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Las nietas de la reina Victoria nacidas para reinar

Las nietas de la reina Victoria nacidas para reinar

Revista Jet-set

Es una buena ocasión para desempolvar las historias brillantes, pero a la vez trágicas y escandalosas de este as de reinas que tuvieron por abuela a la célebre y autoritaria Victoria I de Inglaterra.
Alexandra de Rusia. Alexandra Feodorovna era hija de Alice, tercera hija de Victoria, y del gran duque Luis de Hesse. Muchos elogiaban su bondad y enigma y otros condenaban su frialdad: “Era casi un alivio quitarle la vista de encima”, dijo su prima María de Rumania. Foto: AFP.
Por: 17/1/2013 09:35:00
Alexandra de Rusia
La emperatriz fanática
“Eres autócrata y que no se atrevan a olvidarlo”, le repetía la zarina de Rusia a su marido, el zar Nicolás II, y esa terca convicción arruinó al imperio más grande del mundo en 1917, a manos de la revolución bolchevique.

Tal fue solo la última tragedia de las muchas que amargaron a esta deslumbrante belleza que solo fue feliz en la infancia, bajo la protección “de la abuelita Victoria”, quien se encargó de ella cuando su madre, la princesa Alice, murió.

Su otro aliciente fue el amor que desde muy joven le profesó Nicolás. Pero siempre los acecharon peligrosos enemigos: el káiser Guillermo II de Alemania, primo de ambos, que apoyó su boda para sacar provecho político, y la superstición de los rusos, que la vieron como ave de mal agüero por la trágica estampida que se desató en la fiesta pública de su coronación en 1896 y que dejó más de mil muertos. Pero si algo jugó en contra de los zares fue la propia sangre de Alexandra, quien por herencia de Victoria llevó la hemofilia a la dinastía Romanov.

Por la salud de su único hijo varón, el zarevich Alexei, heredero del trono, Alexandra Feodorovna cayó bajo la influencia del staretz, o santo varón, Rasputín, que más de una vez le salvó la vida al principito. Además, él tenía fama de lujurioso y se jactaba de besar en la boca a la puritana emperatriz.

Rasputín aisló a los monarcas del mundo y los condujo al mal gobierno, en el cual la zarina tenía un gran poder. Ello precipitó la revolución, cuyos líderes ordenaron la ejecución de Nicolás, Alexandra y sus cinco hijos en 1918. Hoy son venerados como mártires de la Iglesia ortodoxa rusa.

María de Rumania

Reina excéntrica y guerrera
La llamaban Missy y era echada para adelante como su abuela, pero nada puritana como ella. En la disoluta corte de Bucarest tuvo varios amantes, como el príncipe Stirbey, de quien se dice que era el padre de su hijo Mircea. “Una coquetita entrometida”, la llamó su primo el káiser Guillermo II de Alemania cuando ella convenció a su marido, el rey Fernando I de Rumania, primo también del káiser, de alinearse en su contra en la Gran Guerra de 1914.

María era el poder detrás del trono y en esos duros años los rumanos la amaron porque se internaba en los campos de batalla y curaba a los heridos. Todos besaban su manto y la seguían por multitudes. Cuando en la conferencia de paz de 1919 obtuvo casi trescientos kilómetros cuadrados de territorio para su patria, su poder fue incontrolable. A raíz de ello, su propio hijo Carol II la aisló del palacio, aunque ella lo había perdonado por fugarse dos veces con sus amantes.

La excéntrica Missy, hija de Alfredo, cuarto hijo de Victoria, una vez hizo sonrojar al presidente estadounidense Woodrow Wilson porque le habló abiertamente de sexo, algo mal visto para la época. Murió en 1938.

Victoria Eugenia de España
La reina hermosa
Su reinado comenzó con el pie izquierdo, pues a la salida de su boda con Alfonso XIII, en 1906 en Madrid, sufrió un sangriento atentado con bomba que solo arruinó su carísimo vestido, que costó cuatrocientos mil dólares de hoy.

Su abuela Victoria la entrenó para mostrar siempre una fachada de dignidad que le vino muy bien en la corte de Madrid, donde nunca se sintió en casa por su rígido protocolo: “No puedo dejar mis habitaciones sin provocar toda esa conmoción y el barullo de los soldados (que) gritan “¡larga vida a la reina!”. Su suegra, María Cristina de Habsburgo, le hizo la vida imposible, lo mismo que su prima Beatriz, quien la acusaba de quitarle al depresivo Alfonso XIII.

El rey se enamoró de su legendaria belleza luego de buscar una consorte por toda Europa, pero cuando supo que Ena, como la llamaban, había transmitido la hemofilia a sus herederos, se alejó de ella y prefirió a otras mujeres.

En España no le tenían paciencia a su mal español y ella iba con unas gafas oscuras a las corridas de toros para no ver porque le parecían horrorosas. Pese a tantos traspiés, se preocupó por llevar innovaciones a la corte, como el muy inglés pastel de bodas y la vida al aire libre para los infantes. En 1931 los reyes fueron destronados y ella falleció en 1969 en el exilio en Suiza.

Maud de Noruega
Reina al estilo de la clase media
Mientras que su prima Victoria Eugenia vivía su trágico comienzo como reina de España en 1906, Maud inauguraba la monarquía en Noruega como consorte de Haakon VII, originalmente el príncipe Christian de Dinamarca.

Años antes, de niña, escandalizó a la reina Victoria por ser la primera princesa en montar en bicicleta en público, a lo que ella le contestó con su buen humor: “Pero abuela, todos saben que tengo piernas”.

Era la última que soñaba con un trono, pues era muy sencilla y amaba la vida de la clase media. Al ser coronada no abandonó esa esencia y ello le vino muy bien a un país tan socialista como Noruega y afianzó a la corona. Así, el monarca no era llamado “su majestad” sino “señor rey” y la reina misma hacía sus compras y les pedía autógrafos a los famosos.

Maud, gran deportista y fallecida en 1938, desafió a la vieja moral trabajando en pro de las madres solteras y hasta asistió a marchas por esa causa. Hoy, encabezada por su nieto el rey Harald V, la corte de Oslo sigue siendo la suma de esa simplicidad y estilo democrático instaurado por la hija menor del rey Eduardo VII de Inglaterra, el sucesor de Victoria.

Sofía de Grecia
Tragedia en Atenas
“Grecia es una tierra de nadie donde reina la locura”, decía Sofía de la patria que adoptó al casarse con el rey Constantino I. Ninguna consorte fue tan odiada y querida a la vez como ella, cuyo gran pecado fue ser la hermana del káiser Guillermo II de Alemania, quien la humilló públicamente por convertirse a la religión ortodoxa y no apoyarlo en la Primera Guerra Mundial. Pero los griegos creían que ella quería entregarles su país a los germanos y en cuestión de quince meses, por ejemplo, “vivió el exilio, la muerte de su hijo favorito, el regreso al trono, la abdicación forzosa de su marido y la viudez”, según Julia Gelardi en el relato de su vida.

Se llegó a decir que Sofía apuñaló al rey una vez que se enfermó, pero los biógrafos hoy cuentan que trabajó por la libertad de Grecia y soportó toda clase de atentados, bombardeos y hasta hambre en su palacio durante la contienda mundial. La hija de la princesa Victoria, hija mayor de Victoria I, y el emperador Federico III de Alemania murió sin trono, sin dinero y sin casa en 1932.
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