiesta de Vicky Turbay; Santos lo llevaría a un Acuerdo por la Prosperidad; Alejandro Ordóñez lo demandaría por no asumir “su sexualidad con responsabilidad”; Abelardo de la Espriella se convertiría en su abogado. Y, enfermo por el malsano aire capitalino, terminaría sus días haciendo una fila eterna frente a una clínica que le rechazará su POS y que, después de una tutela, le concederá una pastilla de Ibuprofeno.



***

No quería ser partícipe de semejante inclemencia contra el señor Hefner, y por eso pensaba anunciar mi retiro de la dirección de SoHo en buen momento. Pero quería hacerlo posando como han tenido que posar quienes han ayudado a que la revista sea lo que es y sin tomarme tan en serio. Era mi forma de demostrar que editar una revista de modelos no significaba convertirse en el victimario de nadie y a la vez de ratificar un concepto en el que creo, según el cual uno debe irse de los lugares en el momento en que pueda cerrarlos felizmente: bajo la luz del resplandor, cuando aún puedan echarlo de menos, y antes de que el tiempo o la suerte destruyan la buena fortuna. Y la edición de aniversario de SoHo podía ser la cima desde la cual, motivado por mi tonta vanidad, pudiera despedirme de forma aérea y redonda.

A ratos me invadían las dudas: ¿De veras es necesario abandonar la fiesta en el mejor momento? ¿Es aplicable esa idea para cualquier asunto de la vida? ¿Hay que acudir a la misma salida para prolongar la felicidad conyugal, por ejemplo?

–¿Por qué haces maletas?

–Porque atravesamos el mejor momento de nuestro matrimonio: de acá en adelante todo será en bajada, de modo que me voy.

Pero el ejemplo no aplica, porque nadie es imprescindible en la empresa, pero todos lo somos en la familia. Siempre habrá quien llene el cargo de gerente o director, pero jamás el de marido o papá de las hijas que uno tenga.



***

En la fotonovela de los 15 años de SoHo, Natalia Silva, la modelo protagonista, padece una pesadilla atroz: la nombran directora de la revista y comete el angustioso error de sacar en portada al peor de los modelos: este servidor. Con Alejandra Quintero, la editora de fotografía, procuran arreglar el retrato con Photoshop, y mientras reparchan digitalmente una foto que no tiene remedio, la modelo se despierta y comienza el día más agitado de su vida.

En la vida real, mientras tanto, yo contaba las horas para que la fecha de posar sin ruana ni calzoncillos se demorara para siempre. Pero el día llegó y el sábado 6 de septiembre, a las dos de la tarde, pasé a la guillotina.

Aquel día me vestí con jeans holgados y una franela sencilla, como he visto que lo hacen las modelos para ir a la sesiones de fotografía. Cuando me vio en semejante pinta, mi mujer me preguntó si me iba a la finca.

–Por si no lo sabes, así es como llegan las modelos al estudio. Sin maquillaje, cómodas, en jeans –le expliqué.

–¿Y la visera?

–Me da un toque moderno – le expliqué.

–¿Y el canguro? –contraatacó ella.

–Es para cargar mis cosas. Y a lo mejor me dejen cubrir con él.

La idea inicial consistía en que saldría desnudo, sí, pero me cubriría con las manos, una o ambas, según fuera necesario. O apenas unos dedos. O siquiera el meñique.

Ingresé al estudio, ocupado por un reducido equipo de SoHo

de entera confianza, del cual hacía parte la susodicha editora fotográfica, autora, ella también, de grandes portadas de SoHo;

Lucía Sotelo, directora de la agencia de modelos de la revista y productora pulida como ninguna otra existe en el país; y John Barrantes, encargado de la logística de las luces.

–Hagamos esto de un solo tirón, como arrancando un esparadrapo –imploré–; y traten de que no me sienta muy ridículo.

–Jamás te verás ridículo –me tranquilizó Alejandra–: sólo quítate la ropa y ponte la bata rosada que te dejamos allá.

Durante media hora anduve así, en medias y bata rosada, por el estudio de fotografía, mientras mis dos compañeras de trabajo saboreaban, discretamente, el momento. Caí en una suerte de pasmo que ambas aprovecharon para embadurnarme la calva con una base cremosa, echarme gotas en los ojos, desenhebrar las tres mechas que me quedan y empujarme en el set.

–¿Qué música quieres oír mientras hacemos las fotos? –me preguntó Alejandra.

–¿Tienes Silvio Rodríguez?

–¡Por favor: trata de ser más cool... ! Pide algo de moda, algo movido...

–¿Tienes Hombres G?

–¡Santo dios! –se lamentó Alejandra–, al menos pide algo viejo, pero play, tipo Procol Harum.

–¿Ese es el grupo africano que secuestró a unas mujeres en Argelia?

–¿Qué tal Rihanna?

–Nunca he oído ese grupo, pero prefiero algo más clásico.

–¿Es decir? ¿Beatles?

–Música de las esferas, instrumentos sin canto, algo clásico: Vivaldi, Mozart…, Richard Clayderman.

Al final conciliamos con algo que nos gustara a todos: Carlos Vives. El estudio quedó despoblado. Lo habitábamos únicamente la fotógrafa y su modelo, como el toro y la luna. Y a juzgar por el color de la carne y la silueta del contorno, la luna era yo.

–Llegó el momento –le dije a Alejandra con tono de prócer en el paredón–: cosifícame.

–¿Pero por qué tienes esa cara de angustia?

