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Los 50 años de Estefanía de Mónaco, la princesa rebelde

Los 50 años de Estefanía de Mónaco, la princesa rebelde

REVISTA JET-SET

Después de vagar con maleantes, hacerse amante de los sirvientes de palacio y fugarse con un circo, la hija menor de Rainiero III y Grace de Mónaco dice no arrepentirse de su pasado.
“Las arrugas no me dan miedo si son el testimonio de una existencia que hemos amado”, dice su serenísima alteza, quien no oculta sus canas ni ha recurrido a las cirugías plásticas para mitigar el paso del tiempo.
Por: 27/2/2015 00:00:00
“¿Rebelde yo? Solo era una jovencita que pensaba en divertirme, como cualquiera otra de mi época”, ha dicho al recordar los locos años 80 en que las revistas ventilaban a diario sus pilatunas. En ese entonces, Estefanía de Mónaco rompió el molde de la princesa bien puesta y adoptó un look punk y andrógino, vestía jeans raídos, se teñía el pelo de tonos estridentes. Bailaba en las discotecas de París toda la noche, dormía de día y abominaba estudiar, por lo cual la echaron de todos los colegios de alcurnia de la capital francesa. Así, la hija menor del príncipe Rainiero confirmaba las palabras de su madre, la famosa actriz Grace Kelly, quien la llamó “mi niña salvaje”. “He renunciado a castigarla. Podría batirla como a un gong y no la haría ceder”, confesaba la princesa acerca de este diablillo terco, que hacía muecas en el balcón del palacio desde donde su padre gobernaba el pequeño estado del Mediterráneo. “Que Estefanía no cambie jamás”, decía encantado Rainiero y quién sabe si no renegó una que otra vez de tal deseo.

El 13 de septiembre de 1982, a punto de llegar al castillo, Estefanía y su madre sufrieron un accidente de tráfico que le costó la vida a Grace, quien iba al volante. “De repente, comprendí que todo se puede detener de un momento a otro. Por eso hice todas esas cosas. Quería aprovechar la vida hasta el fondo, pero también encontrarme a mí misma, encontrar mi lugar”, reflexionó en 2011 en entrevista para Paris Match. 

A contracorriente de las princesas de esa época, ella se lanzó como modelo, actriz, diseñadora de trajes de baño y mujer de negocios, algo nunca antes visto en la monarquía. Como estrella de rock, obtuvo un disco de platino por el sencillo Ouragan, que duró diez semanas en el top 50 de Francia. 
No menos extravagantes eran sus aventuras románticas, que terminaron por convertirse en el sello de su rebeldía. Tras vivir la vida loca con actores como Paul Belmondo, Anthony Delon, Rob Lowe o Jean-Claude Van Damme, se apasionó por los empleados del palacio, en lo cual también fue revolucionaria. 

Rainiero tronó de la furia cuando supo que era amante de Daniel Ducruet, el guardaespaldas que él mismo le escogió y quien abandonó a su novia embarazada por Estefanía. El escándalo fue mayor cuando se convirtió en la primera princesa de una dinastía reinante católica en tener hijos sin casarse, lo que obligó a Rainiero a consentir su matrimonio con Ducruet para que sus niños, Pauline y Louis, fueran incluidos en la línea de sucesión al trono. Cuando un paparazzi publicó las imágenes de él teniendo sexo con otra mujer, el soberano obligó a Estefanía a divorciarse. Pero ello no apagó su fascinación por los escoltas y se hizo amante de Jean-Raymond Gottlieb, su jefe de seguridad, con quien tuvo a su tercera hija, Camille. En vista del escándalo, su padre la mandó a un refugio alpino, donde se enredó con el mesero Pierre Pirelli.

Ninguno de sus golpes fue tan espectacular como cuando se enamoró del director de circo suizo, Franco Knie, cuya esposa enloqueció al enterarse del romance. Al volante de un tráiler que bautizó como Palacio, ella se sumó a la caravana circense y duro un año recorriendo Europa con sus hijos. 
Finalmente, la condesa de Polignac regresó al principado, pero siguió con los amores prohibidos: se lio con el mayordomo de su padre, Richard Lucas, casado, a quien siguió otro cirquero, Adans Lopez Peres, su segundo esposo. Tras divorciarse de él, se unió a una banda de delincuentes con los que se la veía por las calles, desaliñada y con una colilla de cigarrillo entre los labios. 

De nuevo en Mónaco, se enamoró del jardinero del palacio, lo que puso iracunda a su hermana Carolina, quien no le habló por años por dejar por el suelo a los Grimaldi. Los flirteos con plebeyos no pararon ahí: un futbolista, un director de cine y otro mesero se contaron entre sus conquistas.
Hoy, según Paris Match, Estefanía se ha apaciguado y asegura no arrepentirse de sus andanzas. Lleva una vida solitaria en Fontbonne, la finca de la familia, donde cuida a Baby y Nepal, dos elefantes que salvó de la muerte. De allí solo la sacan los compromisos oficiales y su activismo contra el sida, momentos en los que sorprende cómo aparenta mucho más de los 50 años que cumplió el pasado 1 de febrero. “Las arrugas no me dan miedo si son el testimonio de una existencia que hemos amado”, anota al respecto aquella que nunca ha creído que llevar una diadema sobre las sienes justifica renunciar a sus deseos.


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