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La historia de Ingrid Bergman, entre la virtud y el adulterio

La historia de Ingrid Bergman, entre la virtud y el adulterio

REVISTA JET-SET

Con motivo del centenario de la legendaria actriz, Isabella Rossellini evoca los últimos días de su madre, su batalla contra el cáncer y cómo se rebeló ante los estereotipos de Hollywood.
En 1946, en la cima de su fama, la angelical Ingrid protagonizó una de sus cintas más famosas, Notorious, de Alfred Hitchcock. Ganó tres premios Óscar, rodó cerca de 60 películas en cinco idiomas, en cuatro continentes y bajo la dirección de maestros como Fleming, Cukor, Bergman, Minelli y Renoir.
Por: 10/9/2015 00:00:00
A Isabella, también actriz, no le gusta ver las películas de su mamá porque le reviven el dolor de su pérdida, el 29 de agosto de 1982, el mismo día que cumplía 67 años. Pero en vista del primer siglo de su llegada al mundo, quiere darle la vuelta a esa nostalgia, para convertirla en homenajes que recuerden lo particular que fue esta bella sueca.
En un documental que realizó con el director sueco Stig Björkman, Isabella recuerda precisamente el largo adiós de Ingrid. En 1973, tras protagonizar clásicos como Casablanca, ser dirigida por maestros como Hitchcock y ganar tres premios Óscar, sufrió un reverso de fortuna, al ser diagnosticada con cáncer de seno. En entrevista para The Telegraph, de Londres, Isabella habló de la angustia que ella y el resto de su familia experimentaron al ver a un ser tan vivaz, lidiar con la cruel enfermedad. 
“Mamá sufrió de cáncer nueve años y los últimos tres fueron muy difíciles. El mal se había esparcido a los ganglios linfáticos y tenía un tumor enorme en su brazo derecho”, cuenta Rossellini. Aún así, en 1981, se le midió a volver a rodar y aceptó encarnar a Golda Meir, la primera ministra israelí, en la película para televisión Una mujer llamada Golda, que le valió un premio Emmy póstumo. Fue un testimonio de coraje y firmeza de carácter, cuenta Isabella, aunque se hallaba deprimida y temerosa de actuar luego de varios años de retiro. Pero cuando pisó el set, solo pudo decir: “He ahí una vieja amiga”, refiriéndose a la cámara, que la adoraba. Y se entregó a su oficio, pese al dolor, en jornadas de hasta 15 horas. Un año después, falleció. 
“Eso fue perfecto para mi madre –le comentó Rossellini al diario británico–, pues siempre estuvo muy interesada en investigar cuántas historias se pueden contar y cuántos personajes puede interpretar un actor. Me encanta que haya sido capaz de hacer lo que amaba hasta el final. Ninguna otra actriz trabajó en tantos idiomas (cinco) y estilos, alrededor del planeta, y con semejantes grandes talentos. Ella es, con creces, parte de la historia del cine”.
A través de cartas, diarios, su autobiografía, y fotos y cintas inéditas, Isabella recuerda en su documental que la vida de su madre fue tan novelesca como los filmes en los que actuó. Nacida en Estocolmo, perdió a su madre a los dos años, a su padre a los 12 y a la tía que la crio a los 13. “Fue una infancia increíblemente triste, pero cuando empezó a actuar, el dolor se disipó”, aseguró su hija, famosa por la cinta Terciopelo azul. A los 22 años, había protagonizado 11 cintas en su país. En una de ellas, fue vista por David O. Selznick, el productor de Lo que el viento se llevó y quien buscaba el reemplazo de la también sueca Greta Garbo. 
Selznick llevó a Ingrid a Los Ángeles en 1939, pero a los pocos días creyó que se había equivocado. “Le preocupaba que mi mamá fuera tan alta, pues medía 1,75 metros, se rehusaba a cambiar su nombre alemán (en los albores de la Segunda Guerra Mundial), lo mismo que a arreglarse los dientes. No quería que le cambiaran nada”. 
No obstante, esa naturalidad disparó a Ingrid a la fama. Los éxitos, tanto en la taquilla como ante la crítica, se sucedían uno tras otro: Juana de Arco, Notorious, Por quién doblan las campanas y Gaslight, por la cual recibió su primer Óscar (los otros dos fueron por Anastasia y Asesinato en el Oriente Express).
Bergman se negaba a ser tan vanidosa como sus colegas: casi no se maquillaba, no usaba tacones altos y se comía cuatro helados al día. En fin, como lo señala su hija, “era muy sueca, práctica y con los pies en la Tierra. Siempre decía la verdad, y cuando le preguntaron por su modisto favorito, respondió: ‘No compro ropa de diseñador, es muy cara’. Todo el mundo quedó estupefacto, fue como una blasfemia”.
Pese a ese espíritu libre, no se salvó de ser etiquetada como la eterna ingenua de la pantalla y eso le molestaba. “Era aventurera, se sentía como una pájaro enjaulado y anhelaba no tener arraigo, volar libremente”, opinó Isabella.
Por eso, en 1948, le escribió al director Roberto Rossellini, representante del neorrealismo italiano: “Quiero trabajar con usted”, le expresaba, y concluía: “En italiano, solo sé decir ‘ti amo’ (te amo)”, lo cual fue usado por la prensa para mostrarla como una depredadora sexual, cuando estalló el escándalo que también la hizo famosa. 
Rossellini reclutó a Ingrid para protagonizar Stromboli y la sedujo, pero el problema era que ambos estaban casados. Bergman, esposa del cirujano Petter Lindström, quedó embarazada y, como ella misma lo dijo: “Pasé de santa a perra”. Hasta ahí, en efecto, era la encarnación de la actriz decente por tener un hogar respetable aunque infeliz, según Isabella. Entonces, Hollywood le cerró las puertas, un senador gringo la fustigó como el genio del mal y no pudo ver a su hija con Lindström, Pia, por ocho años. 
Ingrid y Rossellini recibieron a su hijo Roberto, se casaron tras sus respectivos divorcios y tuvieron dos hijas más, las gemelas Isotta e Isabella, empero tras hacer siete películas juntos se divorciaron. En 1958, ya casada con el productor de teatro Lars Schmidt, hizo su regreso triunfal a Hollywood para presentar el Óscar a mejor película y recibir una clamorosa ovación de pie, símbolo del renacer de su prestigio.
Isabella no niega que su madre puso por encima su carrera, de modo que ella y sus hermanos fueron criados por niñeras en Roma y París, a donde los visitaba ocasionalmente. “Me siento culpable por eso, pero no lo suficiente”, confesó Bergman, mientras que su hija tampoco tiene reproches: “No me siento minusválida por mi crianza”, concluyó en su diálogo con The Telegraph.

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