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Los placeres del columnista y periodista Antonio Caballero

Los placeres del columnista y periodista Antonio Caballero

REVISTA JETSET

Por extraño que suene, acaba de salir el libro de cocina de Antonio Caballero. El columnista y periodista, que también es caricaturista, pero no precisamente chef, dice que su fuerte está en uno de los mejores pecados de la vida: la gula.
Antonio Caballero es más confiable escribiendo de cocina que cocinando. Reconoce que odia las verduras y que lo único que sabe hacer son sándwiches y huevos en diferentes variedades.
Por: 12/2/2015 18:00:00
Con la agudeza que lo caracteriza, el columnista se ocupa en su libro de los placeres que entran por la boca. Habla de comida y de bebida como gourmet, sibarita, no como cocinero. “Yo lo único que sé hacer son sándwiches o huevos”, dice con una leve sonrisa en su rostro. Pero eso no significa que no pueda opinar sobre uno de los placeres de la vida que es comer. “Cuando yo empecé a escribir de toros o de política no sabía nada y me tocó aprender. Lo mismo me pasó con la cocina, ese precisamente es el oficio del periodista”, afirma.

Este libro permite conocer una faceta más dulce del más ácido columnista del país. Resulta sorpresivo leer que, en su niñez, este tipo huraño correteaba pavos de Nochebuena en la casona de Tipacoque que tenían sus padres en el norte de Boyacá. “Lo obligábamos a correr para que se le regara por las venas y le aromara las carnes el par de aguardientes pichón de Santander que le obligábamos a beber abriéndole el pico por la fuerza con unos alicates. El pavo se balanceaba ebrio sobre sus patas negras y moradas, y se quería dormir. Pero no lo dejábamos”, recuerda en uno de los apartes del texto. Aunque aclara que el sabor del pisco nunca fue uno de sus predilectos.

Comer o no comer está dividido en tres secciones: “Todo es bueno”, “Todo es malo” y “Todo depende”. La primera parte
es una oda al buen comer: a la mazamorra chiquita, a los cojones de toro de lidia, pero también al cigarrillo, que se arrepiente de haber dejado. La segunda sección es una crítica a la comida basura y al tinto doble y aguado. En la última parte habla desde la comida del avión hasta del placer de fumar marihuana. “Me encantó el olor, me gustó el sabor, también el crepitar de las semillas que a ratos estallaban en el interior del grueso varillo de papel de biblia”. Cuenta que dejó de fumar cuando el veneno químico que tenía la hierba de la Sierra Nevada de Santa Marta se volvió perjudicial para la salud y tuvo que empezar a comprársela a los marimberos californianos.

¿Por qué un libro de cocina? —Más que un libro de cocina es sobre el placer de comer, pues yo no soy cocinero.

¿Cuándo nace ese placer de comer? —Desde la teta materna.

¿En su casa se comía bien?
—Bien en el sentido de abundantemente, pero en realidad mi mamá no era cocinera y cuando había algo bueno se lo daban a mi papá.

¿Qué le gusta comer y qué no?
—En general no me gustan las verduras, con algunas excepciones. Me gustan las cosas que hacen bastante daño, como el cerdo. También la comida mediterránea y la española en general, sobre todo la de Navarra, pues me gusta mucho el pescado.

¿Es bueno para probar?
—No soy bueno, pero sí pruebo. Uno de mis planes es ir a restaurantes.

¿Hay algún plato que le gustaría probar?
—No me he atrevido, pero tampoco me gustaría, comer gusanos como lo hacen en el Amazonas. He probado dos o tres variedades de insectos, unos me han gustado y otros no. Las hormigas culonas me gustan mucho.

En el libro habla del placer de fumar… —Yo dejé el cigarrillo hace ya bastantes años por un libro de un señor Carr que me convenció de que, a diferencia de lo que creía, fumar no era un placer sino un vicio. Ese señor me quitó un placer y no se lo debería agradecer. En realidad no gané nada dejando de fumar, la tos sigue igual

También habla del placer del alcohol, ¿le gusta beber? —He sido muy rumbero y muy fiestero, aunque hace muchos años no me emborracho. Me gustan el vino, el whisky y, ocasionalmente, otros tragos como el tequila, la ginebra y el ron. La cerveza no mucho, realmente.

¿Es más fácil escribir de política que del buen comer? —Lo que pasa es que la política todos los días brinda una oportunidad, en cambio en la comida uno se repite. Ahora hay un exceso, todos los periódicos tienen páginas enteras de gastronomía o de tragos. Yo empecé a escribir en Semana Cocina hace como 20 años.

¿Sabemos comer en Colombia? —En Colombia se sigue comiendo muy mal a pesar de que ahora hay buenos restaurantes. Creo que el saber comer es una cosa que se transmite a través de las mamás y solo ahora ellas están empezando a conocer una cocina un poco distinta a la elemental. En Colombia, como digo en el libro, las cosas se pasan de cocción. Uno acá en un restaurante ve que todo el mundo pide la carne tres cuartos y eso me parece un error porque se pierden todos los jugos y buena parte de los sabores. A mí me extraña mucho que aquí no haya buenos restaurantes chinos o árabes habiendo tantos árabes en el país.

¿Qué le gusta de la comida colombiana?
—El maíz en todas sus formas: la arepa, la mazorca asada. Me gustan mucho las papas, que también son completamente andinas.

¿Quién le cocina? —Por lo general como en restaurantes. Tengo una muchacha que viene tres días a la semana y me deja arroz hecho. Si no, pues me preparo un sándwich o un huevo, que es lo único que sé hacer.

¿Cree en la comida como afrodisíaco? —No. Todos los placeres están asociados, pero no creo que los unos conduzcan a los otros. Nunca he ensayado comer esas cosas asiáticas que recomiendan, tanto como el cuerno de rinoceronte o la garra de tigre. Creo que los afrodisíacos son mucho más sicológicos que fisiológicos, salvo los químicos como El Viagra.

En el libro habla de la gula, ¿sufre de ese pecado? —No creo que la gula sea un pecado, es más, la mayor parte de los pecados no creo que lo sean. Un pecado es algo que a uno lo hace sufrir.

En ese sentido, ¿desear la mujer del prójimo tampoco es un pecado? —Tampoco, es algo que lo puede llevar a uno a complicaciones, pero no es un pecado. A las religiones, especialmente a las monoteístas, les encanta prohibir y tal vez por eso es que a mí no me gustan las religiones en general. No me gusta que me prohíban nada.
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