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La hija de Carlos Pizarro dirige un documental sobre su padre

La hija de Carlos Pizarro dirige un documental sobre su padre

REVISTA JET-SET

María José Pizarro conmemora los 25 años de la muerte del comandante del M-19 con un documental que es una declaratoria de amor. La mirada de la joven a los convulsionados días del grupo guerrillero busca quitarle el estigma a un hombre que, según ella, fue soñador y sensible.
Apoyada en su Fundación Carlos Pizarro Leongómez, María José logró reconstruir la tumba de su padre para convertirla en un centro de memoria en la ciudad.
Por: 21/5/2015 00:00:00
Sentada sobre la tumba de su padre, María José Pizarro le hace honor a su memoria. Sin soltar una sola palabra, sus gestos suaves y cejas pobladas, además del emblemático sombrero del comandante del M-19 puesto sobre la lápida, logran hacer que él regrese por un momento. La hija mayor de Carlos Pizarro Leongómez habla de ese papá que ha ido encontrando 25 años después de su asesinato cuando era candidato a la Presidencia de la República. Con la mirada perdida entre las flores de plástico y los vetustos mausoleos del Cementerio Central de Bogotá, María José busca cada respuesta.

Y es precisamente este anhelo por verse cara a cara con el pasado lo que la llevó a conmemorar el cuarto de siglo de la muerte de Pizarro con un documental, un libro narrado con sus cartas y la restauración de su sepulcro.

De Pizarro, el documental dirigido por Simón Hernández, cuenta que ella misma eligió los personajes, hizo las entrevistas, apoyó el trabajo de campo y también realizó la investigación de los contenidos. “No es una clase de historia patria, mi intención era tocar las emociones de una manera especial. Es mi vida con él y a través de él”. Del libro, De su puño y letra, dice que el hallazgo de sus cartas personales y familiares, que guardaban su madre y su abuela, le mostró a un hombre con una profunda ternura, enamorado de la libertad y quien siempre perseveró en la construcción de sus sueños. Además, durante un tiempo largo se empeñó en lograr el permiso para transformar su tumba en un centro de memoria de la ciudad, adornado con las plantas que le donó el Jardín Botánico y que fueron sembradas por unos muchachos de la comuna 13 de Medellín en un acto simbólico.

Que fueran ellos los encargados de esa tarea no fue un capricho. Desde su Fundación Carlos Pizarro Leongómez, María José promueve actividades con jóvenes de diferentes lugares del país. “Debemos sobrepasar los odios heredados y ser constructores de nuestra propia historia como nueva generación”, recalca. Por eso cada uno de estos pasos en el rescate de su vida es producto de un proceso de investigación que inició, de una manera muy íntima, hace 13 años en su exilio en Barcelona. Luego tomó forma cuando regresó al país en 2010, cuando hizo su catarsis y reveló públicamente su infancia, en la que tuvo que adoptar un nombre falso y se vio obligada a crecer en la orfandad de unos padres ausentes, pero de quienes hoy se siente orgullosa.

Solo con el regreso a Colombia su vivencia personal empezó a encontrar asiento en las versiones que otros tenían de su papá. Habló con sus amigos, pero también con sus enemigos como el general Manuel José Bonett. Viajó a poblaciones donde el M-19 hizo tomas, como Yumbo (Valle) o Corinto (Cauca), y se encontró con algunos de los soldados contra los que su padre combatió: “Ellos me hablaron del respeto y de la ética de esa guerra que hoy me hace admirarlo”. Una de las conversaciones más interesantes fue la que sostuvo con Jaime Castro, que era el ministro de Gobierno de Belisario Betancur en el momento de la toma al Palacio de Justicia, el 6 de noviembre de 1985, de la que su padre formó parte y que después se arrepintió. “Tuvimos algunos desaciertos históricos desde mi punto de vista, pero fue un momento cordial”, recuerda. También le quedó en la mente la charla con el segundo comandante del M-19, Antonio Navarro Wolff, quien le dijo: “Yo pasé la página, y mi camino es otro completamente diferente”.

María José recalca que Pizarro no le enseñó el camino de las armas, ni el de la venganza. “No me entregó esa carga, estoy libre de ella”. Siente tristeza al descubrir que él tuvo una vida demasiado azarosa. Vio a un hombre que escribía en sus discursos que se estaba volviendo viejo en la guerra, y que murió a los 38 años. “Tenía la edad que yo tengo. Me hubiera gustado que conociera a mis dos hijas, Maya y Aluna, y que viviera en su casa soñada, frente al mar”.

En medio de un proceso de paz en el país, ella le apuesta a romper una cadena de odios. “Porque mataron a mi papá no quiero montar ejércitos mercenarios, ni tengo actitudes revanchistas, a pesar de que haya vivido en carne propia el exilio y el rechazo. La gente cree que porque soy hija de un comandante de la insurgencia armada colombiana cargo crímenes en mi espalda”.
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