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Martin von Hildebrand, guardián de la selva

Martin von Hildebrand conoce mejor que cualquiera la selva amazónica colombiana y fue el compañero de Héctor Abad en el viaje que inspiró las crónicas que publica cada domingo en El Espectador. Este antropólogo que durante 40 años ha defendido los derechos de las comunidades indígenas, lanzará en agosto su primer libro, Guardianes de la selva.

Martin von Hildebrand, guardián de la selva. Martin von Hildebrand recibió el premio Nobel Alternativo en el 2000 por la creación de gobiernos locales entre los indígenas. Foto: Gerardo Gómez/12

Martin von Hildebrand recibió el premio Nobel Alternativo en el 2000 por la creación de gobiernos locales entre los indígenas. Foto: Gerardo Gómez/12

“Yo no soy un explorador”, es lo primero que dice Martin von Hildebrand, después abrir las puertas de su edificio en el barrio La Macarena de Bogotá y subir hasta la terraza sembrada de naturaleza. Con un acento muy bogotano, que no concuerda con sus rasgos europeos, explica que tal vez lo fue en 1971, cuando se embarcó en un viaje de cinco meses para descubrir la selva amazónica. Ya han pasado cuatro décadas de esa aventura, que dejó de serlo para convertirse en una realidad que hoy se llama Fundación Gaia Amazonas, y que funciona en cuatro de los seis pisos del edificio que también habita.

Martín, como le dicen todos sus colaboradores a este doctor en Arqueología y Sociología, es colombiano. A pesar de que nació hace 68 años en Nueva York y que viene de una familia de inmigrantes de Irlanda y Alemania, dice que “no soy consciente de que tengo pinta de extranjero. Me siento totalmente identificado y cómodo en este país en el que la gente tiene una alegría de vivir constante. Colombia me fomenta el optimismo y me enseña que las cosas se pueden hacer a pesar de las dificultades”. Problemas que no lo han detenido en su propósito de defender una cultura minoritaria, humanizar el diálogo y tratar a los indígenas con respeto.

¿Cuál fue su primer llamado de la selva? -En 1969 pensaba ir a la Sierra Nevada a encontrarme con los Kogui, pero el rector de la recién creada facultad de Antropología de la Universidad de los Andes, Gerardo Reichel-Dolmatoff, me recomendó que buscara a un pueblo Tanimuka del que nadie había hecho ningún estudio. Fueron cinco meses atravesando a remo los ríos Vaupés y Amazonas.

¿A qué fue
? -Cuando llegué al río Apaporis, los indígenas más viejos me preguntaron lo mismo. Les dije: a oír lo que tienen para contarme. En las noches, cuando bajaban los espíritus de sus ancestros, me narraban sus cuentos de venados, jaguares y tigres. Las historias de la mitología griega, que conocía desde niño, me acercaron a ellos a través de la palabra.

¿Los indígenas tienen más para ofrecerle a la cultura occidental de lo que nosotros tenemos para ellos?
-Ellos trabajan a través de la meditación, en curar a distancia y manejar las energías. Antes creíamos que la toma de yagé era diabólica y de drogadictos, hoy sabemos que tiene una profundidad sicológica, de pensamiento y de comunicación del ser humano de articularse con la naturaleza, algo que nosotros recién estamos descubriendo.

¿Cómo lo impactó esa cultura? -Me da una dimensión de que el ser humano es naturaleza y si ella no está bien, el individuo no puede estar bien. Me hace consciente de la gravedad del cambio climático del planeta. Tengo una visión del mundo más holística y más integrada. Lo espiritual es algo tan concreto como una mesa, aunque los sentidos no logren captarlo. Por eso, me interesan los avances en la filosofía cuántica y la apertura hacia diferentes universos.

Cuando se acercó a la selva, ¿se dio cuenta de que esa era su misión y la razón de su vida?
-A medida que me he ido involucrando, mi amistad y acompañamiento con los indígenas crece. Me impacta que los occidentales se sientan con el derecho de invadir su territorio, explotar sus recursos naturales, y negar sus valores culturales y su religión.

¿Cómo se convirtió en el guía de Héctor Abad en la selva?
-Nos conocimos en el viaje planeado a través de Gonzalo Córdoba, presidente del consejo editorial del diario El Espectador. Es un primer paso que ya había sido adelantado en unas conversaciones que tuve con Alejandro Santo Domingo, en Nueva York, para crear conciencia y acercar a la gente a la selva. Es tiempo de que el país, la prensa y la empresa privada se conciencien de que somos multiculturales, que debemos aprovechar los recursos para construir el país.

¿De qué se trata su primer libro?
-Guardianes de la selva es un recuento general de los logros de 22 años de la Fundación Gaia Amazonas. Escribir es lo que quiero hacer ahora, y dejar que a partir del próximo año mi hijo Francisco se haga cargo de la dirección de la fundación.

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