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La vida autosostenible  de Pedro Medina

La vida autosostenible de Pedro Medina

REVISTA JET-SET

El empresario que trajo McDonald’s a Colombia en 1995 y fue presidente de la marca casi una década, vive hoy en una casa de barro en medio de un bosque nativo en Choachí, Cundinamarca. Transformó su vida: se volvió vegetariano y cultiva parte de su comida en una huerta autosostenible que tiene en La Minga, como nombró su nuevo hogar.
El 11 de abril de 2010, el mismo día que cumplió 50 años, Pedro inicio la construcción de La Minga: un “centro de ampliación de conciencia” y un proyecto amigable con el medioambiente y autosostenible.
Por: Revista Jet-set.7/9/2016 00:00:00

“Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita”, se lee con letras de colores en un palo clavado a la entrada de La Minga, el nuevo hogar de Pedro Medina, quien trajo la licencia de McDonald’s al país. Siete años después de liderar la sexta marca mejor avaluada del mundo, según la revista Forbes, renunció para cumplir un sueño: crear la fundación Yo Creo en Colombia.

La decisión fue un cambio radical en su vida: dejó la corbata y el sastre para vestirse de jean, camisa leñadora y botas y ahora recorre el mundo contando su experiencia e “inspirando gente”. Esos viajes le han servido para descubrir que la felicidad no está en una silla gerencial, con un sueldo de presidente de una multinacional, dos carros con chofer y escoltas. “Siempre quise tener una influencia positiva sobre las personas. Mi experiencia en McDonald’s fue un vehículo para empezar a lograrlo, pero estaba seguro de que había caminos que generarían más impacto en la sociedad, por eso creé la fundación”, cuenta Pedro.

A eso se dedicó exclusivamente hasta hace nueve años cuando se divorció de su esposa, la madre de sus tres hijos, y tuvo que reorganizar su vida. Tras la separación vivió en un apartamento que le prestó su cuñado. El lugar estaba cerca de una quebrada con seis cascadas y un bosque, donde descubrió su amor por la naturaleza y el deseo de tener una finca con árboles y agua. “Lo único que hacía los fines de semana era ver televisión, tomar cerveza y cocinar espaguetis. Uno de esos sábados de aburrimiento, me pregunté si eso era lo que quería para el resto de mi existencia y pensé ‘pero si yo valgo, yo sirvo, tengo carro y me encanta pasear, me voy a descubrir un pueblo’. Recordé que un amigo me contó que en Choachí estaban haciendo tinta para impresoras con jugo de mora y que la carretera no tenía trancón, entonces me vine para acá y encontré el lote que tenía todo lo que necesitaba”, recuerda Pedro mientras arranca una flor de Capuchina de la huerta, se la mete a la boca y dice que tiene el sabor que debería tener la vida: “Dulce con un poco de picante”.

A la semana de visitar por primera vez el pueblo llevó al lote a su hijo mayor, Felipe, se sentaron sobre una piedra debajo de un árbol y miraron el paisaje, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. “Después del silencio, él me preguntó cuál era mi sueño y le respondí que morirme ahí, estar viejito y poder salir, agarrar una zanahoria y hacerme una sopa”. Con la plata que le quedó de la separación de bienes, en 2010 compró el terreno y construyó La Minga, un “centro de ampliación de conciencia” que en quechua significa trabajar juntos. Son dos cabañas en tapia pisada, adobe y bareque, fabricadas por los campesinos de la región en medio de un bosque nativo. En total, suman 22 habitaciones y sirven de hospedaje a las personas que llegan hasta allá para vivir una nueva experiencia. “Hemos recibido a la Miss Universo Paulina Vega, a la presidenta de Terpel, Sylvia Escovar; y a grupos de las Naciones Unidas. Recuerdo mucho la visita de 14 muchachos exguerrilleros y cinco jóvenes del Colegio Anglo Colombiano que estuvieron durante una semana. Todos lloraron y me decían que estar acá había sido una de las cosas más lindas que les había pasado”.

Pedro vive en La Minga porque “no encontré una sola razón para no hacerlo. Acá tengo todo lo que necesito y nacieron mis dos nietos: Alun Ishan, que en sánscrito y wiwa significa amor consciente; y Ananada Sie, que traduce del muisca felicidad y agua”.

El pasado 24 de diciembre recordó cuando tenía 20 años, estudiaba en la Universidad de Virginia y el presidente de la Asociación de Exalumnos le preguntó cómo se veía a los 35. “No tenía ni idea y aproveché para pellizcarme el trasero. Me fui a una de las montañas del campus con un galón de agua, un esfero y un cuaderno y me propuse no bajar hasta tener la respuesta. Me forcé a escribir mis sueños y en esa época decidí que quería casarme a los 32, tener hijos a los 35 y, a esa misma edad, dirigir una empresa. Los planes cambiaron: me casé a los 28, ese mismo año nació Felipe, y a los 34 había conseguido la dirección de McDonald’s”. Hace 24 años era presidente de una multinacional valorada en 92.500 millones de dólares, cinco veces la deuda externa de Estados Unidos.

Hoy es la cabeza de la junta de acción comunal de la vereda donde vive. Es un hombre del campo que cultiva su alimento, el de su hijo y sus nietos en la huerta de su casa. Se levanta a las 5 y 15 de la mañana con la serenata de pájaros y se acuesta temprano arrullado por los sonidos de los sapos que croan desde el lago que tiene debajo de su ventana. Practica nuevas actividades, como le aconsejó su tío favorito, quien le decía que todo joven debería desarrollar hobbies para no tener vicios al llegar a viejo: “Estoy aprendiendo jardinería, a tallar la madera, a pintar y a tocar el salterio, que es el precursor del piano”, asegura.

La imagen de ese hombre feliz, que recorre La Minga desprendido de los lujos de un empresario exitoso mientras ofrece flores como Listerine natural, es el ejemplo de esa frase que uno ve apenas llega a su casa: “Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita”.

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