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El renacimiento de Natalia Ponce de León

El renacimiento de Natalia Ponce de León

REVISTA JET-SET

Nunca antes en el país una simple rueda de prensa había tenido tanta convocatoria como la del lanzamiento del libro sobre Natalia Ponce de León. La joven, que hace un año sufrió un ataque con ácido, le mostró su rostro a los medios y habló de cómo ha sido su recuperación.
La joven, de 34 años, tiene que usar esta máscara de Uvex, 12 horas del día para alisar su piel y protegerla de la contaminación y los rayos UV. En la noche se la cambia por una de licra. Asiste regularmente a fisioterapia en la Clínica Fray Bartolomé y toma ansiolíticos para poder dormir.
Por: 23/4/2015 00:00:00
El salón ejecutivo de El Tiempo estaba atiborrado de periodistas, fotógrafos y camarógrafos que esperaban expectantes la llegada de Natalia Ponce de León, quien por primera vez mostraría su rostro después del ataque con ácido del que fue víctima hace un año. La rueda de prensa era para presentar el libro El renacimiento de Natalia Ponce de León, itinerario de una vida que venció a la barbarie, escrito por la periodista Martha Soto.

La joven entró al recinto con una pava y una máscara de policarbonato que le cubre las marcas de las quemaduras que le dejó el químico. “Todavía no quiero mostrar mi cara, estoy en un proceso de rehabilitación, me han hecho 15 cirugías pero aún faltan muchas más”, dijo.

Admitió sentirse nerviosa pues era la primera vez que estaba en el radar de tantas cámaras de televisión y tenía todas las miradas encima. Jineth Bedoya, la subeditora de El Tiempo y quien moderó el evento, le pidió a los medios respeto hacia Ponce de León.

A la primera pregunta: “¿Qué es lo más duro que ha tenido que soportar?”, Natalia contestó: “Ver mi cuerpo destrozado, sin identidad, sin cara, es una tortura total”. En el libro, ella le contó a Martha cómo vivió ese momento: “Me quitaron las vendas muy despacio, una a una. Yo escuchaba respirar a los demás a mi alrededor. Después de unos minutos, pusieron el espejo enfrente de mí y ahí vi las dimensiones de lo que me pasó. Mi nariz y mis ojos estaban torcidos, mi boca se había caído por completo y reducido casi a la mitad, no tenía mis cejas, estaba totalmente calva y llena de costras y de hilos. Mi cara estaba desfigurada, morada y roja en algunos sectores. Solamente dije: ‘Ma, estoy como un monstruo’, y me eché a llorar. Quería que todo el mundo saliera de inmediato y que alguien me durmiera”.

Su tono de voz es calmado, trata de disimular la tristeza, aunque a veces no lo logra. Oírla produce escalofrío y a la vez admiración por la valentía con la que afronta la situación: “Hay que luchar, seguir adelante y no mirar para atrás. Hay que asumir cada día como si fuera el último, porque en cuestión de segundos la vida te cambia completamente”.

Obtiene su fuerza de un nuevo objetivo de vida: sacar adelante la Fundación Natalia Ponce de León con la que busca conseguir dinero para construir un albergue para las víctimas de los ataques con ácido. “Quiero quitarme este dolor y ayudar a muchas personas que les ha pasado esto y a las que les seguirá pasando, porque es una realidad. Se deben endurecer las penas y la venta de estos químicos debe estar regulada”, dijo. Después de lo que le pasó a Natalia, la Fiscalía decidió priorizar los casos de amenazas relacionadas con las agresiones con ácidos o sustancias similares.

En el salón, mientras ella hablaba, se oía la ráfaga de clics de las cámaras de fotos. Entre los fotógrafos estaba Camilo, su hermano menor, quien ha venido registrando la evolución de la rehabilitación de Natalia con la intención de hacer un documental más adelante.

La periodista Martha Soto cuenta en el libro que Camilo estaba en la calle 92 con carrera 15 en una sesión de fotos cuando le avisaron que su hermana había sido quemada. “Empezó a correr como un loco. Recorrió más de 35 cuadras cargando dos pesadas maletas y pensando mil cosas. Entró a la casa donde todavía estaban frescos los rastros del ataque, pidió las características del agresor y se fue para la Reina Sofía con el nombre de un sospechoso rondando su cabeza. Durante las primeras horas, días y meses no se le despegó a su hermana… Le hacía masajes y se empezó a encargar de monitorear la toma de medicamentos y de llevarle a uno de sus grandes amores: Lorenza, su sobrina de cuatro años. La primera vez que la pequeña vio el nuevo rostro de su tía la observó por largos minutos y luego la abrazó como si nada hubiera pasado”.

Su mamá, Julia Gutiérrez de Piñeres, sentada en primera fila del salón de ejecutivos, la miraba con dulzura. A la gente que se le acercó le agradeció por estar tan pendiente de su hija. Julia es amorosa y en su corazón –dice– no hay cabida para el odio. Vive todo el día conectada a un tanque de oxígeno porque sufre de EPOC, una enfermedad pulmonar que se le complicó con lo que le pasó a su “pequeña”.

En el evento se notó la ausencia del cineasta Daniel Arenas, quien fue el novio de Natalia hasta hace dos meses. “He sido muy noviera y este momento de mi vida quiero estar sola. A veces las relaciones no son fáciles, gastan mucha energía y quiero dedicarle ese tiempo a recuperarme y a sacar adelante la Fundación. Eso sí, soy una enamorada del amor y seguramente más adelante encontraré a un hombre que quiera apoyarme ciento por ciento”, dijo en La W Radio al día siguiente de la rueda de prensa.

Al final de la presentación del libro, la única pregunta que Natalia no quiso responder fue la que se refería a la pena de 35 años de cárcel que podría pagar su agresor, Jonathan Vega. Después de una hora salió del recinto del brazo de Roberto Pombo, el director de El Tiempo, mientras los periodistas y camarógrafos aplaudían su coraje. “Es una verraca”, es la frase que se oía en los corredores.
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