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Los ángeles gitanos de Ruven Afanador

Los ángeles gitanos de Ruven Afanador

Revista Jet-set

El artista retornó a la tierra del flamenco para retratar a varios gitanos que desafiaron la masculinidad con algunos atuendos, maquillajes y accesorios de mujer. Las fotografías fueron recopiladas en el libro Ángel gitano, que siguió la misma línea de las bailarinas y cantaoras de la publicación Mil besos.
El artista colombiano captura el alma española a través de algunos cuerpos semidesnudos extasiados por el canto y el baile. Foto: ©Ruven Afanador.
Por: Edición 29210/10/2014 00:00:00
Con el libro Ángel gitano, el fotógrafo bumangués Ruven Afanador regresó a sus obsesiones por el universo español donde reinan el cante jondo, el zapateo flamenco, las peinetas, las faldas de arandelas, las mantillas y los chales que se ven en Sevilla y Jerez de la Frontera. Lo curioso de las fotografías es que estos elementos femeninos entran en yuxtaposición únicamente con los cuerpos masculinos, bravos, fuertes y semidesnudos. En Ángel gitano no hay mujeres, a diferencia del matriarcado sevillano que retrató en Mil besos, su anterior publicación.

Sin embargo, los dos libros se comunican entre sí a través de cientos de imágenes que congelan seres adoloridos, etéreos, pintorescos, extraños, poderosos, arrebatados, sufridos, demenciales, arrogantes, algunas veces andróginos, jadeantes, malévolos, lascivos, excéntricos, orgásmicos y sombríos, pero menos risueños. Los hombres y mujeres de Afanador pocas veces sonríen.

Por algo, la crítica especializada suele comparar los personajes “ruvenescos” con los protagonistas más oscuros de las obras de García Lorca, Picasso, Dalí, Carlos Saura, Gabriel García Márquez y Pedro Almodóvar. Cada fotograma de Afanador es una puesta en escena teatral, o, por qué no, cinematográfica, con los elementos del maquillaje y vestuario llevados a la máxima expresión. De ahí que el escritor Héctor Abad Faciolince se refiera al artista colombiano como el fotógrafo barroco o de estética recargada.

En Ángel gitano, el maestro de la fotografía atiborra de maquillaje los rostros de los modelos, pero además los adorna con máscaras y velos; mientras forra sus cuerpos con faldones, mallas de toreros, trajes de lunares coloridos, atuendos de encajes y corsés. Una danza en la que estos ángeles mundanos abrazan la estética femenina sin complejos. Los seres alados que se ven en las imágenes en blanco y negro están más cercanos al éxtasis que produce el sexo, el baile y lo pagano que al martirio propio de los íconos religiosos.

En su nueva obra, Ruven Afanador trabajó con los miembros de las dinastías más encumbradas del flamenco. Los Farrucos, por ejemplo, cuya rasgo familiar es la piel aceituna, el carácter fuerte, el temple y la bohemia aún para zapatear y cantar frente a la muerte.

De manera increíble, la conexión del creador santandereano con el mundo del flamenco nació lejos de España, puntualmente en su casa de Bucaramanga, donde las mujeres se reunían para escuchar este género musical y otros no menos dramáticos, como la ranchera, el tango y el bolero. El artista emigró con su familia a Michigan, Estados Unidos. Era un adolescente de catorce años. Hoy, cuatro décadas después, su sangre y origen latino lo dominan.
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