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Máxima de Holanda: una reina latinoamericana

Máxima de Holanda: una reina latinoamericana

Revista Jet-Set

Con la abdicación de la reina Beatriz, la esposa argentina del nuevo rey Willem-Alexander se convierte en la primera plebeya en ocupar un trono europeo en el siglo XXI. ¿La seguirán para siempre las sombras de su pasado familiar?
Nació en Buenos Aires en 1971, es economista y trabajaba como bróker en Nueva York cuando conoció a Willem-Alexander en 1999. Aquí luce una corona que perteneció a la reina Wilhelmina. Foto: Erwin Olaf/Casa Real de Holanda
Por: 7/2/2013 00:00:00
Holanda ya la llama “la soberana de la eterna sonrisa”, pero hace una década, cuando apareció en la escena de esta nación de vieja tradición monárquica, pocos daban un centavo por ella. En los casi dos siglos de existencia del trono, la casa de Orange-Nassau había seguido la costumbre de emparentar con gente de sangre azul, así que cuando Willem-Alexander, el heredero de la reina Beatriz, anunció su decisión de convertir a una nativa de la lejana Argentina en su consorte, la conmoción fue general.

Sin embargo, el que Máxima Zorreguieta proviniera de Suramérica era algo con lo que el país podía lidiar, haciendo honor a la tolerancia y amplio espíritu democrático que lo ha caracterizado siempre. Lo malo estaba en la familia de la novia, cuyo padre, Jorge Zorreguieta, había sido ministro de la dictadura militar a la que estuvo sometida Argentina desde 1976, específicamente durante el régimen de Jorge Videla. En ese gobierno y los siguientes, como se recuerda, se cometieron crímenes de lesa humanidad que afectaron a miles de víctimas. El hecho de que el padre de la futura reina hubiera participado en un gabinete con semejante prontuario sí que resultaba inconcebible en este rico país que financia proyectos de defensa de los derechos humanos en todo el mundo y es sede de la Corte Penal Internacional, que juzga estos delitos.

El escándalo llegó al Parlamento holandés, cuya investigación concluyó que habiendo ocupado tan alta posición era improbable que Zorreguieta no supiera, como lo sostenía, de los desmanes de la llamada Guerra Sucia. Pero finalmente el legislativo dio su aprobación al matrimonio, necesaria por orden constitucional, pues, en últimas, Máxima no había hecho nada malo.

En ese momento, desde los escándalos de Diana de Gales, la realeza había empezado a comprender que necesitaba mudar de piel, “abrirnos más”, como diría la reina Sofía de España, una de las pocas consortes de sangre azul que quedan en Europa. Además ya estaba el precedente de la liberal Noruega, que había soslayado el complicado pasado de otra plebeya, Mette-Marit Tjessem Høiby, madre soltera y exaficionada a las drogas, aceptada como esposa del futuro rey Haakon.

Así, antes que la divorciada Letizia Ortiz Rocasolano en España, a Máxima le tocó revolcar los usos de la realeza, amparada por el gran amor de su príncipe, quien la llevó al altar en una pomposa ceremonia el 2 de febrero del 2002 en la Nieuwe Kerk (‘Nueva Iglesia’) de Ámsterdam, el mismo templo del siglo XV donde serán investidos (en Holanda no se estila la coronación) el próximo 30 de abril.

En su matrimonio, Máxima pagó el precio de los nexos de su padre con la horrenda dictadura, pues Zorreguieta y su esposa María del Carmen Cerruti no fueron invitados. Vestida por Valentino, ella hizo su entrada a la iglesia con los acordes de un tango de Piazzolla que le arrancaron lágrimas de nostalgia por su patria, pero también por la ausencia y el rechazo a su padre. Pero a medida que se fueron sucediendo las emociones de convertirse en princesa, rodeada por toda la realeza y en las primeras planas de todo el globo, Máxima cambió los sollozos por una sonrisa que no ha dejado de lucir desde entonces.

La nueva reina de Holanda nació en Buenos Aires en 1971 y creció en Barrio Norte, un sector acomodado de la capital. Estudió en la Northlands School y en la Universidad Católica Argentina, donde obtuvo su grado de Economía, el cual le permitió incursionar en el mundo de la banca. En 1999 trabajaba como bróker en Nueva York para la firma Dresdner Kleinwort Benson, cuando en una escapada a Sevilla (España) conoció a su actual esposo. Él simplemente se le presentó como Alexander, para ocultar su verdadera identidad, y la siguió a la Gran Manzana, donde comenzó el romance. Tiempo después, cuando le dijo quién era realmente, ella pensó que bromeaba.

La princesa de Orange terminó ganándose a los holandeses con su carácter alegre y su glamour, pero especialmente por haberle dado al reino tres herederas, Catharina-Amalia, Alexia y Ariane, quienes aseguran la continuidad de la dinastía.

Desde abril será llamada reina, con tratamiento de su majestad, al igual que su marido, un histórico acontecimiento al que tampoco asistirán sus padres, como ella misma se lo anunció a la nación, a la cual, ahora menos que nunca desea desagradar.
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