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Javier Marulanda, el preso del jet set regresó a casa

Javier Marulanda, el preso del jet set regresó a casa

REVISTA JET-SET

Después de 30 años detenido en Estados Unidos, Javier Marulanda salió libre, a los 72 años, dos meses después de la muerte de su madre, quien no descansó en su lucha por volver a verlo. Le acaban de extirpar un tumor pero aún le queda energía para dar la pelea por aquellos colombianos que según él pagan condenas injustamente largas en Estados Unidos.
Está decidido a luchar por la repatriación de los colombianos que están presos en Estados Unidos con condenas injustas. Se pasó 30 años dándole vueltas a su proceso, y ahora que es libre, lo hará por los que se quedaron allá.
Por: 10/6/2016 00:00:00

Era el hombre más guapo y exitoso de los alrededores durante los años ochenta. Nació en Pereira en el seno de una de las familias más tradicionales de la región, donde su padres fueron queridos y admirados por su contribución a las causas del departamento. Sus hermanos, nueve hombres y una mujer, han sido destacados públicamente, en especial Iván –político galanista que fue alcalde de Pereira, Senador y candidato a la Vicepresidencia– y Óscar –economista gurú y ex miembro de la Junta Directiva del Banco de la República–. Por no hablar de su hermana Mónica, reconocida en el mundo de las producciones de televisión, y Eduardo, tenista profesional exitoso.

Javier fue seminarista de los jesuitas pero no se ordenó; estudió medicina en la Javeriana, pero tampoco terminó; hizo diferentes cursos en Estados Unidos, después se convirtió en el publicista estrella del grupo Ardila y más tarde vendió propiedad raíz en Estados Unidos. Quienes lo conocieron lo recuerdan en una moto, con abrigo de piel, recorriendo las calles de Bogotá. Las mujeres se morían por él porque no solo era guapo, también era divertido, medio hippie, un tipo original.

Se casó dos veces: la primera, Irma Elena Segrera de La Espriella, ex señorita Bolívar, con quien tuvo un hijo al que bautizaron Juan Carlos, hoy músico exitoso que vive en Miami y canta bajo el nombre de Mono Óxido; a Roxana García, su segunda esposa, argentina, la conoció en Miami, donde trabajaba en finca raíz y tenía un restaurante. Contrajo matrimonio con ella en 1988.

Pero el año siguiente todo cambió. Una mala decisión fue suficiente para transformar su vida. Tenía 39 años cuando decidió hacerle el favor a un amigo nicaragüense de ir a negociar un avión Air Comander 1000, con un millón de dólares en efectivo guardados en un maletín. Ese día fue detenido, acusado de tener la intención de importar mil kilos de cocaína, y nunca pudo dar marcha atrás a pesar de los cientos de pruebas que dice tener sobre su inocencia. En el proceso, a los nicaragüenses les devolvieron el dinero con intereses y a él, a pesar de haber sido puesto en libertad condicional, lo regresaron a una prisión de máxima seguridad donde estuvo ocho años en solitario y 19 más en varias cárceles de Estados Unidos. La mitad de su existencia.

¿Qué hace un hombre cuando está ocho años encerrado en solitario? –Haga el ensayo de encerrarse en un baño un día para que vea. Ahí hay que hacer de todo… Ejercicio; correr, trotar dentro de la misma celda; adquirir una rutina; pensar; escribir, aunque a veces no le dan a uno ni un lápiz; y gritarse con los que están por ahí cerquita. Pero eso no son conversaciones, son gritos de cualquier cosa.

¿Dejó buenos amigos allá? ¿Cómo eran sus amigos? –Ahí hay de todo: gente muy buena, buenísima. Gente muy interesante. También hay gente muy mala, horrible. Como en todas partes. Lo que yo veo es que allá a los colombianos no les hacen juicios justos. Tengo muchos amigos que están sentenciados a una vida. No van a poder salir nunca, a menos de que el gobierno empiece una campaña y los pida en repatriación porque algunos ya llevan mas de 25 años en la cárcel. Hay cerca de 110 presos colombianos con cadena perpetua y muchas veces es porque tenían dos gramitos, y ya los habían cogido con tres antes. Son cosas inverosímiles.

