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La fastuosa investidura real de Holanda

La fastuosa investidura real de Holanda

Revista Jet-Set

Con un magnífico despliegue de solemnidad, boato, testas coronadas y emociones, Ámsterdam presenció la entronización de Willem-Alexander, quien acompañado por su consorte argentina, Máxima Zorreguieta, pasa a la historia como el primer monarca investido en el siglo XXI.
La investidura tuvo lugar en la antiquísima Nieuwe Kerk de Ámsterdam. El rey, de 46 años y experto en gerencia, vistió frac y un manto de terciopelo y armiño que estrenó su abuela Juliana en 1948, inspirado en el que usó el primer monarca neerlandés, Willem I, en 1815. La reina Máxima se engalanó de azul rey. Foto: Look Press Agency
Por: 8/5/2013 00:00:00
Ámsterdam pareció regresar al pasado para conferirle al debut de los nuevos reyes todo el realce que merece el inicio de una era. Durante dos agitadas jornadas a finales de abril, la capital de los Países Bajos no supo más que de cortejos, puestas de largo, vítores, opulentas alhajas y un derroche de símbolos cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos, ya que la reinante casa de Orange-Nassau data del siglo XVI y también reinó en Gran Bretaña. El acto central de este suntuoso alarde de majestuosidad, cuyo costo se calcula entre 11 y 15 millones de euros, fue la investidura del rey Willem-Alexander en la Nieuwe Kerk (‘Iglesia Nueva’), la misma que ha acogido el juramento de los monarcas neerlandeses desde 1814, cuando la nación se estrenó con Willem I como el reino independiente que ha perdurado hasta hoy.

“¡El rey!”, clamó una voz en el histórico templo, y bajo los acordes del himno nacional, het Wihelmus, interpretado por 164 músicos, se vio al nuevo soberano y a su reina avanzar por la nave central seguidos de un largo séquito, ricamente ataviado, que parecía extraído de la más fiel iconografía real del Viejo Mundo. Minutos más tarde, ante los dignatarios del reino, los herederos reales de Europa, Asia y África, y cerca de 2.000 invitados, el nuevo monarca pronunció el mismo juramento con que sus antecesores iniciaron los reinados, engalanado con una capa de terciopelo y armiño bordado con 83 leones de hilos de oro que estrenó su abuela, la reina Juliana, e inspirada en la que vistió Willem I.

Porque todo en aquel recinto contaba una historia: si la Nieuwe Kerk está en pie desde el siglo XV, los tronos estilo Luis XIV en que se sentaron los nuevos reyes son herencia de la reina Wilhelmina, quien los recibió en 1901 con motivo de su boda con Henry de Mecklenburg-Schwerin. La corona que lucía la reina Máxima, por su parte, evocaba el soberbio gusto de los Romanov, pues perteneció a la reina Ana, hija de los zares de Rusia.

Y así, cada cosa y cada gesto de estos grandes días le daba un profundo sentido de continuidad en el tiempo a este suceso que tomó por sorpresa a los súbditos, como sucede casi siempre con las sucesiones monárquicas, eso sí, muy al estilo de los Orange-Nassau. No se debe olvidar que este pomposo acto, que solo se da cada cierto tiempo, se desencadenó por la abdicación de la reina Beatriz, madre de Willem-Alexander, quien tras tres décadas en el trono siguió la tradición de su madre Juliana y su abuela Wilhelmina, de dejarle el peso del Estado a las nuevas generaciones. Beatriz, quien ahora vuelve a llamarse solo Princesa de los Países Bajos, permite así a su hijo ser el primer hombre que se sienta en el trono en 123 años, el primer monarca entronizado en el siglo XXI y el primero de su generación en asumir el reto de demostrar la validez de una institución anacrónica como la Corona.
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