–Porque los medios tenemos una gran responsabilidad. Y después de esta foto impondremos a la sociedad mi cuerpo como único molde de belleza.

–¿Cuál belleza? –me respondió–: si a duras penas cabes en el encuadre.

–Toda esta que ves acá…

Y en efecto, mi cuerpo era un verdadero postre para cualquier mujer. En concreto, una cuajada; un flan en caso de estornudo. Pero, como fuera, en conjunto representaba un irresistible deleite para aquellas ejecutivas que, al fornido y sudoroso bailador de flamenco, prefieren la belleza natural: los cuerpos con llantas, las panzas fofas, las piernas que en sucesivos viajes a Melgar se han quemado de manera desigual. He acá el monumento al cuerpo del cachaco. Permítanme ponerme lírico: he acá la blancura expandida como un amanecer; el ejército sin retaguardia. El modelo que, al igual que las casas que regala el gobierno, carece de cuartos traseros.



***

Con gran sentido profesional, Alejandra se volteó y me dio la orden de quitarme la bata y los calzoncillos. Aún de espaldas, alcanzó a decirme que debía cubrirme con las dos manos, a la manera de los futbolistas en una barrera, pero con los dedos extendidos.

“Menos mal quien posa no es Vargas Lleras”, pensé.

Obedecí con juicio. Y una vez desnudo, quedé totalmente abandonado en el set fotográfico. Más que ese león que se tomaría el plató, como me había visualizado, me descubrí a mí mismo solo y miserable, abandonado como un pollo mojado en un galpón.

Recogí el pudor que se me había caído al piso, y le dije a Alejandra que quizás valía la pena suspender el operativo. Imperturbable, me notificó:

–Tápate con las manos. Cuento hasta tres y me volteo.

–¿Pero qué tal que se me vea algo por entre los dedos?

–Tranquilo que no traje el lente de aumento. Ni el microscopio.

Con la cámara de Alejandra apuntándome como un fusil, entendí que había llegado el momento. Metí la barriga. Saqué pectorales. Inflé pecho. Y me di ánimos a mí mismo: quizás este momento permitiría una reinvención en mi carrera: que a mis 40 años de vida, mi trabajo como periodista derive en el modelaje, donde hay mejores ingresos. ¿Por qué no? ¿Qué puede tener Cristiano Ronaldo que yo no tenga, aparte del porte? Además, alguna vez observé una foto en la revista Elenco en que Gregorio Pernía posaba al borde de una carretera y se tapaba la porquería con una mano, mientras con la otra echaba dedo. Quizás podía seguir sus pasos, y de modelo pueda dar el brinco a la actuación. Y de ahí a la política, como el mismo Gregorio.

De esa ensoñación me sacó Alejandra a punta de gritos:

–Mirándome de frente. Volteado. Más de frente.

Entonces perdí la voluntad, y, subyugado por la situación, obedecí sin chistar, como si me hubiera convertido en Pacho Santos, y la fotógrafa fuera mi Álvaro Uribe. En determinado momento, bajó la cámara.

–Deja de fruncir el ceño. Te voy a sacar una foto, no una muela.

Y poco a poco comencé a aflojar, hasta lograr esa comodidad que se nota en el resultado.

Durante la sesión, imaginé que el grandioso oso al que me estaba sometiendo podría ser un homenaje a mis compañeros de trabajo. A Alejandra, sí, y a Diego, y a Gloria, y a Luis Carlos, y a Lucía, y a Grillo, y a Rubio, y a todos, uno por uno: todos se pusieron la camiseta tan a fondo que la única manera de igualarlos era quitándomela. Aunque quizás un mejor homenaje a todos ellos sería un bono o un helado: no esta postal para la ignominia que legaría a las generaciones futuras. Intenté pensar, entonces, que el ridículo sideral de mi desnudo también podía ser una forma de agradecer a las modelos de la revista. Sólo faltaba yo, finalmente. Sino que, por educación, debía pasar de último.

Y mientras lo pensaba, la cámara obturaba, Vives y Adriana Lucía alternaban canciones en el iPod y yo arrugaba el entrecejo como si fuera de apellido Zuluaga. Así que en esto consistía ser un objeto. Mírenme, amigas feministas: me estoy cosificando a mí mismo.

Me cosifiqué durante 23 minutos, tiempo suficiente para que Alejandra apagara la música, me informara que ya tenía la foto y me diera la orden perentoria de vestirme en el justo momento en que yo comenzaba a soltarme.

Ella misma me mostró el resultado en su cámara y juzgué que ambos lo habíamos hecho bien. En el abdomen se observaba con claridad mi chocolatina, parecida a la de James Rodríguez, si bien la mía no está en la superficie muscular, como la de él, sino en el estómago, en proceso de digestión. A simple vista podía augurar que tras este retrato me lloverían ofertas para protagonizar campañas. Quizás no de Bronzini o Calvin Klein. Pero sí de cualquier restaurante de sobrebarriga, por ejemplo. Y con algo de suerte, la foto ayudaría a elevar el tiraje. Siquiera el de la revista.

Mientras regresaba a mi casa, pensé que lo había logrado; que con ese desnudo había conseguido cerrar mi relato en círculo, pagar cualquier culpa y hacer mi aporte en carne propia para combatir ese malsano puritanismo colombiano que se escandaliza ante un desnudo y no ante la pobreza.

Al llegar a mi casa saludé a mi mujer que, siempre de mi lado, me felicitó por haber vencido este nuevo reto.

–Ahora solo te queda asumir el de Corega –me dijo, mientras me acompañaba a guardar la visera.
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