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‘La vida oculta de Fidel Castro’

‘La vida oculta de Fidel Castro’

Revista Jet-set

Juan Reinaldo Sánchez decidió contar todo lo que vio durante los 17 años que trabajó como guardaespaldas de Fidel. La ambición por el poder y el dinero, las infidelidades y una parentela llena de hijos ilegítimos forman parte de un libro que muestra las facetas desconocidas del gobernante.
Según Juan Reinaldo Sánchez, su exjefe mantuvo una vida secreta que ni siquiera compartió con su esposa e hijos. Para subsanar el aislamiento por culpa del poder, Fidel Castro rodeó a su familia de muchos privilegios, como los paraísos veraniegos de tres islas y 20 mansiones a lo largo de Cuba. Foto: AP.
Por: Edición 29718/12/2014 00:00:00
El uniforme verde oliva que lleva Fidel Castro desde antes del triunfo en la Revolución en 1959 podría ser el disfraz de un líder político que durante años ha escondido la debilidad por las mujeres, el desinterés paternal por sus 11 hijos y la ambición de un terrateniente que ha sumado muchas propiedades: tres islas, 20 mansiones, un hospital privado y muchas empresas de su patrimonio privado. O por lo menos así lo describió su exescolta Juan Reinaldo Sánchez en el libro La vida oculta de Fidel Castro que escribió a cuatro manos con el periodista Axel Gyldén, un texto que pretende derrumbar el mito de un hombre contradictorio que se comprometió con los ideales de igualdad social desde la caída de Batista.

“Yo idolatraba a Fidel. La venda que tenía en mis ojos se cayó cuando escuché una conversación que sostuvo con el ministro del Interior. Le pedía cuentas por el manejo del tráfico de las drogas”, dijo el autor, quien durante 17 años integró el esquema de seguridad del mandatario isleño. Sánchez se unió a la oposición desde Miami después de su amarga experiencia en una cárcel de La Habana por el delito de insubordinación. Cuando quedó libre huyó en lancha hasta México y luego al estado de la Florida.

En la lejanía adquirió el estatus de testigo privilegiado de las múltiples facetas del mandatario comunista: desde sus vínculos aparentes con los contrabandistas de diamantes hasta sus infidelidades, pero sin ser un amante compulsivo. Con todo y que no fue dado a las orgías o a la poligamia, según Sánchez, los devaneos de Castro de cama en cama dejaron 11 hijos. Cuatro de ellos se quedaron sin ser reconocidos legalmente.

Las historias amorosas del líder marxista se remiten a un periodo prerrevolucionario, cuando se casó con Mirta Díaz-Balart, una joven de la burguesía habanera que salió de Cuba hacia Miami apenas se enteró de la caída del dictador Fulgencio Batista. Con ella tuvo a Fidelito, enviado por el propio Castro a Rusia para evitar que la paternidad lo sacara del trazado de sus planes políticos. Mirta conoció las hieles de la infidelidad de su marido cuando él se obsesionó con las bellezas de Naty Revuelta y Juana Vera, su intérprete personal en los viajes a los países de habla inglesa.

El idilio con Revuelta mutó a una relación más fuerte, al punto de que tuvieron a Alina, quizá la más rebelde de toda la familia castrista. Por encima de la voluntad de su severo padre, fue modelo de Ron Havana en Cuba y luego orquestó la contrarrevolución ideológica desde Miami, donde se rebautizó con el nombre de Alina Fernández.

El autor del libro maneja la hipótesis de que Castro tuvo un hijo prematrimonial, Jorge Ángel, fruto de una relación fugaz de tres días con la bella María Laborde, de la región de Camagüey. Sin embargo, Jorge Ángel nunca ha aparecido para reclamar el apellido paterno.

Tras su divorcio de Mirta Díaz-Balart, Fidel Castro volvió a enamorarse con los ímpetus de su loca juventud. Durante un discurso en la provincia de Villa Clara conoció, literalmente, el amor a primera vista. Con solo mirar a Dalia Soto del Valle la escogió como pareja y pidió que la llevaran a vivir a La Habana, donde se casaron y consolidaron una familia de cinco hijos. Todos fueron bautizados con nombres que empiezan por la letra A, quizá por la admiración que sentía por Alejandro Magno. Los esposos tuvieron a Alexis, Álex, Alejandro, Antonio y Angelito, considerados los “príncipes” de Cuba por los privilegios que han tenido en estos años.

En la casa paterna del complejo residencial Punto Cero, donde aún vive Castro, la cena contrasta con las pírricas raciones de alimentos que reciben los cubanos del común. En esta especie de edén, según el ex guardaespaldas, se come pescado a la parrilla, mariscos, cordero y postres al mejor estilo del maridaje europeo con vinos importados, muchos de ellos regalados por los gobernantes de otros países. El presidente Huari Bumedian, de Argelia, era uno de los proveedores del licor, mientras Saddam Hussein le enviaba las mermeladas de higos iraquíes.

Fidel Castro aún tiene un séquito de trabajadores que se encargan de probarle la comida para evitar que sea envenenado. Igualmente, le supervisan la ropa con el fin de detectar elementos contaminantes.

En el libro, Juan Reinaldo Sánchez relata que Castro comía a la carta tanto en su casa como fuera de ella, puntualmente en el refugio de la mansión Carbonell, donde citaba a sus amantes. Según el escritor, Dalia sospechaba de esos encuentros furtivos y, al parecer, tomó una actitud revanchista al pagarle a su esposo con la misma moneda. Hace más de una década le puso los cuernos con Jorge, uno de los guardaespaldas más apuestos del séquito de seguridad. Nunca se supo qué pasó con aquel intrépido amante. Nunca apareció ni vivo ni muerto.

La vida oculta de Fidel condujo a la revelación de otros detalles como los vínculos del gobernante con la venta de armamentos a las guerrillas latinoamericanas y la apertura de innumerables negocios privados, cuyas utilidades fueron a parar a varios paraísos fiscales. La publicación también dio cuenta de los diferentes ciclos de las enfermedades de Castro que empezaron con varias hemorragias a mediados de los años 90 y luego desencadenaron la debilidad para caminar y la traición de las lagunas mentales. Fidel Castro, quien despierta tanto amores como odios, sigue siendo una leyenda.
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