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Melibea Garavito: un siglo de poesía en la sangre

Melibea Garavito: un siglo de poesía en la sangre

Revista Jet-Set

Ahora que se cumplen 100 años del nacimiento de su abuelo, el reconocido poeta Eduardo Carranza, y 10 del suicidio de su madre, la poetisa María Mercedes Carranza, Melibea Garavito se propone conservar la memoria literaria de su familia.
Melibea en la Casa de Poesía Silva junto al retrato de su abuelo, el poeta Eduardo Carranza, a quien define como “un hombre alto, grande y muy ceremonioso”. Foto: Imagen Reina/13
Por: 1/4/2013 00:00:00
Melibea creció en una familia donde la poesía era el pan de cada día. Su abuelo, Eduardo Carranza, fue una de las plumas más importantes del país y su mamá, María Mercedes Carranza, una gran gestora cultural. A pesar de que su abuelo murió cuando ella era una niña, alcanzaron a tener una relación muy cercana; él le traía regalos de los viajes y le contaba historias. “Me bautizaron así porque mi mamá quería hacerle un homenaje a mi abuelo, que estaba enamorado de Melibea, la protagonista de La Celestina. Pero a él no le gustó porque ya no iba a ser el novio de Melibea sino el abuelo. Así que el día que él me fue a conocer yo no le dije ‘abuelo’ sino Carrancita y me perdonó por llamarme así”.

Lo recuerda como un hombre grande, alto y muy ceremonioso. “Parecía un poeta de las antiguas épocas con su hablado prosopopéyico”. Él tuvo tres hijos: Juan, que es agrónomo y vive en Santa Marta; Ramiro, que murió en poder de las Farc, y María Mercedes, quien dirigió la Casa de Poesía Silva hasta que se suicidó en el 2003.

Sus primos tienen distintos intereses y ella fue quien heredó la pasión por las letras. Estudió Literatura en los Andes y adquirió el compromiso de que la poesía de su mamá y de su abuelo no quede enterrada con ellos. Lo hace no solo por una responsabilidad histórica, sino también por un acto de amor. Apoya a su tío Juan en la promoción del 2013 como el Año Carranza, declarado así por el Congreso con motivo del centenario del nacimiento de Eduardo Carranza. El 23 de abril harán un evento conmemorativo en la Biblioteca Nacional, a la cual la familia donará el archivo fotográfico del escritor. Durante el año se realizarán conversatorios con escritores que contarán cómo los influenció los versos de Carranza y leerán sus poemas. Además, el Fondo de Cultura Económico publicará la segunda edición de la antología de la obra del poeta llanero.

La historia continúa


Melibea tiene en la memoria de su computador seis libros de poemas escritos por ella que no ha publicado por miedo a ampararse en la tradición de su familia. “Siempre me pregunto qué pensará mi abuelo o mi mamá de mis textos, aunque ellos ya no estén”. Alguna vez le mostró a su mamá algunos de sus escritos. “Los primeros le parecieron horribles, me dijo que yo tenía como un anhelo de filosofar y que no debería hacer eso. Al final leyó un par de cosas y ahí me miró con otra cara y me dijo: ‘Esto me gustó’”.

El perfeccionismo y espíritu crítico lo heredó de su papá, el reconocido periodista Fernando Garavito, que firmaba bajo el seudónimo de Juan Mosca, fallecido en un accidente de tránsito en el 2010. “Mi papá se dedicó toda la vida a hacer periodismo de opinión, pero en el fondo de su alma siempre quiso ser poeta. Empezaba un libro, llegaba hasta un punto y ahí paraba y empezaba con otro. Mis hermanos y yo guardamos como quince libros que él dejó sin terminar. En un futuro me gustaría darle salida a eso porque escribía muy bonito”.

Melibea dice que su prosa no se puede comparar con sus antecesores, simplemente porque pertenecen a tres generaciones diferentes. “Para mí la poesía de mi abuelo es un poco más distante. Él era un donjuán, todos sus poemas parecen más bien piropos, eran como ‘alta Alicia que del valle bajas con el río que se envuelve en tu pelo’. Cuando yo leí eso dije: ‘Alicia debió quedar flechada con ese poema’. Mi mamá era mucho más emocional y profunda. Yo soy más infantil en la forma de ver la vida. Escribo sobre la naturaleza, los animales, las nubes o lo que me inspire el día”.

No tiene reproches con su mamá porque se quitó la vida. “Creo que la muerte es un paso a otro espacio y cada quien tiene el derecho a decidir si se quiere morir o no. Comprendí perfectamente que ella se despidiera de esa manera”. Sin embargo, dice que con la llegada de sus dos hijos, Noah, de 4 años, y Malak, de año y medio, se sintió un poco huérfana. “Me hubiera gustado que ella estuviera presente, pero la vida sigue”.

Ahora está dedicada a criar a sus hijos. Hace un año se fueron a vivir a La Mesa, Cundinamarca, para que los niños crecieran rodeados de naturaleza y alejados del caos de la ciudad. Desde el 2000 no ve noticieros ni lee el periódico. “Este país es muy complejo y hay mucha corrupción. Yo salía a la calle y llegaba a mi casa desgarrada. Un día mi esposo me dijo: ‘Tú por qué lloras tanto’. Había muchas cosas que quería cambiar, pero no podía. Ahora vivo en el campo y colaboro desde donde puedo, que es educando bien a mis hijos y sin maltratar a nadie”.

De vez en cuando, ella y su esposo, el músico Juan Gabriel Turbay, hermano de la exreina Paola Turbay, toman yagé –una sustancia alucinógena que ha sido usada desde tiempos inmemoriales en las comunidades indígenas–. Según ella, eso les cambió el lente con el que miran las cosas. “Antes era más dramática y estaba centrada en la muerte. Ahora estoy más liviana y centrada en la vida”, remata.
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