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Los Guerrero- Fernández de Soto en Tanzania

Los Guerrero- Fernández de Soto en Tanzania

Revista Jet-set

Julián Guerrero, secretario privado de Andrés Pastrana cuando era presidente, y su esposa Ana María Fernández de Soto cambiaron su vida en Holanda por otra más audaz en Arusha, una ciudad africana. Ella trabaja en el Mecanismo para los Tribunales Penales Internacionales y él guía las expediciones de su empresa de safaris, Msumbi.
Cuando Julián sale con su hijo, Simón, confirma que no fue un error decidir irse a vivir a Tanzania. “Queríamos que creciera en contacto con la naturaleza y no encerrado entre cuatro paredes”. Foto: Archivo particular.
Por: Edición 29123/9/2014 00:00:00
A Arusha, Tanzania, se llega desde Colombia, después de 16 horas en avión. Está en las profundidades de África y es la meca de la vida salvaje en el mundo. También, por extraño que parezca, esa pequeña ciudad donde la mayoría de carreteras no están pavimentadas, es sede de varios organismos internacionales como la Corte Africana de Derechos Humanos, la Comunidad de Países del Este de África, y el Mecanismo para los Tribunales Penales Internacionales.

En últimas, cuesta pensar que un colombiano, con carrera de político, haya decidido un día colgar la corbata e irse a vivir a esas lejanías con su esposa y su hijo recién nacido. Pero la vida de Julián Guerrero, quien fue secretario privado del presidente Andrés Pastrana, se ha movido entre los extremos desde que era un niño y aprendía del trabajo social que realizaba su madre, Cruz Elena Orozco, y en sus ratos libres navegaba a vela en el Lightning de su padre, también llamado Julián.

Hace más de diez años se fue de Colombia. Ha vivido en Francia, Inglaterra, Holanda, Estados Unidos, Tanzania y en un velero, en el que navegó seis meses para certificarse de capitán de barco, un sueño cumplido, y gracias al cual se precia de haber surcado los siete mares.

En ese ir y venir, entre leyes y aventuras, se casó con Ana María Fernández de Soto, hija del excanciller Guillermo Fernández de Soto, una abogada estructurada y profunda como él, especializada en derecho penal internacional. Su matrimonio fue en la iglesia de San Pedro en Cartagena adonde llegaron los amigos de todas partes del mundo y la sociedad bogotana.

Hace dos años, la naciente familia parecía estar cómoda y felizmente asentada en La Haya, donde él era asesor especial de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, y Ana María se desempañaba como abogada de la misma entidad. Ella acababa de dar a luz a Simón, su primogénito, por eso Julián supuso que el ofrecimiento que le hicieron de los Tribunales Penales Internacionales de Arusha sería rechazado. Así que cómodamente le preguntó: “¿Tú que piensas?”. Y ella contestó que este era uno de sus sueños.

La pareja empacó maletas y en cuestión de semanas ya vivía en una casa con jardín, donde abundan los camaleones, pájaros exóticos y una que otra culebra peligrosa. Los cinco grandes –así le llaman a los leones, leopardos, búfalos, elefantes y rinocerontes–, se encuentran en los parques naturales que están cerca de la ciudad: el Serengueti, por ejemplo, el más grande del mundo, famoso por ser el centro de la migración de ñus, está a seis horas en carro; y al Kilimanjaro, la montaña más alta de África, se llega después en solo dos.

Julián entonces decidió convertir su hobby en una profesión y en poco tiempo ya tenía su blog Naturalia.me, donde él y los demás amantes de la naturaleza pueden subir sus videos de animales en su hábitat. Valga aclarar que el expolítico y diplomático había hecho una maestría en cine documental y vida salvaje, algunos años antes de imaginarse que podría trasladarse a Tanzania de tiempo completo. Y como es defensor de la naturaleza también se dedicó a estudiar cómo funcionan los safaris en Arusha –la ciudad de donde parten casi todos los que van a visitar los parques nacionales– y entendió que la mayoría de las veces son guiados por nativos del lugar, que perfectamente conocen la región pero no están preparados para mostrar con criterio científico lo que sucede en las entrañas de los ecosistemas. Por suerte se cruzó en el camino con Sandra Cárdenas, otra colombiana que hace 20 años tuvo como destino a Arusha con su marido, Ulf Kusserow, el cónsul honorario de Alemania en Tanzania, y se asoció con ellos para montar Msumbi Safari, una compañía de expediciones temáticas, a la cual acuden los amantes de los animales, que quieren adentrarse en el Serengueti, o los fotógrafos profesionales que necesitan tiempo y espacios para obtener buenas imágenes; u ornitólogos que solo quieren observar pájaros; o escaladores que quieren llegar a la cima del Kilimanjaro.

Él ya perdió la cuenta de la cantidad de safaris que ha dirigido. Un par de veces al mes se adentra en las profundidades africanas y aunque ofrece hospedajes de máximo lujo, él prefiere las tented camps, o carpas grandes con baño y agua caliente donde se está en contacto directo con la naturaleza y los animales.

Su vida en Arusha dista mucho de la que llevaba en Holanda y hace ya dos años que sus vestidos de diplomático están guardados, bajo llave. Ana María es la que lleva vida de oficina, y sale temprano a trabajar para que los genocidas y criminales de guerra paguen por sus delitos. Simón, el bebé, asiste a una guardería ubicada en medio de un lindo bosque de acacias y como las condiciones son precarias, tienen un seguro médico que incluye hasta envío de helicóptero en caso de que alguien tenga un accidente extremo. Julián ahora pertenece a todas las asociaciones de guías de safaris y guardabosques, está vinculado con proyectos de conservación ambientales y ha contribuido con sus escritos en contra de la caza furtiva de animales.

En fin, la familia Guerrero-Fernández de Soto, es feliz en la meca de la vida salvaje, pero aseguran que regresarán a Colombia, en un momento dado, a poner en práctica en este lado del globo terráqueo, lo que aprendieron en África.
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