A sus 72 años está en perfecta forma. ¿A qué se lo atribuye? ¿Cómo era la alimentación? –La alimentación fue mala mientras estuve en Phoenix. Para el almuerzo y la comida nos daban una bolsita con dos rodajas de pan, un pedazo de boloña verde transparente y un pedacito de lechuga. De desayuno nos daban un pudín con jugos artificiales. Pero es porque era la cárcel del señor Arpaio, un sheriff que se ha hecho fama a través de la humillación de los prisioneros. Entiendo que en este momento lo acaban de encontrar culpable de no sé qué crimen… pero bueno, de resto la comida en las prisiones no es mala. No voy a decir que sea buena, pero desde el punto de vista alimenticio es suficiente. Nos daban arroz, carnes en diferentes formas, pollo, verduras, granos. Yo corría todos los días, eso siempre ayuda.

¿Ayuda a mantener la calma? –Yo traté de llevar una vida muy dedicada al presente, a acomodarme a las circunstancias, y a hacer lo mejor de ellas. No vivía ni amargado, ni envenenado. Eso sí, me la pasaba peleando con el sistema, hasta que salí. Creo que ya descansaron un poco de mí.

Mientras tanto, no dejaba de visitarlo su segunda esposa, Roxana, con quien tuvo dos hijos, el primero, Alejandro, seis meses antes de entrar a prisión; y la segunda, Paola, que nació seis meses después. “Ella era muy joven, tenía 25 años cuando me arrestaron. Yo era partidario de que nos divorciáramos para que pudiera atender y cuidar bien a nuestros hijos, pero ella me decía que esa era una decisión suya y que yo no me podía meter en eso. Total, estuvo 12 años acompañándome hasta que ya no hubo dinero y resolvimos separarnos de común acuerdo”. Roxana volvió a enamorarse de un abogado de Nueva Jersey, que no solo ha sido como un padre para Alejandro y Paola, sino que a pesar de estar impedido como abogado en su proceso, intentó ayudarlo de muchas formas.

Al final del año pasado salió libre, pero no alcanzó a encontrarse con su madre, Gilma Gómez de Marulanda, quien murió en octubre, a los 90 años y sin poder ver a su hijo, a pesar de las promesas que le hacían en la cárcel de que Javier pronto estaría en libertad gracias a que el presidente Obama había ordenado la reducción de tiempo para presos que cumplieran ciertos requisitos. Luego estipularon que no los cumplía.

¿Por qué no cumplía con los requisitos para salir? –Dijeron que yo era muy violento, y la violencia fue que no me dejé aporrear de esos señores. Y eso es lo que hacen por regla general: presentan un reporte diciendo que la persona se estaba resistiendo al arresto, o que estaba atacando a alguien. El reporte lo desmentimos en la corte pero nunca quedó registrado en el papel. Yo soy pacifista por un lado. Y por el otro, nunca tuve ningún incidente de violencia y eso allá es muy difícil. Hubo muchos problemas, a uno siempre lo tratan de extorsionar, pero yo les decía: “No voy a pagar, si me quieren matar, mátenme. Uno allá se defiende como puede. Lo que hay que hacer es no demostrar miedo, y ya”.

Marulanda ahora vive en Pereira y le acaban de extirpar un tumor enorme del colón, razón por la cual tendrá que someterse a seis meses de quimioterapia intensiva. Su hija, Paola, quien dejó todo en Estados Unidos por venir a cuidarlo, ha sido su ángel de la guarda, encargándose no solo de sus cuidados médicos sino también de acompañarlo en este nuevo proceso de adaptación: “Esto es como volver a nacer. Me encontré con una sociedad muy diferente, muy congestionada, muy llena de carros, y con un mundo de aparatos tecnológicos. Uno queda como en una cápsula de tiempo, y a los amigos que dejé con unas caras y unos cuerpos, ahora no puedo reconocerlos. No he vuelto a las reuniones porque eso es muy penoso”.

Lo que sí tiene claro es que de ahora en adelante se dedicará a trabajar por la repatriación de los presos colombianos con condenas injustas y ya empezó a dar conferencias sobre la legalización de las drogas, un flagelo que, según él, es el origen de los problemas en América Latina.

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