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La historia de Natalia Revuelta, la amante de Fidel Castro

La historia de Natalia Revuelta, la amante de Fidel Castro

REVISTA JET-SET

La reciente muerte de esta preciosa habanera, que dio su fortuna por la Revolución, evoca un novelesco episodio de la enigmática vida amorosa del líder cubano.
Natalia Revuelta Clews nació en 1925 en el seno de una familia de la alta sociedad de La Habana, donde la comparaban con Ava Gardner y Rita Hayworth. Le fue infiel a su esposo con Fidel, por quien vendió su joyero y objetos valiosos de la casa de sus padres para financiar la Revolución socialista.
Por: 26/3/2015 00:00:00
En los años 50, La Habana brillaba como la París del Caribe y la estrella de sus salones señoriales era una joven rica, esbelta y de impactantes ojos color esmeralda, llamada Natalia Revuelta Clews. ‘Naty’, como era conocida, almorzaba en yates, asistía a tea parties en el Country Club y se vestía con la sofisticación de una actriz de cine para ir a bailar al Tropicana, el cabaré más famoso de América. Quienes por esos días enmudecían al verla llegar a un recinto o lucir la moda de Dior en desfiles de caridad, se escandalizarían después al saber que ella cambió su mundo dorado “por un demagogo sudoroso y barbado, quien era, para colmo, el hijo ilegítimo de una gentuza”, según escribió la periodista Alma Guillermoprieto en The New York Times, hace algunos años. 

Ese demagogo sudoroso era Fidel Castro, líder de la Revolución cubana, hoy retirado del poder, quien a pesar de estar casado con Mirta Díaz-Balart, le pidió a un amigo común que le presentara a Naty porque le fascinaba. “Él era la clase de persona que nadie podía ignorar. (…) Me enamoró su fuerza, su calidad, la seguridad en sí mismo, sus ideales. Era guapo y muy complicado, pero yo no soy mujer de hombres fáciles”, contó Naty. 

Ella, además, estaba harta de la agitada vida social y de la escasa atención que le prestaba su marido, Orlando Fernández Ferrer, un prestigioso cardiólogo, con 20 años más que ella. Y ser madre de su hija mayor, Nina, tampoco la llenaba.

A los pocos días de iniciado el romance, que en principio fue platónico, Castro fue encarcelado por cuestionar la dictadura de Fulgencio Batista, pero al ser liberado retornó a la mansión de Naty, en El Vedado, el barrio in de La Habana. Allí, Castro tuvo un refugio clandestino para planear con sus camaradas el asalto al cuartel Moncada, en 1953, el comienzo de la Revolución. “Según el mismo Fidel, gran parte de los fusiles, que estuvieron escondidos en la casa de mi madre y en la de mi abuelo, fueron comprados con el dinero que aportó ella (6 mil dólares de la época), para lo cual no solo vendió objetos de familia. Mi madre trabaja desde los 18 años”, aseguró Alina Fernández, la hija de Naty con Castro.

Mientras que los revolucionarios atacaban el cuartel, ella repartía panfletos con el manifiesto de Fidel por las calles. A la postre, el golpe fracasó, su amante fue detenido y se inició entre ellos una apasionada correspondencia, que versaba además sobre política, literatura y filosofía: “Si has tenido que sufrir por mi culpa, piensa que daría gustoso mi vida por tu honra y por tu bien”. Y ella le respondía: “Me siento en todo sentido pequeña frente al marco monumental que encierra tu pensamiento, tus ideas, tu cariño y, sobre todo, porque es mucho más monumental la forma halagadora y generosa en que me quieres”. Incluso le envió un sobre lleno de arena, para que recordara la playa. Pero una vez, al parecer por premeditación de un guardia, una carta a Naty llegó a manos de Mirta, quien de inmediato se divorció de Fidel.

En 1955, él salió del presidio y reanudó sus encuentros con Naty, a quien después le propuso que se escaparan a México, para urdir el golpe a Batista. Ella se negó porque estaba embarazada y en marzo de 1956 nació Alina, considerada entonces como hija de Naty y su marido. Cuando se supo que en realidad era de Fidel, él solo se convenció cuando su tía Lidia Perfidia se lo ratificó tras revisar a la pequeña. Alina, por su parte, supo la verdad a los 12 años.

En 1959, al enterarse de su affaire con Fidel, el marido de Naty también se divorció de ella y se llevó a Nina a Estados Unidos. La Revolución había triunfado y, libre de nuevo, ella soñó con ser la primera dama de Cuba. No obstante, Castro ya tenía otra amante, su secretaria Celia Sánchez, quien hizo todo lo que estuvo a su alcance para que se distanciara de ella, como enviarla en misión a Francia, donde actuó como espía. La historia de amor había terminado como ahora se ha silenciado la vida de esta beldad, irremediablemente ligada a la vida del discutido comunista.

Naty nació en La Habana en 1925, en el hogar de Manuel Revuelta y Natalia Clews, quienes se divorciaron cuando ella era una bebé. Se educó en la Mount St. Joseph Academy, colegio católico de Pensilvania, en el cual aprendió inglés, francés e italiano. Luego, estudió negocios en el Marjorie Webster College, de Washington, y, de nuevo en La Habana, trabajó en la embajada americana y en la Standard Oil. Antes de conocer a Fidel, empezó a asistir a las reuniones del Partido Ortodoxo, del cual él era miembro. Así lo explicó Naty en una entrevista: “Yo no tenía una vida horrible, pero sentí que mi país sí. Todos robaban, del presidente para abajo, (…) los policías eran asesinos, solo que vestían uniformes. Cada día oías de personas que eran torturadas y arrojadas al mar para que los tiburones las devoraran. Por eso apoyé a los rebeldes”. 

Naty decía que nunca pudo ser una madre para Alina y la brecha entre ellas se hizo evidente en 1993, cuando esta última huyó de Cuba a Estados Unidos, donde aún se dedica a denunciar los abusos del régimen dirigido ahora por su tío Raúl Castro. 
“Me tomó años sacar a Fidel de mi corazón –confesó Revuelta–. Fue difícil, con él siempre en la televisión, en la prensa, en todas partes, todos los días”. Tras vivir dos años en Francia, desempeñó varios cargos públicos en su país. No se volvió a casar, permaneció fiel a la Revolución y en La Habana se la recuerda con una habitual asistente a las recepciones en las embajadas, siempre airosa y revestida de joyas, tal como en su juventud, cuando encandiló con sus electrizantes ojos de gato a personajes como Ernest Hemingway.

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