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La vida loca de los Hilton

La vida loca de los Hilton

Revista Jet-set

Una nueva biografía de la famosa familia de hoteleros relata sus desastrosos matrimonios con estrellas como Zsa Zsa Gabor y Liz Taylor, líos con drogas e intentos de suicidio.
Conrad Hilton con Zsa Zsa Gabor, en Ciro’s, en 1953. Siete años después de su turbulento divorcio, ella seguía atormentándolo con cantaletas y apariciones inesperadas en su casa. Foto: AP.
Por: Edición 2825/5/2014 00:00:00
Antes de que Paris Hilton se convirtiera en reina de la prensa amarillista por su video teniendo sexo y por sus líos con la justicia a causa de las drogas, su apellido era sinónimo de prestigio y riqueza. Los hoteles de la cadena de su bisabuelo, Conrad Hilton, que fueron el epicentro de la high life en los años 50 y 60, lo hicieron multimillonario. De todas formas, Paris no es nada original en su familia, que siempre ha mostrado esa tendencia al exceso, las grandes fiestas, la violencia conyugal y los desbarajustes emocionales.

Así lo relata The Hiltons: The True Story of an American Dynasty, una nueva biografía escrita por Randy Taraborrelli, quien también es el autor de libros sobre las vidas de Marilyn Monroe, los Kennedy y Michael Jackson. Desde Conrad, cuenta la obra, a los Hilton los han atraído trágicamente a las estrellas de Hollywood: antes que su hijo Nicky fuera el primero de los siete maridos de Elizabeth Taylor, Conrad había sido uno de los nueve esposos de Zsa Zsa Gabor.

La actriz, que tenía 25 años y acababa de llegar de su natal Hungría, estaba de moda por su rara belleza; Conrad, de 55, la conoció en el nightclub Ciro’s, emblemático escenario del carnaval erótico que protagonizaban las luminarias del cine. Pero fue en otro sitio in, el Mocambo, donde la conquistó, en 1942. Esa noche, Hilton le dio a escoger entre dos regalos: un anillo con un diamante descomunal y otro con uno modesto. Conocida tanto por astuta como por cazafortunas, Zsa Zsa captó que el millonario la probaba y eligió la piedra pequeña. Al empresario le encantó su supuesta modestia, y a las dos semanas ya eran marido y mujer. “¿Me habría interesado por un hombre que me doblaba la edad si no hubiera sido rico? No lo creo”, le dijo al biógrafo la vedette, quien hoy, a los 97, ha perdido la razón.

El matrimonio fue un fiasco desde el primer día. Conrad, un católico obsesionado con el pudor, llevó a su segunda esposa a vivir a su mansión de Bel Air, en Los Ángeles, y le impuso dormir en cuartos separados, así que solo hacían el amor cuando él iba a la habitación de ella. Los problemas arreciaron, porque si a él lo obsesionaba la austeridad, ella era dada al autobombo. Al saber el dineral que costaba la redecoración que Zsa Zsa había emprendido de la casa, le asignó escasos 180 dólares al mes, y aunque le habría podido comprar un Rolls Royce, solo le dio un Chrysler.

En una ocasión en que un resfriado confinó a Conrad a su suite de The Plaza, joya de su firma en Nueva York, se indignó al descubrir que su

esposa se cambiaba de ropa varias veces al día y que sus sesiones de maquillaje “eran cuestión de todo el tiempo”. Ella argumentaba que el abuso psicológico al que él la sometió con su tacañería y mojigatería la mandó a una clínica de reposo.

El fin era inminente, y para evitar que ella se quedara con su fortuna, la espió para comprobar si le era infiel. Cuando la pilló en una actitud comprometedora con un ejecutivo, le puso la demanda de divorcio, que le salió por una bicoca de 35 mil dólares. Pero una bomba cayó tras la ruptura, pues la artista resultó embarazada, a causa, explicó en sus memorias, de una violación por parte de su marido. En 1947, nació Francesca, a quien Hilton le restregó años después: “Ni siquiera sé si soy tu padre”, para luego dejarle tan solo unas migajas en su testamento. Zsa Zsa, quien nunca salió de la vida de Conrad, lo atormentaba con cantaletas por teléfono y visitas inesperadas. En el fondo, la devoradora de hombres “siempre lo quiso, nunca lo olvidó”, asegura el biógrafo.

El primogénito del magnate, Nicky Hilton, le hizo la corte a Elizabeth Taylor, quien a los 18 años ya era una estrella mundial. En su primera cita, ella le susurró: “No me puse pantys”, y al poco tiempo su boda, pagada por la MGM, hizo época como la más ostentosa de 1950.

Nicky era alcohólico y adicto al Seconal; y ella, derrochadora como Zsa Zsa. La luna de miel de tres meses en el lujoso Queen Mary fue un infierno: él le pegaba cuando regresaba borracho de jugar en el casino del barco. Un amigo de esa época, Bob Neal, asegura igualmente que “ella saltaba sobre él como una gata furiosa, dándole puñetazos y arañándolo. Él la abofeteaba una vez y ella salía volando”. Un día, la golpeó en el estómago y le provocó el aborto del bebé que esperaba.

Duraron menos de un año casados. Nicky luego fue amante de actrices como Natalie Wood y Joan Collins. Su vida licenciosa le costó el hecho de no suceder a su padre en la hotelera, traicionado por su hermano Barron. La depresión lo llevó a cortarse la venas en un intento de suicidio, y murió en 1969, por una sobredosis de drogas, a los 42 años.

Uno de los ocho hijos de Barron, Rick, se casó con otra actriz, Kathy Avanzino, unión de la que nacieron Paris y sus tres hermanos. Ellos han logrado conformar la primera familia Hilton feliz, con todo y los aprietos en que los sigue poniendo el gen extravagante de su apellido.
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