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Marco Pastrana, un sommelier de gran altura

Marco Pastrana, un sommelier de gran altura

REVISTA JET-SET

El ‘Audi man’ de Colombia dejó su cargo en la gerencia hace tres meses para dedicarse a otra de sus pasiones: el vino. Desde Marvinik, su nueva empresa, asesora a sus clientes en la selección de la cosecha perfecta para la compañía y el momento adecuados.
El nombre de Marvinik fue inspirado en uno de los lugares favoritos de Marco Pastrana en Barcelona, el winebar Monvínic, donde además de ofrecer vinos de todos los países del mundo, tienen biblioteca y centro de investigación.
Por: 25/6/2015 00:00:00
Durante los últimos siete años, Marco Pastrana de la Cruz fue el gerente de Audi Colombia. El cargo de ‘Audi man’, como lo llaman en Alemania, llegó a su vida gracias a la Maestría en Gerencia, Innovación y Desarrollo que hizo en ese país, y a sus especializaciones en Corea y Japón como ingeniero mecánico. Debido a su pasión por los automóviles de alta gama y todo el lujo que los rodea, viajó por todo el mundo. Sin embargo, el aviso de su médico de que debía soltar el acelerador y buscar una actividad que le garantizara tranquilidad, lo llevó directo a la Escuela Argentina de Sommeliers. Sin dejar de atender a los clientes ávidos de conducir el último modelo del carro alemán, Marco se transformaba cada noche, de 7:00 a 10:00, en el más aplicado aprendiz de vinos y destilados. “Desde el primer día supe que eso era lo mío”. Fueron dos años de preparación. Marco recibió el título de sommelier profesional y empezó a madurar su nuevo proyecto: Marvinik. 
Lo que antes era solo un hobby al que le sacaban provecho sus amigos que le pedían consejo sobre cuál era la mejor botella para celebrar un aniversario o lograr una reconciliación, hoy es su empresa. Fiel a su gusto por la precisión, Marco se encargó de cada pormenor: él mismo se craneó el logo de Marvinik, con la “v” diseñada como una copa de vino llena hasta la mitad. Montó una página web. Creó los empaques. Todo. Entre sus clientes están Jose Gaviria, Giselle Lacouture, Mónica Fonseca, Juan Pablo Raba o Camilo Russi, y otros que prefieren mantener su nombre en secreto. A ellos les enseña qué es una cepa blanca italiana grillo de Sicilia, o una garnacha del sur de Francia. Pero también les insiste en que “se aprende a degustar los buenos vinos, no bebiendo sino viviendo”. Marco no solo elige la mejor botella, sino que con ella entrega una tarjeta que habla de las características del vino: “Pinot noir 2008. Oregón, Estados Unidos, cosecha histórica en 15 años. Solo llegaron a Colombia 15 botellas”.
Cuando alguien busca los servicios del grande Marco, quien mide 1,98 metros, él nunca le pregunta qué tipo de vino le gusta. Averigua qué va a hacer y cuál es la experiencia que quiere tener. “Si me dice: ‘Voy a estar en una chimenea, de noche, en tertulia’, también necesito saber cuántas mujeres están invitadas, las edades, cuántas copas pueden beber”. Si la asesoría es para un paseo en lancha él concentra su atención en el lugar a donde van y la música que van a oír. “Si es una rumba de reguetón en la isla Cholón en Barú, y las mujeres quieren tomar vino, debo mandarles uno muy refrescante que los mantenga hidratados y no les despierte el hambre”. Cuida cada detalle, se fija en que las cepas no sean tan fuertes, que a las dos copas la gente no se sienta muy prendida con el sol, o que al mezclar con un whisky no se les dañe la fiesta.
Para este bogotano, criado por sus padres, Marco Pastrana Pastrana y Lola de la Cruz, en el mundo de la diplomacia, el vino significa todo un ritual. En los diferentes países en los que vivieron también le cogió el gusto a la comida gourmet y cuando regresó a Bogotá a estudiar en el Colegio San Carlos, siguió la misma línea. Exploró los restaurantes más importantes de la ciudad y tuvo la fortuna de estar siempre rodeado de adultos que disfrutaban de la buena mesa siempre acompañada del vino perfecto. Vivía metido en la españolísima cocina de Saturnino Pajares y Fernando Salinas, y “después, cuando inauguraron Harry’s, no salía de allá”. 
En sus viajes siempre saca tiempo para visitar los mejores restaurantes. Habla con los chefs o los sommeliers y logra que saquen de sus cavas los vinos más excelsos. En Nueva York va al Blue Hill que tiene una estrella Michelin; en París, visita al chef Jean-Pierre Vigato en Apicius, ubicado en una maravillosa mansión del siglo XIX, pleno centro de la Ciudad Luz; y si está en Miami no puede faltar a Zuma, que le recuerda sus años de estudiante en Japón.
Marco celebra esta nueva etapa de su vida con su esposa, Silvia Palacio, y su hija Martina de 3 años. Para brindar, el experto escoge la cava Millesimé del año 2007. No podía ser nada menos: “Millesimé quiere decir que en esa añada pasó algo extraordinario que no se vuelve a repetir en muchos años”, explica.
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